© 2019 Economist Newspaper Ltd, Londres, 2019. Todos los derechos reservados. Reimpreso con permiso.

Las señales de los bonos, divisas y materias primas causan cada vez más alarma.

Buscarles sentido a los mercados financieros es como buscar patrones en las olas del mar encrespado. Los mercados generan información porque hay personas que compran y venden, con todas sus contradicciones. Los precios reflejan una mezcla de emociones, sesgos y cálculos precisos. No obstante, si se observan todos esos factores en conjunto, es posible percibir lo que expresan los mercados acerca del estado de ánimo de los inversionistas y el talante de los tiempos. La señal más común es una falsa sensación de seguridad. Por lo regular, todos ignoran los peligros hasta que ya es demasiado tarde. Sin embargo, la constante en estos momentos, como durante gran parte de esta década, no ha sido la seguridad, sino la ansiedad. Peor aún, es una ansiedad que se intensifica cada día que pasa.

Su expresión más evidente es el asombroso atractivo que ha tenido el activo más seguro: los bonos soberanos. En Alemania, donde las estadísticas de esta semana reflejan cómo se ha contraído la economía, las tasas de interés son negativas en todo el espectro, desde los depósitos a un día hasta los bonos a treinta años. Los inversionistas que compren y conserven bonos hasta su vencimiento perderán efectivo. En Suiza, los rendimientos negativos abarcan hasta los bonos a cincuenta años. Incluso en Italia, con todo y su enorme deuda y recurrente crisis, un bono a diez años solo ofrece rendimientos del 1,5%.

En contraste, en Estados Unidos la curva está invertida: los bonos a diez años ofrecen tasas más bajas que los instrumentos a tres meses, una situación peculiar que presagia una recesión. En otros sectores también se percibe esa angustia. El dólar, la moneda refugio, ha subido con respecto a muchas otras divisas. El oro alcanzó el valor más alto registrado en seis años. El precio del cobre, que funciona como indicador de la salud industrial, ha sufrido bajas pronunciadas. Para colmo, aunque Irán incautó buques petroleros en el Golfo, los precios del petróleo se han desplomado a sesenta dólares por barril.

NUBES DE RECESIÓN GLOBAL

Muchos temen que estas extrañas señales auguren una recesión global. No hay duda de que las nubes se van acumulando en el firmamento. Esta semana, China informó que su producción industrial registró el ritmo de crecimiento más lento desde el 2002. La expansión que ha experimentado Estados Unidos durante una década es la más larga en la historia, así que, independientemente de lo que vaticinen los economistas, parece lógico suponer que se avecina una recesión. En vista de que las tasas de interés ya son muy bajas, hay muy poco espacio de maniobra para combatir una recesión. Los inversionistas temen que el mundo siga los pasos de Japón, cuya economía se encuentra aletargada y batalla para acabar con la deflación, por lo que tiende a ir en retroceso.

A pesar de todas estas señales, los temores de que se avecine una recesión son solo eso; no hay ninguna manifestación real. La economía mundial sigue creciendo, si bien a un ritmo menos acelerado que en el 2018. Su resistencia dependerá de los consumidores, en especial de los estadounidenses. Hay suficiente empleo, los salarios van en aumento, todavía es fácil obtener crédito y, puesto que el petróleo es más barato, habrá más dinero para gastar. Mejor todavía, casi no ha habido señales de la impetuosa euforia que por lo regular se observa antes de una depresión. Los consejos de administración de las empresas públicas y los accionistas que les exigen cuentas han optado por lo seguro.

En general, las empresas han registrado ahorros netos. Los inversionistas prefieren empresas que generan efectivo sin necesidad de derrochar en activos fijos. Este fenómeno es evidente en el enorme contraste entre el exitoso mercado accionario de Estados Unidos, dominado por empresas de servicios e internet que requieren poco capital y reparten sus ganancias, y el de Europa, que tiene problemas por los bancos y los fabricantes de automóviles, cuyas fábricas devoran capital. En cuanto a los mercados de valores europeos, los valores no cíclicos (o defensivos), como las acciones de Nestlé, se negocian a primas enormes con respecto a los industriales, como las acciones de Daimler.

INCERTIDUMBRE

Si no ha habido ningún auge y la economía mundial no ha pasado a una recesión, ¿por qué se percibe tanta ansiedad en los mercados? La mejor explicación es que ni las empresas ni los mercados han sabido cómo lidiar con la incertidumbre. Es precisamente la incertidumbre, y no los aranceles, lo que ha ocasionado más daño en la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Los límites del conflicto se han extendido de las importaciones de unos cuantos metales industriales a categorías más amplias de productos terminados. Se han abierto nuevos frentes, como las cadenas de suministros del sector tecnológico y, este mes, las divisas.

Ahora que las diferencias históricas entre Japón y Corea del Sur han comenzado a afectar sus relaciones comerciales, nadie sabe quién o qué podría ser la siguiente víctima. Debido a la dificultad que implica deshacerse de inversiones grandes, las empresas se muestran renuentes a optar por ellas. Un indicador de JP Morgan Chase sugiere que el gasto global de capital va en declive. Es posible verificar que la inversión va a la baja gracias a algunos estudios sobre el deterioro del ánimo de las empresas, al estancamiento de la producción manufacturera en todo el mundo y al desempeño irregular de las economías que dependen de la industria, en especial Alemania.

Los bancos centrales también han sido presa de la ansiedad y, en consecuencia, han flexibilizado su política. En julio, la Reserva Federal bajó las tasas de interés por primera vez en una década, como medida de protección contra una recesión. Lo más probable es que continúen los recortes. Los bancos centrales de Brasil, India, Nueva Zelanda, Perú, Filipinas y Tailandia redujeron sus tasas de interés de referencia en respuesta a la medida de la Reserva Federal. Es probable que el Banco Central Europeo reanude su programa de compra de bonos.

TRES SEÑALES

A pesar de estas medidas, la ansiedad podría transformarse en alarma y el crecimiento aletargado, en recesión. Vale la pena estar pendientes de tres señales de advertencia. En primer lugar, el dólar, que opera como barómetro de la aceptación de riesgos. Mientras más peligro vislumbren los inversionistas, más buscarán la seguridad del dólar. En segundo lugar, las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y China. Esta semana, el presidente Donald Trump inesperadamente prorrogó los aranceles anunciados el 1 de agosto sobre algunas importaciones; esta decisión aumentó las esperanzas de que se logre un acuerdo. Eso le convendría, pues una economía fuerte es esencial si pretende reelegirse el año próximo. De cualquier forma, es posible que sus cálculos sobre las probabilidades de una recesión sean erróneos. También es posible que China prefiera tomarse las cosas con calma, con la esperanza de afectar las posibilidades de Trump de ganar un segundo periodo y lograr un mejor acuerdo (o uno con más posibilidades de perdurar) con el demócrata que lo remplace.

El tercer punto que debemos monitorear es el rendimiento de los bonos corporativos en Estados Unidos. Los costos de refinanciamiento todavía son muy bajos. No obstante, el diferencial (o rendimiento adicional) que los inversionistas necesitan para invertir en deuda corporativa, que implica más riesgos, ha comenzado a ampliarse. Si la creciente ansiedad afecta los diferenciales, las empresas con una razón deuda/capital alta tendrán que pagar más para refinanciar su deuda. En consecuencia, podrían decidir hacer recortes a su nómina y sus inversiones para cubrir los pagos de intereses. En ese caso, aumentaría la probabilidad de una recesión.

Cuando los expertos analicen esta época, detectarán muchas contradicciones en la configuración de los precios actuales de los activos. La tremenda ansiedad de los mercados de bonos quizá se interprete como cierta insensatez: por ejemplo, ¿cómo es posible que los mercados hayan relacionado el creciente populismo con el temor de una deflación? Es extraño pensar que una relajación repentina de la ansiedad actual podría provocar cambios violentos en los precios, como un aumento en la rentabilidad de los bonos, o algo inesperado, como que los valores defensivos con precios altos bajaran y los valores cíclicos de precio muy bajo se dispararan. Incluso es posible que los mercados experimenten una euforia excesiva. Pero en este momento, ¿a quién le preocupa?