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NEW BEDFORD, Massachusetts.
Cada vez hay menos oposición. El futuro de la energía limpia depende de reuniones como la que se celebró en un pequeño hotel de una pequeña ciudad de Massachusetts el mes pasado.
Los residentes de New Bedford se reunieron para expresar su opinión con respecto a la propuesta que presentó una empresa llamada Vineyard Wind para construir un parque eólico marino. Hasta ahora, ese tipo de proyectos no habían tenido mucha suerte en Estados Unidos; sus opositores han bloqueado la construcción de enormes parques eólicos marinos.
Sin embargo, cada vez hay menos oposición. A pesar de que a los langosteros les preocupa proteger a los crustáceos locales, los partidarios del proyecto propuesto en New Bedford hicieron énfasis en los nuevos empleos que se generarían. Los burócratas encargados de supervisar el plan ofrecieron chocolates en forma de corazón en la mesa de recolección de firmas. Si Vineyard Wind obtiene las autorizaciones necesarias, este proyecto sería, sorprendentemente, el primer gran parque eólico marino de EEUU. Su construcción podría comenzar a finales de este año.
CONQUISTA EN PUERTAS
Después de casi dos décadas de lucha, la industria de la energía eólica está a punto de conquistar las aguas estadounidenses. En febrero, varios gigantes energéticos europeos, como Royal Dutch Shell, EDF, Equinor y Orsted, participaron en una licitación para construir el primer proyecto eólico marino en Nueva York; el resultado se dará a conocer esta primavera.
Otros planes también van avanzando, desde Virginia hasta Nuevo Hampshire. En total, distintos estados han autorizado casi 17.000 megavatios de energía eólica marina. Este aumento equivale casi a la totalidad del mercado eólico marino de Europa.
No obstante, EEUU todavía es un mercado peligroso para los desarrolladores del sector, no solo en lo que respecta a la oposición persistente, sino también debido a que no cuenta con una cadena local de suministros que apoye con la construcción de las turbinas. Los puertos tampoco parecen adecuados para manejar todo el trabajo. Para las empresas globales de energía son grandes riesgos, pero podrían verse compensados con creces dadas las posibles recompensas.
Más de 4.000 turbinas eólicas ya operan frente a las costas de Europa. En EEUU, solo cinco turbinas cortas se asoman entre las olas cerca de Rhode Island, con todo y que las aguas de la costa noreste son someras, el viento alcanza velocidades altas y hay millones de consumidores que necesitan mucha energía.
El proyecto eólico marino más famoso de EEªUU sigue siendo uno que nunca se construyó. Cape Wind, propuesto en el 2001, batalló durante dieciséis años con pescadores y hacendados adinerados como la familia Kennedy, cuya preocupación por el cambio climático no superó su deseo de una vista sin obstrucciones.
Ante tales dificultades, los desarrolladores del sector eólico prefirieron invertir en Europa o bien optaron por buscar tierra firme en el Medio Oeste de EEUU, donde se generan grandes ráfagas de viento y los residentes están acostumbrados a tener la tierra para disfrutarla, pero también para sacarle provecho.
EN TIERRA FIRME
Entre otras cosas, la tecnología ha cambiado. Ahora, los operadores pueden construir turbinas más grandes e instalarlas más lejos de la costa. También gracias a que las turbinas son más grandes y potentes, las empresas necesitan instalar menos unidades para generar la misma cantidad de electricidad, lo que reduce los costos de desarrollo. Vineyard Wind planea suministrar electricidad a Massachusetts a un precio de 6,5 centavos por kilovatio hora, casi el mismo precio (aunque recibe un generoso crédito fiscal federal) que la electricidad generada en los parques eólicos marinos de Alemania.
Las políticas estatales también están impulsando esta industria. Los gobernadores del noreste están muy interesados en mejorar su perfil ecológico para complacer a los electores preocupados por el cambio climático, pero la región tiene poco espacio para instalar grandes parques eólicos o solares en tierra firme.
Massachusetts aprobó en el 2016 una ley que exige a los servicios públicos estatales obtener alrededor de 1.600 megavatios de energía eólica marina durante la siguiente década, si reciben ofertas razonables.
Otros gobernadores del noreste han seguido el ejemplo y se muestran más positivos tras el anuncio de Vineyard Wind sobre los bajos precios de la electricidad. Hasta ahora, el gobierno de Donald Trump les ha brindado apoyo.
ATMÓSFERA DE GRAN FUROR
En consecuencia, se ha creado una atmósfera de gran furor. En el 2015, cuando el gobierno abrió a licitación un sitio frente a la costa de Massachusetts, la propuesta ganadora fue de 281.285 dólares, “un indicador muy claro de un mercado que, en esencia, estaba muerto”, comentó Thomas Brostrom, encargado de las operaciones de la empresa energética danesa Orsted en Norteamérica.
En la licitación más reciente realizada en diciembre en Massachusetts, cada convenio de arrendamiento se vendió por más de 400 veces esa cantidad. Los desarrolladores europeos hacen todo lo posible por no quedar rezagados; algunos incluso han adoptado nombres estadounidenses.
En Massachusetts, por ejemplo, la subsidiaria de Orsted se llama Bay State Wind; Vineyard Wind es una empresa conjunta de Copenhagen Infraestructura Partners y una subsidiaria de la española Iberdrola, y Mayflower Wind es una coinversión de Shell y EDP Renewables, con oficinas centrales en Madrid.
La empresa alemana de servicios públicos EnBW presentó propuestas para proyectos a realizarse en la Costa Este, pero también está interesada en aguas costeras de California (donde la plataforma continental es escarpada, por lo que se necesitarán turbinas flotantes que todavía no se han utilizado a escala).
Aunque los gobernadores se muestran entusiasmados, las empresas todavía deben obtener convenios de arrendamiento y contratos para vender la electricidad a las compañías de servicios públicos. Para un solo proyecto, Orsted calcula que necesitará más de veinte permisos y autorizaciones de dependencias federales, estatales y locales. Ya invirtió US$ 510 millones en la compra de Deepwater Wind, uno de los contados desarrolladores marinos estadounidenses, en parte para que le ayude a lidiar con las complejas regulaciones.
Incluso si las empresas consiguen cubrir todos esos requisitos, otros factores podrían elevar sus costos. La región no cuenta con fabricantes de turbinas grandes, por lo que las empresas deben cubrir los gastos derivados de transportar partes de Europa.
Una legislación de 99 años de antigüedad establece que no pueden emplear buques europeos diseñados especialmente para instalar turbinas, y en este momento no existe ninguna embarcación estadounidense de esas características. Tampoco hay suficientes puertos para manejar los componentes pesados que requieren las turbinas.
Además, un crédito fiscal que se aplica ahora a las inversiones eólicas se suspenderá en el 2020. Los estados intentan agilizar las licitaciones este año, pero es inevitable que a muchos proyectos se les acabe el tiempo para aprovechar ese crédito. Eso podría elevar el precio de la electricidad generada por los proyectos eólicos.
La consultora Wood Mackenzie espera que el crecimiento en el sector eólico marino disminuya después de que expire el crédito fiscal, pero que vuelva a aumentar a mediados de la década del 2020, conforme se logren avances tecnológicos y se abran fábricas en EEUU. Los estados están en franca competencia para apoyar el crecimiento de esta industria en el futuro. “Mi meta es convertir a Massachusetts en la Dinamarca del viento norteamericano”, afirmó Stephen Pike, quien encabeza las acciones del estado para promover una economía verde.
PASO A PASO
Entre tanto, el proyecto de Vineyard Wind avanza poco a poco. En enero, la empresa suscribió un contrato con el Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales en el que quedó consignado su compromiso, entre otras cosas, de ajustar los tiempos de la construcción para evitar interferencias con la ballena franca glacial, una especie en peligro de extinción.
Hace poco logró concretar un acuerdo con pescadores de Rhode Island, que todavía están inquietos por los posibles efectos de las turbinas. Lars Pedersen, director ejecutivo de Vineyard Wind, conserva el optimismo. “Es un sistema regulatorio difícil, es contencioso, pero si es posible ofrecer empleos y energía limpia a un precio accesible”, señala, “creo que es una gran oportunidad”.

