Un bote se mueve sobre el piso, en una riada imaginaria. Es el cauce congelado del Paraná, insinuado por unos hilitos de agua que brillan en la penumbra. Selva Fox es La Polaca y Guada Lobo, La Gringa. Las actrices -bajo la dirección de Fátima Fernández Centurión- van codo a codo en ese Paraná Pora que la autora argentina Maruja Bustamante escribió con sabor a frontera, esa que en lugar de separar, nos junta. Por Natalia Santos (natalia.santos@gruponacion.com.py).

La Tierra se congeló cerca de los mares en la obra teatral Paraná Porã. En una travesía guiada por una brújula, están juntas dos mujeres que quieren llegar de Corrientes a Córdoba por el río.

Ellas son tan diferentes entre sí y a la vez tan iguales. Ellas aman y luchan. Ellas no esperan, ellas van. Con ellas, está también el público y entonces juntos "somos mucho más que dos", como escribiera Mario Benedetti.

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La "Polaca" Blanca Uk -que no sabe nada de Polonia- es "fiel y salvaje como un jagua". Su oficio es el de despensera. Tiene espíritu independiente y rebelde, es proveedora, fuerte y sensible a la vez.

La "Gringa Bataraza" Anahí Rodríguez, "rubia entre 30 negras", está embarazada. Es una maestra rural, con alma de "gallina revoltosa". Se comporta como una mitakuñaí mimada, pero es dulce y determinada.

Unidas por el recuerdo de un hombre: El Santo, el hombre que las marcó. Las mueve el deseo de un hijo, la esperanza de llegar a esa cima nevada de la sierra que promete una nueva vida.

Ellas están en medio de la fatalidad de un mundo "apocalíptico" que cambia y que las hace cambiar. Pelean entre sí y consigo mismas. Enfrentan el reto de perdonar, de perdonarse, de olvidar y seguir. Su bote es su resguardo, su lugar de confinamiento y su vehículo hacia la libertad.

Humanas hasta la médula de la contradicción y sin embargo, enteras. Así las escribió Bustamante y Fernández las entendió muy bien. Sus circunstancias son complejas, como complejos son sus caracteres.

Así, sinceras y únicas -con características que mezclan particularidades con arquetipos- las interpretan Selva y Guada. Sus actuaciones están genuinamente plantadas en la verdad teatral. Conquistan con la picardía, la complicidad, el juego y la entrega. Llevan a quienes las ven de la empatía a la rabia, de la risa al llanto. La dirección se centra en esta fortaleza, en estas posibilidades.

En respuesta a esto, los espectadores -sin pensarlo- se suben a ese pequeño navío y van también en ese viaje iniciático con sabor guaraní. Se borran las fronteras en un abrazo lingüístico con anclaje más local, gracias a las pequeñas adaptaciones hechas por el equipo paraguayo. El universo envuelve al observador gracias a una visualización desnuda pero mágica, armada por Fox.

Los efectos especiales -apoyados en la eficaz parte técnica- son sencillos pero efectivos. Lo sonoro -con musicalización de Cala del Puerto- permite construir tanto ese exterior de "fin de mundo" como arropar íntimamente esos sentimientos y pensamientos compartidos en escena.

La obra -toda- cuestiona. El texto llama a tirar lo que sobra para resistir ante lo adverso. A esta premisa responde la puesta despojada que permite ver mejor la esencia del libreto que habla de tantas cosas (fraternidad femenina, sobrevaloración masculina, destrucción del ambiente, entre otras cosas), pero de una manera tan sutil que no aturde. Paraná Porã en su versión nacional propone al teatro paraguayo desapegarse para avanzar, alivianarse (y profundizar) para aguantar y seguir así dando vida.

Ver también: Paraná Porá: Teatro de dos orillas

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