Alex Noguera
Todos en el Monte Olimpo temen a Cronos desde que derrocó a su padre Urano y lo castró con una hoz. En la mansión de cristal, a sus espaldas se murmura en secreto, ya que son conocidos sus arranques de furia y también las ocurrentes y peligrosas travesuras cuando está de buen humor.
La primera generación de titanes lo tenía a él como protagonista principal y su poder era tan grande que hasta sus propios hijos, los dioses Zeus, Hades y Poseidón pensaban que sería prudente enviarlo al Tártaro (infierno) o a gobernar el paraíso de los Campos Elíseos.
El poseedor del secreto del tiempo se encontraba aburrido y estaba empeñado en encontrar una distracción digna de su condición cuando de pronto se le iluminó el rostro. Haría un experimento con los hombres.
Con las manos entonces aclaró la superficie de la gran fuente en la que se mantenían flotando los siglos y buscó en las profundidades. Metió el brazo y con los dedos asió a un cavernícola y lo trasladó a la época del imperio romano.
Observó con atención la cara de desconcierto del hombre primitivo vestido con piel de mamut sin curtir. A su alrededor, una legión perfectamente formada ostentaba un magnífico uniforme. Armadura reluciente, cascos, escudos, espadas y lanzas.
El cerebro del primitivo no podía procesar esa visión. Nunca antes había visto metal, así que su asustado raciocinio comparaba la cota de malla con las escamas de los peces.
Cronos había llevado al hombre de la prehistoria hasta un campo en el que la batalla se preparaba. Había catapultas, balistas, onagros y hasta un par de torres móviles. Con espanto era testigo de cómo esas enormes moles de madera se movían mediante objetos redondos que él tampoco conocía. Eran ruedas, y no entendía cómo funcionaban.
Estaba al borde de la locura cuando se le acercó un centurión y le picó la piel con su lanza. En ese momento los dedos invisibles de Cronos tomaron de los hombros al romano y lo elevaron al cielo. No fueron sus pies sino sus posaderas las que recibieron el golpazo al caer sentado. Luego de frotarse la poco noble parte afectada y comprobar que no estaba herido, miró hacia abajo.
Estaba sobre una carretera como las que conducían a Roma desde todo el vasto imperio, pero las que él conocía estaban construidas con piedras y no con este material negro que tenía rayas blancas en medio y a cada lado. Estaba absorto analizando la ancha carretera cuando el fuerte bocinazo del camión Scania doble eje y sobre todo el ventarrón que producía la velocidad del vehículo hicieron que el militar fuera arrojado a un costado. Fue suerte; detrás, un bus de larga distancia pasaba raudamente por donde él había estado parado.
Un alarido en latín desnudó su desesperación. ¿Qué eran esos seres que corrían con tal velocidad por esa negra vía? ¿Eran animales? Su cuerpo estaba cubierto de metal. Gruñían amenazantes y alcanzaban velocidades que él nunca hubiera imaginado posibles. Se colocó al costado de la ruta y elevó la mirada. Allá en el cielo la estela de un motor de reacción dibujaba una línea recta detrás de un ave gigantesca que también emitía un agudísimo sonido al alejarse. El romano estaba perplejo. ¿Qué mundo era ese dominado por monstruos de metal?
Un ciudadano vio al pintoresco personaje y se acercó para interrogarle sobre su raro atuendo. El romano, a la defensiva, desenvainó su gladio y cuando iba a asestar el golpe al extraño, Cronos lo impidió llevándolo al futuro.
Numa Pompilio cayó sentado y por segunda vez quedó dolorido en su dignidad. Al levantar la vista leyó “Cedant arma togae” (Que las armas cedan ante la toga). El conocía la frase de Marco Tulio Cicerón, el mejor orador de la historia. Se preguntó dónde estaría. Por la forma del recinto y por las personas se le ocurrió que podría ser el senado romano. Desde su sitio veía a los parlamentarios. Hablaban a través de unos palitos que tenían enfrente y que amplificaban la voz en las paredes. Usaban unas raras tablillas con pantallas en las que escribían sin punzones. Era un parlamento del futuro, sin duda. Por suerte desde su ubicación nadie podía descubrirlo y así pudo presenciar toda la sesión.
Cuando se retiró el último legislador, sintió furia. Primero, para completar el quórum, fue una odisea. Luego lo que vio y oyó lo dejó pasmado. Tantas intenciones honorables habían dado nacimiento a esta noble institución y lo que acababa de ver era una aberración. Víboras haciendo tratos para enriquecerse a costa del populus; vilezas sembradas en estiércol y regadas con impunidad en busca de frutos indebidos. Moral corrupta, hijos escondidos. Se desplomó sin fuerzas. Se cubrió el rostro con las manos y lloró.
Para Cronos el experimento había concluido. Miró con respetuoso silencio a Numa Pompilio, el héroe de la legión, vencedor en cien batallas, que derramaba lágrimas de vergüenza.
Sin embargo, para el guerrero la batalla estaba por comenzar. Sería parlamentario para enfrentar a los traidores.