Tijuana – En la frontera mexicoestadounidense en Tijuana hay un edificio que parece el casco de un barco. En el 2004, las autoridades descubrieron un túnel excavado por la delincuencia para traficar droga por debajo del muro fronterizo. Las autoridades clausuraron el túnel con concreto; luego el edificio fue ocupado por un consejo artístico transfronterizo, cuyo objetivo es promover la integración cultural entre México y Estados Unidos. Hoy en día La Casa del Túnel presenta exposiciones y talleres para aspirantes a artistas. Entre las pinturas que adornan los muros hay un díptico de Adolfo Hitler y Donald Trump.
En el techo, con una vista que atraviesa la frontera y desde la que se ve el sur de California, Toto Arveola construye la cafetería de la galería. Arveola afirma que a lo largo de su vida se han levantado muros y, sin embargo, los dos países se han acercado aún más. Cuando era niño, en la década de los años setenta, cruzaba la frontera sin documentos para cargar las bolsas de los mexicanos que iban a comprar comestibles a las tiendas estadounidenses. Luego pasó tres décadas en Estados Unidos legalmente, lavando autos para ganarse la vida. Su lugar de trabajo actual es la encarnación de un amigable lazo que se está estrechando a pesar incluso de una política cada vez más ofensiva. Este proceso es el tema de los nuevos libros de Alfredo Corchado, un periodista mexicoestadounidense, y Andrew Selee, presidente del Instituto de Política Migratoria, un grupo de expertos en Washington.
Trump busca elevar la altura del muro y extenderlo a lo largo de los 3144 kilómetros de la frontera. Ganó su cargo en la Casa Blanca diciéndoles a los votantes que México enviaba a lo “peor” de su gente y que el comercio entre ambos países era injusto para los trabajadores estadounidenses. Muchos esperaban que su victoria condujera a un cambio fundamental en las relaciones. Pero en el 2017 el comercio bilateral aumentó. La cooperación en cuanto a seguridad continúa. En “Vanishing Frontiers”, Selee arguye que la relación se volverá aún más profunda.
LOS HOGARES ESTÁN DONDE ESTÁ EL CORAZÓN
Comenzando con las ciudades hermanas de Tijuana y San Diego, “Vanishing Frontiers” es un recuento de las personas y los lugares a la vanguardia de esta integración. Selee reporta que ambas ciudades planean el futuro juntas; sus alcaldes hablan de gobernar una única región urbana. Un nuevo puente construido con financiamiento privado, que cruza el muro y permite a los sandieguinos caminar hasta el aeropuerto de Tijuana, constituye un contundente símbolo de colaboración. Las dificultades prácticas de compartir una frontera persisten, pero las fuerzas económicas subyacentes que unen a ambos países son irresistibles.
Las empresas estadounidenses que buscan mano de obra barata y trabajadora atraen a migrantes mexicanos pobres o construyen fábricas en México. Los productos se manufacturan cada vez más en ambos países, con muchos de ellos cruzando varias veces la frontera durante su elaboración. En Tijuana los beneficios son mutuos; lo que alguna vez fue un nido de fábricas con trabajadores no especializados, ahora rezuma de trabajadores con formación profesional que desempeñan trabajos sofisticados. Mientras tanto, las agencias de seguridad colaboran entre sí para combatir el entramado del negocio de la droga que subsiste debido a la demanda de Estados Unidos y no respeta fronteras.
El libro de Selee demuestra que lo que Trump describe como un juego en el que lo que uno gana es directamente proporcional a lo que el otro pierde, en realidad es un acuerdo en el que todos ganan. En La Casa del Túnel, Arveola también ha llegado a esa conclusión. Él cree que los mexicanos cambian cuando cruzan la frontera. Según afirma, las mismas personas que tiran basura en las calles de Tijuana evitan hacerlo en San Diego. Mientras que los estadounidenses vienen a Tijuana los fines de semana por sus playas y bares, en días laborales los caminos se llenan de mexicanos que se dirigen al norte a trabajar. “Te das cuenta de que trabajar en Estados Unidos es bueno: todos los autos son buenos modelos”, señala Arveola.
En esta historia de lazos que se estrechan, los que cruzan la frontera sin papeles son los protagonistas. En Estados Unidos han aumentado de tres millones en 1962 a 36 millones en la actualidad. Aunque anteriormente los hombres mexicanos se dirigían al norte para realizar labores de cultivo de temporada y luego volvían a sus hogares, ahora llegan familias enteras que echan raíces. Las remesas que envían a casa enriquecen algunos de los lugares más pobres de México. Al mismo tiempo, el hecho de que se dispersen más allá de los estados fronterizos significa que gran parte de Estados Unidos se ha familiarizado con la cultura mexicana. Pero su visibilidad también ha alimentado la reacción nativista violenta que contribuyó a la elección de Trump.
Corchado, un periodista del “Dallas Morning News”, ha vivido esta historia. En “Homelands” cuenta su experiencia y la de tres amigos (un grupo de tres mexicanos y un estadounidense de ascendencia mexicana) en la lucha que implica tener que llamar hogar a dos países. El libro inicia en Filadelfia, donde se conocen los amigos, en la década de 1980, cuando no se importaba buen tequila. Hace una crónica elocuente acerca del efecto del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (entre México, Estados Unidos y Canadá), de la militarización en la frontera, de los ataques del 11 de setiembre del 2001 y de la victoria de Trump.
A principios de la década de 1990, cuando vivía en El Paso, Texas, y escribía una columna semanal acerca del comercio, Corchado fue reconocido por un empleado en la ventanilla del servicio para llevar de un restaurante de comida rápida. “¿Es cierto que el libre comercio nos librará de estos trabajos mediocres?”, le preguntó mientras le entregaba la comida. Veinticinco años más tarde, El Paso se ha visto transformado con nuevas carreteras y puentes, y tiene un recién descubierto sentido de relevancia. Desde 1994, el desempleo en la ciudad se ha reducido a la mitad, pero en México, más allá de la región fronteriza, las predicciones de los políticos acerca de los dividendos del TLC demostraron ser menos precisas. A pesar del progreso de lugares como Tijuana, los salarios en general casi no han aumentado; los desilusionados votantes mexicanos están a punto de elegir a su propio presidente populista.
La oleada de migrantes que se extendió a lo largo de décadas, y que Corchado documenta, ha disminuido. Pero la relación entre México y Estados Unidos se ha vuelto más íntima. Los lazos familiares mejoraron la visión que tiene México de su vecino (aunque las actitudes se han visto afectadas por Trump). Hoy, uno de cada nueve estadounidenses es de origen mexicano, y empresas como Netflix y NASCAR los toman en cuenta. También lo están haciendo los negocios mexicanos enfocados en los hogares. Las costumbres mexicanas han encontrado más seguidores (no solo los tacos y el fútbol soccer, sino también el yogur para beber y los contratos telefónicos de prepago, un hábito mexicano). Las influencias culturales también se dan a la inversa. Los hijos de los migrantes mexicanos prefieren el inglés al español, la música estadounidense a la mexicana y, cada vez más, el protestantismo al catolicismo.
En La Casa del Túnel, Arveola confiesa que lo deportaron a México en el 2002. “La regué”, dice, y agrega que en Estados Unidos una pequeña infracción puede derivar en la deportación. Cada mañana, apostado en el techo de la galería, observa a los migrantes indocumentados saltar la valla de la frontera. En lo personal, ahora está satisfecho de vivir en Tijuana, donde tiene una esposa y una hija pequeña y no siente necesidad de volver a Estados Unidos. Sin embargo, le gustaría obtener la visa para su hija, de modo que pueda visitar a sus tíos y tías en California.
Arveola dice que, a finales de este año, cuando entre a la escuela, su hija comenzará a llevar clases de inglés. Quiere que su hija se desenvuelva con naturalidad en ambas culturas (y que comprenda sus diferencias). Su nombre estadounidense, Hanna, es un testimonio de las esperanzas de su padre.

