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TOKIO
Sin embargo, debido a los temores relacionados con la adicción y la delincuencia, estarán estrictamente regulados.
El sol cae a plomo sobre una fila de clientes que se encuentran afuera del salón de pachinko Espace en el centro de Tokio. El interior es un oasis con aire acondicionado. Los japoneses gastan más de 20 billones de yenes (180.000 millones de dólares) al año en este derivado del pinball para huir del tedio de la oficina y la vida hogareña y cambiarlos por sus ruidosas emociones. Ahora va a tener competencia.
El 20 de julio, la Dieta, el parlamento japonés, concluyó años de discusiones cuando aprobó un proyecto de ley que permite el establecimiento de casinos en tres ciudades japonesas. Los casinos, un proyecto favorito de Shinzo Abe, el primer ministro, estarán integrados en complejos para la familia, en parte como una oferta que contrarreste su sórdida imagen. Los ánimos crecieron a medida que el proyecto de ley avanzó poco a poco hasta convertirse en ley. Un intento por parte del gobierno para suspender el debate provocó enfrentamientos entre los legisladores.
La mayoría de los japoneses está poco entusiasmada con los casinos, que ellos asocian con adicción al juego y mafiosos yakusa. Casi dos terceras partes de la población se oponen a ellos. Sin embargo, no es difícil ver por qué el país pone a palpitar el corazón de los operadores de casinos.
El área metropolitana de Tokio, con legiones de adinerados pensionados entre sus 35 millones de residentes, fácilmente podría superar el pequeño Singapur como centro de apuestas. Sheldon Adelson, el propietario de Las Vegas Sands, le llama la “oportunidad máxima de negocios”.
Hard Rock Café y MGM Resorts han pasado años consiguiendo socios locales con la esperanza de obtener parte de los esperados dos billones de yenes en ingresos anuales.
Las empresas anticipan jugosos contratos de construcción para la edificación de los complejos. Tal vez también se beneficien las empresas de pachinko. Algunas ya se han diversificado para hacer máquinas tragamonedas.
A la cabeza del grupo está Konami, que abastece aproximadamente una décima parte de las máquinas tragamonedas de Estados Unidos y posee cientos de licencias para apuestas en Estados Unidos, Australia, Singapur y Sudáfrica.
LIMITACIONES
No obstante, el difícil camino de la Dieta significa que los operadores mismos estarán muy limitados. El proyecto de ley limita a los clientes a tres visitas por semana y especifica cargos de 6.000 yenes para entrar (los extranjeros entran gratis).
Las tarjetas de identidad con microchips garantizarán que esto se cumpla, un detalle estilo Gran Hermano que pone nerviosos a algunos. Los clientes meta son japoneses acaudalados y grandes apostadores extranjeros, dice Susumu Hamamura, un político del Komeito, miembro de la coalición de Abe.
El gobierno desea instalar los casinos en complejos nuevos al lado de hoteles, tiendas y centros de conferencias. Los casinos serán el motor de ingresos, dice Ichiro Tanioka, de la Universidad de Osaka, pero estarán limitados al tres por ciento de superficie.
Los operadores enfrentarán severos impuestos de hasta un 30 por ciento, más altos que los pagados por sus competidores de Las Vegas o Singapur. La policía vigilará con atención para atenuar las inquietudes relacionadas con la delincuencia.
Si se hace bien, los complejos atraerán a los turistas y generarán riqueza local, afirma Toru Mihara, un académico que ocupó un escaño en el panel gubernamental el año pasado. Lo que les dará una ventaja sobre lugares como Singapur y Macau, dice Tanioka, es la hospitalidad japonesa.
Ya que los complejos estén en funcionamiento, cambiarán las percepciones desagradables acerca de ellos, concuerda Jay Defibaugh, analista de CLSA, una empresa de valores. Pero pasará tiempo antes de que la apuesta fructifique.