El pequeño mosquito antártico, única especie de insecto conocida originaria del continente helado, se las arregla con las temperaturas gélidas con estrategias de latencia únicas. Un equipo de investigación internacional dirigido por la Universidad Metropolitana de Osaka ha descubierto que el mosquito se adapta a las estaciones durante su ciclo de vida de dos años al experimentar inactividad en su primer año y diapausa obligada en su segundo. La investigación se ha publicado en Scientific Reports.
La inactividad es una forma de latencia en respuesta inmediata a condiciones adversas, y cuando las condiciones mejoran, el organismo se activa nuevamente. La diapausa obligada es un período de letargo inducido naturalmente en un momento fijo del ciclo de vida de un organismo, una forma poco común que se observa en los insectos de las regiones templadas.
“Pudimos establecer un método para criar al mosquito antártico durante un período de seis años para descubrir algunos de sus mecanismos de adaptación ambiental”, explicó en un comunicado el autor principal Mizuki Yoshida, un estudiante de posgrado en el momento de la investigación que ahora es un posdoctorado en la Universidad de Ohio State.
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Desarrollo a medias
El equipo descubrió que las larvas del mosquito antártico generalmente crecen hasta su segundo estadio en el primer invierno y entran en estado de inactividad para poder reanudar rápidamente su desarrollo en cualquier momento en que de repente haga más calor.
A medida que se acerca el segundo invierno, las larvas alcanzan el cuarto estadio final, pero no se transforman en pupas. En cambio, entran en diapausa obligada para que todas emerjan como adultas cuando llega el verano. Como adultas, solo tienen unos pocos días de vida y necesitan encontrar una pareja, por lo que este mecanismo de sincronización es clave para su supervivencia.
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“Hemos determinado que, en el caso del mosquito antártico, la diapausa obligada termina con la llegada de las bajas temperaturas en invierno, de modo que todas las larvas se transforman en pupas al mismo tiempo y emergen como adultas al mismo tiempo”, afirmó el profesor Shin G. Goto, que dirigió la investigación.
“Aunque no se han descrito estrategias de adaptación estacional que impliquen pasar el invierno varias veces utilizando tanto la inactividad como la diapausa obligada en otros organismos, creemos que los insectos que habitan en entornos hostiles como el Ártico y las grandes altitudes podrían estar empleando estrategias similares”.
Fuente: Europa Press.
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La Antártida registró una temperatura récord para junio de 15,4°C
La península antártica registró una temperatura récord para junio de 15,4°C, con derretimientos de hielo atípicos en la llegada del invierno austral, informaron climatólogos a la AFP. El nuevo pico, jamás registrado para esa región de la Antártida en el sexto mes del año, se anotó el 6 de junio en la Base Esperanza, una base científica argentina situada en la península Trinidad.
Allí el récord anterior era de 13.3°C y databa de 1998. La cifra está muy por encima del promedio de las máximas de junio en la Base Esperanza, de -6.2°C. “Se batieron récords de temperaturas muy altas, muy inusuales para la época”, dijo el jueves pasado a la AFP el climatólogo José Luis Stella, del Servicio Meteorológico Nacional argentino.
El especialista señaló que, aunque toda la Argentina “se presentó anómalamente cálido este comienzo de junio”, en la península antártica se registraron marcas de “hasta 20°C por encima de lo normal”. Entre el 5 y 6 de junio las bases argentinas Marambio y San Martín también midieron récords: con 11.8°C y 9.4°C superaron marcas previas de 9.2°C y 7.8°C respectivamente.
La máxima media en junio en esas locaciones es -10.7°C y -5.6°C.
Raúl Cordero, académico de la Universidad de Groningen en Países Bajos, dijo a la AFP que esta “ola de calor que afectó el extremo norte de la península antártica” no fue un evento aislado.
“Confirma una tendencia”, dijo Cordero, y añadió que a menos que se detenga “el calentamiento global este tipo de eventos continuarán produciéndose de forma cada vez más frecuente”.
Sin embargo, el científico del clima Thomas Caton Harrison, del Servicio Antártico Británico, dijo a la AFP que “existen pruebas fiables de que el cambio climático influye, pero el efecto es complejo en esta región”.
“Dado que la Antártida experimenta grandes oscilaciones de temperatura, es necesario recopilar una gran cantidad de datos a lo largo de muchos años para comprender el clima subyacente”, planteó.
Ambos especialistas coinciden en que las temperaturas están al alza en la región desde hace años y que algunos de sus efectos ya son visibles.
“Una cantidad sorprendente de precipitaciones ha caído en forma de lluvia en lugar de nieve”, dijo Caton Harrison.
“Esto tiene repercusiones para los ecosistemas polares, como las colonias de pingüinos, y supone un desafío para mis colegas que trabajan en las bases antárticas, ya que las abundantes lluvias líquidas generan escorrentía y formación de hielo”, explicó.
En la Base Esperanza las temperaturas máximas diarias han estado sobre cero de manera consecutiva durante las últimas tres semanas, y Cordero planeó que eso provocó que “amplias zonas en el extremo norte del continente blanco permanecen sin nieve”. “Una postal insólita en paisaje antártico durante el invierno”, dijo.
Fuente: AFP.
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Dengue: notificaciones se incrementaron un 8 % en las últimas semanas
El Ministerio de Salud informó que en la última semana se reportó un leve incremento del 8 % en las notificaciones del dengue, identificándose los serotipos DENV-1 y DENV-2. Instan a la población a realizar mingas ambientales y eliminar posibles criaderos del mosquito transmisor de la enfermedad.
Según el reporte actualizado de Vigilancia de la Salud, en las últimas semanas se evidencia un leve crecimiento del 8 % en lo que respecta a las notificaciones de dengue a nivel país. Lo que indica que actualmente, el promedio de notificaciones de la enfermedad es de 343 por semana.
“Desde la semana (SE) 11 a la (SE) 13 se han confirmado 19 casos de dengue, identificándose los serotipos DENV-1 y DENV-2”, confirmaron en el reporte. De los cuales 10 son de Asunción, siete en Central y dos en Concepción.
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El informe indica que en lo que va del año son 126 los casos con diagnóstico de dengue acumulados en Paraguay. Se registró una persona hospitalizada por dengue, procedente de San Lorenzo. No se reportan casos fallecidos en este periodo, confirmaron.
Los puntos donde se presentaron aumento de notificaciones son: Central, Asunción, Itapúa, Alto Paraná, Paraguarí, Pdte. Hayes, Cordillera, Canindeyú, Ñeembucú, Boquerón, San Pedro, Amambay, Caaguazú y Alto Paraguay.
Recomendaciones:
- Desechar todo objeto en desuso que acumule agua (tapitas, botellas, envases). Aquellos objetos inservibles que no puedan desecharse como aparatos domésticos, neumáticos u otros.
- Clorar las piscinas para impedir la reproducción de mosquitos, teniendo en cuenta que cualquier recipiente con agua puede convertirse en un criadero del dengue y otras arbovirosis.
- Mantener tapados tanques, tambores, cubetas y cualquier recipiente que contenga agua a ser utilizada.
- Cambiar el agua del bebedero de los animales todos los días, previa higiene (con cepillo, agua y jabón), a los efectos de eliminar posibles huevos que hayan quedado adheridos en las paredes del recipiente.
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Volver de la Antártida
- Ricardo Rivas
- Periodista – Enviado especial
El Hércules C130 TC 64 sobrevoló el aeródromo de Marambio lenta y pesadamente. Lo escuchamos claramente. No conseguimos verlo. Cerca de un centenar y medio de ojos lo buscaron en el cielo gris muy oscuro.
“Nubosidad baja”, desde un par de días atrás anuncian las plataformas meteorológicas globales. Pronóstico cumplido. La invisibilidad de aquella máquina transformó el ánimo colectivo. Pero no fue suficiente para abandonar la esperanza, aunque la misma expectativa construimos justamente un día atrás cuando un intento de regreso se frustró. Pienso en ayer.
Que fue tan raro como este hoy porque en ningún momento fue de noche. ¡Qué extraño es todo esto! Decir que es como “un atardecer permanente” –como poéticamente lo describe Juan Gómez, vicecomodoro de la Fuerza Aérea Argentina, jefe de la Base Marambio– no parece suficiente para bajar el telón de cada día. Los motores de la enorme aeronave vuelven a escucharse.
El rugido mecánico parece llegar desde el invisible Mar de Weddel oculto por debajo del “mar de nubes”, como aquí se llama a esta condición climática. Una vez más el centenar y medio de ojos se clavan en el cielo. Lo patrullan. Silencio. Parece eterno. “Allá viene... lo veo!”. Parece suspendido en el aire.
Una estela de humo negro se desprende de cada uno de sus motores. La imagen crece vertiginosamente. Casi a ras del piso sobrevuela los primeros 400 metros de la pista cubierta por una fina capa de hielo y unos 4 centímetros de nieve. En el mismo tiempo que se posa sus motores rebajan al máximo sus revoluciones.
El comandante lo deja correr hasta cerca de los 900 metros. Se detiene. Advierto que detrás de mí, bajo la Bandera, al pie del mástil que la sostiene y le permite flamear, un grupo de jóvenes que finalizan la “invernada” se empujan y revuelcan sobre la nieve como algunos años antes lo habrán hecho en el momento en que finalizaron sus viajes cuando egresaron de la secundaria. Los percibo alegres, aunque no me parece que esa presunta alegría sea por partir. Son y se sienten antárticos y antárticas.
La aeronave no se mueve. El comandante procura saber si puede girar y transitar sobre piso firme. Con cuidado extremo gira para llegar hasta donde se detendrá para que desciendan algunas personas y subamos otras. Debemos hacerlo con rapidez.
La compuerta trasera se abre. Nos acomodamos lo mejor posible en el interior de un avión carguero. Los motores continúan encendidos. Silencio profundo. Respiraciones lentas. Ritmos cardíacos acelerados y ruidosos. Las pibas y los pibes se recuestan (acurrucan) sobre sus mamis. Miro y me pregunto... ¿por qué los traen para invernar en la Antártida en familia?.
EN VUELO
Los cuatro motores turbohélices aceleran al mango. El fuselaje vibra intensamente. Los SKUAS (como apodan a la y los pilotos de helicópteros con los que almorcé y cené cada uno de mis días siempre diurnos en la Base Marambio) me enseñaron que “cuando el vuelo se inicia todo está chequeado varias veces”.
También me aseguraron que “en 800 metros” el avión ganará altura “para volver a casa”. Cierro los ojos. Daniel Bertagno –hermano amigo, colega periodista y académico– gran compañero de viaje me codea. Hace un par de selfies.
El comandante suelta los frenos. Por las pequeñas ventanillas solo se ve el gris oscuro del cielo. Se escucha claramente cuando el hielo en la pista se quiebra y vuela en pedazos. Algo de nieve, también. Silencio extremo. La nariz del Hércules C130 TC 64 le apunta de lleno al cielo. Comienza a ganar altura. Estable. Solemne. Épico.
El piberío estalla en ovación. Alguna mamá lagrimea. Un chiquilín de 11 años deja su lugar. Me invita a choca puñitos. “¿Lo voy a volver a ver señor?”, me pregunta mirándome fijamente. Creo que la Antártida, tal vez, comienza a quedar atrás. ¿Será así?
En las entrañas de Heracles (Hércules) hijo de Zeus –dios supremo de los dioses el Olimpo, senior del cielo, del trueno y la justicia, también llamado “Padre de dioses y hombres”– regresa el silencio. Los cuatro motores ronronean parejos. Adormezco. En alguna dimensión transito la Antigua Grecia. Valoro a Hércules. Lo asumo como un rescatista de altísima gama como los que seguramente impulsan a los que vi entrenando en Marambio con clima extremo.
Tengo la convicción de que el nieto de Cronos y Rea nos llevará hasta Río Grande, donde el 15 de noviembre comenzó esta misión académica que devino en aventura tan inesperada como inevitable. T
al vez de eso también se trate vivir. Hasta unas pocas horas atrás los interrogantes iban por otros senderos. ¿Con quiénes y dónde brindaremos en las medianoches del 24 y el 31 de diciembre próximos? Sé que muchos y muchas de aquellas y aquellos que nos vieron partir porque finalizaron sus invernadas todavía piensan en ello.
Gera Gómez –el YD (yanki delta, en código de la Organización de Aviación Civil Internacional-OASI)–, jefe del aeródromo Marambio, deberá esperar para desayunar con su hija en Córdoba, Argentina. La niña y su papá entristecerán. Otros muchos y muchas también tendrán que esperar.
Las proyecciones climáticas pronostican que “no serán posibles las operaciones aéreas” por varios días. ¡Qué bajón! Daniel me despierta. Poco más de tres horas estuve en situación de ausencia. Llueve cadenciosamente en Río Grande. Una brisa helada obliga a recordar la Antártida. Aun así, nos reciben calidez.
“Bienvenidos, antárticos”, nos dice el comodoro Rober Romero. Nos abraza y ofrece acompañarlo con café caliente recién hecho. Se agradece y disfruta. Todavía deberemos volar unos 3 mil kilómetros para llegar a El Palomar (un aeropuerto militar en los alrededores de Buenos Aires) a bordo de otro Hércules.
LOS REGRESOS
Los regresos –vaya a saber por qué– siempre me parecen mucho más largos que los viajes de ida. Volver, siempre es incierto. Vivir es un viaje de ida permanente. El profe don Édgar Morin –palabra más, palabra menos– suele reivindicar la incertidumbre como una suerte de motor vital. Lo pienso y re-pienso.
Llega Maximiliano Magiaterra, el comandante conjunto antártico a bordo de otro Hércules. Nos abraza después de recibir los honores protocolares que corresponden a su cargo y jerarquía militar. “¡Bienvenidos, antárticos!”, repite como momentos antes lo hiciera su camarada dirigiéndose a nosotros.
Nos despedimos con el compromiso de reunirnos para cenar “el año que viene”. De nuevo estamos en la panza del Hércules. Nos sorprende que avanza la nocturnidad. En treinta y cinco días cerca del Polo Sur nos desacostumbramos a la noche que sigue a cada día. Ganamos altura. Entrecierro los ojos. Vuelvo a la Antigua Grecia.
El hijo de Hipnos y Pasitea –corporizado– avanza sobre mí irremediablemente. Morfeo se me acerca. Me atrapa. No resisto. Sé que cuenta con el respaldo de los Oneiros que obedecían fielmente a su madre.
Tal vez hayan pasado casi cinco horas de vuelo suave. En el momento que bajé del TC 66, es noche cerrada. Puse mis ojos en el cielo. Después de 36 días volví a la nocturnidad. Caminamos juntos hasta un recinto desprovisto de toda comodidad. Solo lo justo. Austero. Militares –hombres y mujeres– compañeros de viaje y de muchos de nuestros 35 días en la Antártida esperan órdenes. Un niño de unos 11 años se me acerca.
“Lo voy a extrañar, señor”, me dice mientras me abraza con fuerza. Me hace lagrimear. No puedo pensar con claridad. Mucho para recordar. Mucho para procesar… Para revisar. En el Cabify viajo en silencio. Mañana temprano avisaré a La Nación que estoy de regreso.
Es tarde. Cerca del mediodía más próximo volaré a nuestra casa... Hoy hace ocho días que regresé. La inmanencia antártica me invade. Las noches me quedan largas. Muy largas. No consigo dormir con continuidad. Con cada insomnio los recuerdos recientes me atropellan. Las consultas médicas, varias, solo tienen una respuesta coincidente. “Síndrome posantártico”, diagnostican. Es demoledor. Cansa. Confunde. Agobia.
Tengo la convicción y la necesidad de llamar a mi querido amigo-hermano, colega periodista y maestro Augusto dos Santos. Debo advertirle que muchas de las respuestas que le di cuando me entrevistó a distancia para “Expresso” no fueron las más adecuadas. Carecieron de precisión. Vestir de antártico como lo estaba entonces no fue suficiente para contestar con suficiencia.
No pocas veces la ignorancia nos induce a creer que sabemos de aquello que desconocemos. También quiero que sepa que hasta el pasado 15 de noviembre –cuando llegué a la Antártida– aquel continente para mí era un sueño más entre muchos que, como tantos otros, ya lo tenía en el largo listado de los incumplidos.
Por esa razón, querido Augusto, siento que antes de responderte debiera haberte advertido que como dicen que alguna vez dijo Woody Allen, “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.
Es posible también que Woody nunca lo haya dicho. Pese a todo, para este caso siento que con esa frase podría haber respondido a todas tus preguntas cuando quisiste saber qué hacía allí. Espero sepas comprender que, como vos y tu curiosidad natural devenida en oficio, tampoco lo tenía claro.
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Antártida, ese lugar a donde llega lo que el viento se llevó
- Ricardo Rivas
- Periodista - Enviado especial
Las palabras se las llevó el viento y aquí encontré muchas de ellas esperándome, como si hubieran estado agazapadas para cruzarse en mi camino.
El “mar de nubes” que crece desde el congelado Weddell lo cubre todo. Vigesimosexto día en la Antártida. Por encima de esa masa nubosa el cielo se presenta como una transparencia azulada. La nevada –aunque intermitente– es copiosa. Sin embargo, las pasarelas que unen las instalaciones de la Base Marambio, en el borde de los acantilados de la isla Seymour, están despejadas. Con Daniel Bertagno –colega periodista y amigo– aun así salimos a caminar. Lentamente. Con cuidados para evitar resbalones.
La torre de control del tráfico aéreo está cubierta por las nubes. También desapareció la estación de pasajeros. Y Daniel, que se adelantó (hasta que podía verlo) unos 60 metros, también se invisibilizó. Me detengo. Siento soledad. Me inquieto. Todos mis sentidos están en máxima alerta. Sé que detrás de la bruma está la pista donde aterrizará –cuando pueda hacerlo– el Hércules C130 que nos devolverá al continente. La espera se hace larga. Nada se puede hacer. Es duro verificar y admitir la impotencia frente a la naturaleza. El no poder abruma tanto como poder. La imaginación no imagina tanto.
LA CHANCHA
Una cuarentena de hombres, mujeres, niños y niñas embarcarán en la misma máquina cuando llegue esa gigantesca aeronave a la que llaman la Chancha. Escucho. Me acompaña una “brisa” que sopla y silba a menos de 20 kilómetros en la hora. Permanezco. Hacia donde mire no veo. Una parisina “niebla gris” me envuelve. “Las palabras se las lleva el viento”, decía una y otra vez doña Juanita, nuestra tan amada abuela. Sonrío con el recuerdo de sus palabras.
Si así fuera, el viento debiera estar atiborrado de palabras. Así pensado, Eolo también puede ser portador de memoria y motivador de reflexión. Lo escucho. Decido arriesgarme a encontrar en él a todas aquellas palabras que dije, dijimos o... me dijeron y que ellas me empujen... me exijan... me arrepientan de haberlas dicho o por no haber dicho más. ¡Es verdad, abu! Las palabras se las llevó el viento y aquí, en la Antártida, encontré muchas de ellas esperándome, como si hubieran estado agazapadas para cruzarse en mi camino.
Me emboscaron. O no. Quizás están porque –después de aquí– el viento ya no tenga hacia dónde ir... Un par de siluetas comienzan a corporizarse desde el interior mismo de la niebla. Es Daniel que dialoga con el Gera, jefe del aeropuerto en Marambio. Junto con Paula trabajan para mantener la pista con la menor cantidad de nieve posible. Los termómetros marcan -11 grados centígrados. El viento que parece soplar con más fuerza está puesto desde el sur. La térmica cae. Se clavó cerca de los -20. ¡Joder!
El Gera, así lo apodan, está nevado. Capturo su imagen. Sonríe. “Después mándamela para enviársela a mi hija en Córdoba. Tiene 12 años y la extraño”, agrega. Sabemos que piensa en ella todo el tiempo. Desde que llegamos nos alojamos en un dormi donde es nuestro vecino. Antes de dormir y cada mediodía la llama. Tres mil setecientos kilómetros hay entre papi, en la antártica Marambio, y la niña, en la provincia argentina de Córdoba.
VOLUNTAD DE TRABAJO
“Después hablamos”, promete antes de desaparecer nuevamente en la niebla para guiar a Paula, que opera una enorme máquina vial para mantener la pista despejada. Lo seguimos. Enmudecemos. Desde la cabina la joven nos saluda sonriente. Sus ojos transmiten voluntad de trabajo, coraje, convicción y compromiso. Regresamos. Ingresamos en la base. Se empañan mis anteojos. Debo quitármelos. Fede (Smith), el médico, con el mate ensillado y el termo nos saluda.
“Esto recién empieza...”, dice. Lo acompaño hasta el consultorio. Nos cruzamos con Gustavo (Crivaro) –siempre sonriente– a cargo del mantenimiento. Inquietísimo. Está en todo y un poco más. “Es la décima misión que tengo en la Antártida”, dice mientras extiende su mano para saludarnos una vez más. Fanático del rugby y de los Pumas, también procura poner todo a punto para que ese equipo de bandera –“si Dios quiere y la ventanita climática se abre”– pueda enfrentarse aquí contra un equipo de la base.
“Vendrán la semana que viene. Traerán todo. Las camisetas que tendrán un escudo de la Antártida, lo que comerán, las guindas (como se suele llamar a las pelotas ovaladas)”. Ilusión, deseo, fantasía. Y más trabajo. “Hay que hacer agua y preparar lo que el rompehielos (Almirante Irizar) tendrá que llevar de regreso al continente”, dice.
Juan (Gómez, vicecomodoro), el jefe de la base, convida con café en su oficina. Casco azul veterano de Naciones Unidas siempre deja volar sus recuerdos que van desde el tórrido desierto en África –“en el Sahara”– hasta otros escenarios más complejos. Los pronosticadores reportan que, hasta el domingo venidero, por lo menos, estiman que “NO HAY (sic)” posibilidad para una operación aérea.
PREVISIÓN
Resaltan en rojo sangre la previsión. Más espera. “Siempre es posible un cambio inesperado en el clima”, dice alguien. Buen intento, aunque infructuoso para inducir al optimismo social. Un árbol de Navidad fue armado en las últimas horas. Tradiciones. Pese a ello, imaginar que es posible que todavía estemos aquí en la Nochebuena estremece. Pibes y pibas –de entre cuatro y 19 años– esperaban ver “el arbolito” con sus luces. Algunos adultos, también. Pero no en todas las personas el “arbolito” tiene los mismos efectos.
No. Algunas y algunos, que una semana atrás imaginaban la inminencia de los reencuentros, las caricias, los abrazos, decaen. También nosotros. Llegamos el 15-N para pernoctar aquí y regresar el día siguiente. ¿Estaremos para la Navidad con la familia? ¿Con quién recibiremos 2026?… ¿dónde…?
Fátima (Sarabia) es la gran cocinera de la Base Marambio. “La reina del guiso”, muy respetuosamente me gusta llamarla cada mañana cuando voy hasta la cocina para saludarla antes de desayunar. Fana del Diego. ¡Maradoooooo… Maradooooo… Maradoooo…! Sabe que soy de River y, siempre que puede, me gasta, pero remata con un abrazo. Enorme deportista que cada amanecer entrena duro en el gym. Aquí cuentan que alguna vez fue campeona de fútbol y de boxeo. Hablo de ella con el jefe Juan.
Recuerda que en su despacho hay una pelota autografiada por Maradona. “Con todo mi cariño”, escribió antes de su firma. Fátima, junto con el vicecomodoro y Daniel, comparten “una fotaza”, dice. Besa esa reliquia. ¡¡¡Maradooooo… Maradoooooo…!!! Descubro que aquí también hay una oficina del Correo Argentino.
EL CORREO
Sebastián, a cargo de la ayudantía de la jefatura, pega en postales y sobres las estampillas y las despacha después que el jefe firma los envíos. ¿Cuánto tardan en llegar?, pregunto. “Aproximadamente, un año y siete meses”, responde. Quienes compartimos ese momento tan inusual en tiempos de correos electrónicos y mensajerías de todo tipo con nuestros dispositivos nos miramos sorprendidos.
“Qué podría pasar en el ánimo de las o los destinatarios, doctor, si el correo llegara después que el remitente que lo envió falleció?”, preguntó alguien consternado al médico de la base. No escuché la respuesta. El maestro Pablo cumple años. Él y Lis, su esposa, son docentes en la escuela provincial N.º 38 Presidente Raúl Ricardo Alfonsín. La única en el Continente Blanco.
Sus alumnos y alumnas –claramente felices– me lo cuentan cuando entro al comedor en la hora de la merienda. Cánticos y aplausos. En los primeros minutos del no amanecer siguiente –el martes 9– Juan y Gustavo sorprenden a las mujeres que trabajan aquí con un desayuno frente a los ventanales que muestran el mar de Weddell cubierto de hielo y con témpanos gigantes.
“Les deseamos a todas un feliz Día de la Mujer Aeronáutica”, dice el jefe. Las homenajeadas agradecen. Me comprometí para enviarles las fotos que enriquecen esta historia. Lo hago. Pronto llegará el rompehielos. Traerá todo lo que se consumirá aquí en 2026. El 17-D tal vez –si la ventana meteorológica se abre– el Hércules C130 aterrizará en Marambio. Así se vive aquí. Y, aunque ustedes no lo sepan o no lo crean, no son pocas ni pocos los que –cuando terminan sus invernadas– quieren regresar