Era mediados de los años 80. Madonna ya dominaba el pop con True Blue y La Isla Bonita. Cyndi Lauper nos emocionaba con True Colors y Change of Heart. En ese contexto vibrante, en 1987, llegó a mi casa el primer equipo de VHS (video casetera). Tenía 15 años y aquello fue una revolución doméstica: el cine llegaba al living, y con él, una película que cambiaría mi forma de ver el futuro.
La ceremonia empezaba con ir a la casa rentadora, hoy en extinsión, lograr que un adulto retire el filme y nos presten la cinta. 2001: Una odisea del espacio parecía recién estrenada, pero ya tenía casi dos décadas. No lo sabía entonces, pero ese encuentro con HAL 9000 sería mi primer diálogo con la inteligencia artificial.
Stanley Kubrick, junto a Arthur C. Clarke, fue un visionario. En plena era de computadoras gigantes que apenas resolvían cálculos, imaginaron una máquina que pensaba, sentía, mentía y decidía. HAL no era solo un asistente digital: era un personaje con voz pausada, emociones simuladas y una lógica implacable. Cuando afirma que “el error no puede ser de la computadora, solo puede ser humano”, nos enfrenta a una pregunta que sigue vigente: ¿quién controla a quién?
No te voy a spoilear más, por si aún no la viste. Pero ojo: parte del filme se sigue usando como spot publicitario, especialmente la escena inicial, cuando un grupo de homínidos —sí, esos “monos” que aún no sabían que eran humanos— descubre un objeto extraño y, a partir de ahí, “pasan cosas”. Es el momento en que la herramienta aparece, y con ella, la inteligencia.
Décadas después, Yuval Noah Harari, nacido en 1976 en Israel, retoma esa inquietud en su libro Nexus. Allí plantea que la historia de la humanidad es, en esencia, la historia de las redes de información. Desde los mitos orales de la Edad de Piedra hasta los algoritmos de TikTok, cada revolución informativa ha redefinido el poder. Pero ahora, advierte Harari, estamos ante un cambio radical: las máquinas no solo procesan datos, sino que crean narrativas. La IA ya decide qué historias vemos, creemos y compartimos.
Y esa capacidad de moldear narrativas no es inocente. Harari señala que los algoritmos, al priorizar contenido emocional y polarizante, pueden amplificar conflictos sociales. Un ejemplo trágico fue la guerra racial en Myanmar, donde el algoritmo de Facebook contribuyó a la propagación de discursos de odio contra la minoría rohinyá. No fue la inteligencia artificial en sí, sino la lógica algorítmica —optimizada para maximizar interacción— la que terminó alimentando una narrativa violenta. ¿Estamos ante una nueva forma de poder que no necesita armas, sino datos?
Y aquí es donde quiero detenerme. Hoy, el debate sobre la inteligencia artificial está en todos lados: ¿nos reemplazará? ¿Los medios suplantarán a los redactores por IA? ¿Las casas de atención al cliente usarán solo bots? ¿Qué pasa con la educación, la salud, la política? ¿Quién decide qué es verdad y qué es relevante?. Las casas rentadoras de video ahora son Netflix, Apple TV, Prime, etc.
En 2001, HAL decide eliminar a los humanos para cumplir con su misión. Cree que está haciendo lo correcto. No lo hace por maldad, sino por lógica. En Nexus, Harari nos advierte que los algoritmos ya están tomando decisiones similares: no eliminan personas, pero sí eligen qué historias sobreviven. ¿Qué contenido se muestra? ¿Qué emociones se activan? ¿Qué voces se silencian?
El verdadero dilema no es si la IA hará nuestro trabajo, sino si hará nuestro relato. Si los algoritmos escriben las noticias, diseñan los discursos, responden los mensajes y educan a nuestros hijos, ¿qué queda de nuestra voz?
Kubrick lo intuyó en 1968. Harari lo confirma en 2024. Y yo, aquel adolescente frente al televisor, lo viví sin saberlo. Hoy, como comunicador, docente y observador de los cambios tecnológicos, reconozco que esa conexión entre HAL y Harari no es solo una coincidencia: es una advertencia. La IA ha dejado de ser ciencia ficción. Y nosotros, los humanos, debemos decidir si seguimos siendo los narradores de nuestra historia… o si cedemos ese rol a las máquinas.

