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Era verano en China y el calor era agobiante. Miles de estudiantes habían estado manifestándose durante semanas en demanda de libertades que las autoridades no estaban dispuestas a aprobar. Los oficiales les habían advertido que se fueran, y ellos no habían hecho caso. Entre la población trabajadora, que se ocupaba de sus asuntos, el enojo se mezclaba con la solidaridad. Todos estaban preocupados de cómo iba a terminar eso, pero pocos esperaban un resultado tan violento como la masacre de cientos, quizás miles, de ciudadanos.

Ahora, treinta años más tarde, nadie sabe a cuántas personas mataron ese 4 de junio de 1989 en la plaza de Tiananmén y sus alrededores en Pekín durante esa culminación sangrienta de las protestas de los estudiantes. La censura de la información por parte del régimen chino acerca de ese aciago día es una aceptación tácita de lo trascendental que fue ese suceso. No obstante, todos saben que Tiananmén determinó la relación del régimen chino con el país y con el mundo. Incluso una intervención menos sangrienta en Hong Kong tendría la misma gran trascendencia.

DESOBEDIENCIA

Lo que inició como un movimiento contra un proyecto de ley de extradición, el cual habría permitido que los sospechosos de delitos en Hong Kong fueran llevados a juicio en los tribunales controlados por el partido en la China continental, se ha convertido en el desafío más grande que han planteado los disidentes desde los acontecimientos de Tiananmén. Los activistas están renovando sus demandas de que haya mayor democracia en este territorio. Algunos incluso quieren que Hong Kong se independice de China.

Aún más impactante es el gran tamaño y la persistencia de la multitud de personas comunes y corrientes. Una huelga general convocada para el 5 de agosto desquició el aeropuerto de la ciudad y la red de transporte público. Decenas de miles de servidores civiles desobedecieron a sus jefes para organizar una manifestación pública y pacífica diciendo que ellos trabajan para el pueblo, no para la dirigencia actual. Una gran cantidad de los habitantes comunes de Hong Kong está dando señales de que no tiene confianza en sus gobernantes.

Conforme han aumentado de tono las manifestaciones, también lo ha hecho el discurso de China y del gobierno de Hong Kong. El 5 de agosto, Carrie Lam, la dirigente en conflicto del territorio, señaló que este estaba “al borde de una situación muy peligrosa”.

RÉGIMEN OPRESOR

El 6 de agosto, un funcionario de la oficina del gobierno chino en Hong Kong sintió la necesidad de formular las implicaciones: “Nos gustaría darle a conocer al grupúsculo de delincuentes violentos y sin escrúpulos y a las fuerzas oscuras detrás de ellos que los que jueguen con fuego resultarán quemados”. Cualquiera que se pregunte qué podría significar esto debe ver un video publicado por el destacamento del ejército chino en Hong Kong. Muestra a un soldado gritándoles a los manifestantes en retirada ante un grupo de soldados: “¡Todas las consecuencias son bajo su propio riesgo!”

Este discurso está diseñado para ahuyentar de las calles a los manifestantes. Sin embargo, el carácter opresor del régimen del presidente Xi Jinping, el antiguo terror del Partido Comunista en cuanto a la inestabilidad en las provincias y su práctica histórica de usar la fuerza apuntan a que puede suceder algo peor. Si China enviara al Ejército, lo que alguna vez se consideró algo impensable, los riesgos no solo serían para los manifestantes. Una intervención de ese tipo enfurecería a los habitantes de Hong Kong tanto como la declaración de la ley marcial en 1989 suscitó la ira de los residentes de Pekín.

Sin embargo, esta vez la historia se desarrollaría de forma diferente. El régimen tenía mayor control sobre el Pekín de 1989 del que tiene sobre el Hong Kong del 2019. En Pekín, el partido tenía células en todos los lugares de trabajo, con el poder de aterrorizar a quienes no se habían asustado lo suficiente con los tanques. Su control sobre Hong Kong, donde la gente tiene acceso a noticias sin censura, es mucho más débil. Algunos de los ciudadanos del territorio resistirían, en forma directa o mediante una campaña de desobediencia civil. El Ejército podría terminar utilizando medios letales, incluso si ese no era el plan original.

DERECHO COMÚN BRITÁNICO

Con o sin baño de sangre, esta intervención debilitaría la confianza empresarial en Hong Kong y, con ello, la fortuna de muchas empresas chinas que dependen de su mercado accionario para recaudar capital. El sólido sistema legal de Hong Kong, el cual se basa en el derecho común británico, todavía hace que este sea sumamente valioso para un país que no tiene tribunales propios que sean confiables.

Tal vez el territorio represente una participación mucho más pequeña del producto interno bruto de China que cuando el Reino Unido se lo regresó en 1997, pero sigue siendo mucho muy importante para el continente. Los préstamos bancarios transfronterizos contratados en Hong Kong, la mayoría de ellos a empresas chinas, han aumentado más del doble durante las últimas dos décadas, y la cantidad de empresas multinacionales cuyas oficinas matrices regionales están en Hong Kong ha aumentado dos terceras partes. La presencia del Ejército en las calles de la ciudad amenazaría con ponerle fin a todo eso, si las empresas se van a otros puntos más apacibles de Asia.

La intervención del Ejército Popular de Liberación también cambiaría la forma en que el mundo percibe a Hong Kong. Esto ahuyentaría a muchos de los extranjeros que han hecho su vida en esta ciudad, así como a las personas originarias de Hong Kong que, al prever dicha eventualidad, han obtenido pasaportes de emergencia y una residencia alternativa en otro lugar.

TENSIONES MÁS PREOCUPANTES

Si el Ejército de China llegara a derramar la sangre de los manifestantes, las relaciones de China con Estados Unidos se deteriorarían todavía más. Los políticos estadounidenses exigirían más sanciones, que incluirían la suspensión de la ley que dice que Hong Kong debe ser considerado aparte del continente, pues de eso depende su prosperidad. China contraatacaría. Las relaciones sino-estadounidenses podrían retroceder hasta los días oscuros posteriores a la matanza de Tiananmén, cuando ambos países tuvieron dificultades para mantener las relaciones y los vínculos comerciales se desplomaron. Sin embargo, esta vez China es mucho más poderosa, y las tensiones serían proporcionalmente más preocupantes.

Nada de esto es inevitable. China ha madurado desde 1989. Es más poderosa, más segura y entiende mejor el papel que tiene la prosperidad en su estabilidad, así como el papel que desempeña Hong Kong en su prosperidad. Desde luego, el partido sigue decidido a mantener el poder al igual que hace 30 años. Sin embargo, Hong Kong no es la plaza de Tiananmén, y el 2019 no es 1989. El uso del Ejército para sofocar estas protestas no fortalecería la estabilidad y la prosperidad de China. Las podría en peligro.