"Me convertí en un adulto en las décadas de 1960 y 1970, cuando todas las reglas sobre la conducta y el lugar de trabajo eran diferentes", dijo Harvey Weinstein en respuesta a las acusaciones de acoso sexual en su contra, ahora una decena de ellas desde que The New York Times y The New Yorker publicaron las primeras este mes.

El productor de cine es "un dinosaurio que aprende trucos nuevos", dijo una vocera, y se ha informado que Weinstein está buscando tratamiento para su "adicción al sexo".

Un hombre a la vieja usanza que ama demasiado a las mujeres, entonces… ¿un pícaro rufián entrado en años que sin dudarlo también les abre las puertas? Absurdo. Aquello de lo que se acusa a Weinstein nunca ha sido aceptable. Jamás ha sido una buena manera de recibir a una mujer que llega para una junta de trabajo traer puesta solo una bata abierta. Las demandantes dicen que les dejó claro que rechazar sus propuestas dañaría sus carreras. Algunas lo acusan de violación. La policía estadounidense y la británica están investigando.

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Weinstein se ha disculpado por su comportamiento en términos muy generales. Niega haber participado en sexo no consensuado.

Sin embargo, el productor de cine tiene razón en que las normas en el lugar de trabajo han cambiado durante el transcurso de su carrera. Cuando cumplió 18, en 1970, muchas oficinas eran un calvario de miradas lascivas y manos excursionistas, como el de la serie "Mad Men". En 1980, cuando The Harvard Business Review realizó una encuesta a sus lectores sobre acoso sexual en el lugar de trabajo, dos tercios de los hombres dijeron que se trataba de algo "muy exagerado"; como alguien lo describió: algo que no era un problema pero generaba alboroto debido a "mujeres paranoicas y periodistas sensacionalistas". En un caso que se desarrolló en 1989, un juez estadounidense sentenció que ser obligada a buscar monedas en el bolsillo de su jefe, aunque desagradable, no causaría una desazón indebida en ninguna "mujer sensata".

Tal desdén es menos frecuente ahora. La mayoría de los hombres y las mujeres concuerdan en que exigir favores sexuales a cambio de un empleo o un ascenso es acoso, al igual que los manoseos y otros avances físicos. Sin embargo, muchos hombres siguen perturbadoramente ciegos a la manera en que los comentarios personales, las bromas libidinosas y demás pueden hacer que el lugar de trabajo se vuelva hostil.

A pesar de que la mayoría de los países ricos prohíben el acoso sexual en el trabajo, la mitad de las mujeres y un décimo de los hombres dicen que lo han padecido en algún momento, aunque difícilmente alguno presente reclamos de manera formal. En los países pobres seguramente la tasa es más alta, puesto que para las mujeres cuyos hijos padecen hambre no es factible renunciar a un trabajo en el que el jefe es abusivo. Ninguna industria es inmune.

Los elementos clave son el poder, utilizado de manera incorrecta por hombres depredadores; la impunidad, en vista de que aquellos que pueden poner un alto no lo hacen; y el silencio, ya que los testigos se hacen de la vista gorda y las víctimas temen que hablar dañe sus carreras. Si las empresas de verdad quieren detener el acoso, deben atacar estos tres elementos.

Las acusaciones en contra de Weinstein son poco comunes solo en cuanto al grado, no en cuanto a su tipo. El poder en Hollywood está en manos de directores y productores de renombre, cuya capacidad para convertir un guion en un éxito de taquilla compra la complicidad de su séquito. Los desconocidos desesperados por su gran oportunidad son presas fáciles. En Silicon Valley, los inversores y las juntas directivas tienen grandes incentivos para pasar por alto una conducta incorrecta por parte de hombres cuyas ideas pueden valer miles de millones de dólares. Los profesores de élite atraen financiamiento para las investigaciones y ayudan a las universidades a elevar su posición global, y los recién egresados dependen de sus referencias cuando buscan trabajo. Las pasantías y los empleos que pueden ser el inicio de una gran carrera en Washington o Westminster están en manos de los políticos, cuyo único control son los votantes, quienes pueden no saber o ser indiferentes a lo mal que actúan sus representantes a puertas cerradas.

Las mujeres que desempeñan labores manuales también son vulnerables. Cuando un cliente toca a la encargada de la limpieza en un hotel o a una mesera, el jefe de esta puede preferir fingir que no se da cuenta antes que perder a un cliente. Las multinacionales, que exigen a sus proveedores instalaciones seguras y eliminar el trabajo esclavo, por lo general guardan silencio respecto del acoso sexual.

Las víctimas a menudo presentan depresión, enojo y humillación, pero las empresas donde se da el acoso a la larga también salen perjudicadas. Es posible que demanden al estudio de Weinstein. La empresa podría incluso quedar destruida por el escándalo.

Incluso si se hacen a un lado los argumentos morales –aunque no se debería– no lidiar con el acoso por lo general es malo para una empresa. Las compañías que lo toleran pierden talento femenino ante rivales que no lo permiten, y el mercado termina castigándolas. Los costos de la decencia son nimios, y las recompensas para los accionistas son grandes.

Es cierto, siempre habrá empleados estrella que quieran abusar de su poder. Sin embargo, este no debe poder ejercerse sin control. Las compañías deben preguntar sobre el acoso en "encuestas sobre el clima laboral" para asegurarse de que se enteran pronto de los problemas. Las quejas deben poder presentarse de manera directa y sencilla.

También deben manejarse de manera rápida y proporcionada. Una primera queja sobre comentarios no bienvenidos o un estilo de contacto físico repulsivo ameritan una advertencia. Un hombre que no tenía malas intenciones se mortificará y corregirá su conducta.

En los casos más serios, habrá que recurrir a las leyes, pero algunas de estas no son aceptables. Los tribunales laborales británicos ven con malos ojos a una mujer que espera más de tres meses para reclamar, y tener una comunicación cordial con su supuesto acosador socava su caso. Sin embargo, ni el retraso ni el ser educada en el trabajo significan que esté mintiendo: es racional que le preocupe una venganza, y cualquiera que desee mantener su empleo no puede tener una actitud hosca. Estos obstáculos a la justicia deben eliminarse.

Las empresas deben tener cuidado de que, en su afán de cumplir, no empeoren las cosas. Las políticas que prohíben a dos empleados involucrarse sentimentalmente, comunes en Estados Unidos, son intrusivas, inútiles y perversas en sus consecuencias. A veces las personas se enamoran de sus colegas. Cuando la compañía solicita a una pareja que uno de los miembros renuncie, por lo general lo hace la mujer, que suele ser más joven y ganar menos. Eso es injusto.

Así mismo, un ambiente en el que los hombres en cargos importantes no quieran fungir como mentores de las jóvenes por miedo a ser malinterpretados daña las carreras de esas mujeres. Una capacitación superficial en contra del acoso, que también es algo común, puede poner a los empleados a la defensiva y, si se usan ejemplos absurdos, incluso puede volverlos menos comprensivos con las víctimas y reducir las probabilidades de que vean casos limítrofes como incorrectos.

Hasta hace sorprendentemente poco los comentarios racistas y homofóbicos eran abundantes en los lugares de trabajo. Ahora son escasos, y lo más probable es que quien los escuche los refute. Si se quiere detener el acoso sexual, necesita denunciarse de la misma manera: no solo por las víctimas, sino también por todos los que lo atestiguan.

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