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Bogor, Indonesia

En apariencia, el trabajo de Ivon Widiahtuti es bastante simple. Como auditora de la Agencia para la Evaluación de Alimentos, Medicamentos y Cosméticos (LPPOM, por su sigla en indonesio), una organización ubicada en la frondosa ciudad de Bogor, Widiahtuti revisa las solicitudes de compañías que desean que sus productos se consideren halal, lo cual significa que su uso o consumo no quebranta ninguno de los preceptos del islam. Pero últimamente su trabajo ha adquirido un carácter absurdo. Halal es un concepto que suele referirse más bien a la dieta, y Widiahtuti pasa la mayor parte del tiempo estudiando las solicitudes de compañías de alimentos y bebidas que quieren garantizar a los consumidores musulmanes que sus productos están libres de puerco y alcohol, los cuales evitan los musulmanes. No obstante, algunas solicitudes se refieren a productos que no son comestibles. Al enlistar los instrumentos musicales y los juguetes sexuales que ella y su equipo han inspeccionado recientemente, se ríe de lo absurdo que es preguntar: ¿este vibrador es halal?

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Widiahtuti no cree que los directores ejecutivos de las empresas se estén volviendo más píos, pero sí los indonesios en general. En Indonesia habitan más musulmanes –aproximadamente 230 millones– que en cualquier otro país del mundo. Por lo tanto, ahí se consumen más productos certificados como halal que en otras partes con población musulmana. Las compañías huelen la oportunidad. El número de productos que recibieron certificaciones halal se cuadruplicó entre el 2012 y el 2017. Una porción todavía pequeña, pero cada vez mayor de estas compañías no produce bienes comestibles. A lo largo de los últimos cinco años, el Consejo de Ulemas de Indonesia (MUI, por su sigla en indonesio), un órgano financiado por el gobierno que proporciona orientación espiritual a los devotos y dirige la LPPOM, le ha dado su sello de aprobación a fabricantes de refrigeradores, sartenes, toallas sanitarias, comida para gatos y detergente para ropa.

CONSTERNACIÓN

Yahya Staquf, un prominente clérigo musulmán, no entiende cómo esas cosas pueden ser halal. Muchos comparten su consternación. Cuando Sharp, el gigante japonés de la electrónica, anunció en el 2018 que un refrigerador que tenía a la venta en Indonesia contaba con certificación halal, fue muy ridiculizado. De hecho, en ese caso la burla estaba fuera de lugar: según Widiahtuti, el proceso de fabricación de los componentes de plástico de los refrigeradores a veces involucra productos derivados de los cerdos. Gracias a la certificación halal de Sharp, los musulmanes que adquieran este electrodoméstico podrán estar seguros de que sus alimentos no estarán en contacto con plástico contaminado.

Cuando más y más empresas como Sharp empezaron a acercarse al MUI, dicha entidad emitió lineamientos que estipulan que cualquier producto relacionado con la oración y la preparación de alimentos –sin importar si se ingiere o no– puede ser candidato a la certificación. Los pianos y los juguetes sexuales no entran en esa clasificación, advirtió Widiahtuti, así que rechazó de entrada las solicitudes de esos productos.

Sin embargo, a fin de aumentar las exportaciones y mostrarse devotos, los legisladores de Indonesia han ampliado todavía más el alcance de la certificación. Aprobaron una ley bajo la cual todos los bienes de consumo deberán tener certificación halal a partir del 17 de octubre. Widiahtuti sospecha que, en la práctica, la ley solo se aplicará a ciertos productos, pero eso es solo una suposición. “El alcance es muy general. ¿Cuál es el límite?”, se pregunta. Quizá después de todo Widiahtuti sí deberá evaluar si los pianos y los vibradores son productos píos.

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