Los Angeles, Estados Unidos | AFP | Un niño estadounidense de nueve años se suicidó días después de comenzar las clases, víctima de un constante bullying por ser homosexual.
“Cuatro días en la escuela fue lo que tomó, apenas puedo imaginar lo que le dijeron”, dijo la madre de J. M., a medios de prensa local. “Mi hijo le dijo a mi hija mayor que los chicos en la escuela le dijeron que se matara. Me duele tanto que no haya venido a mi”.
La mujer explicó que su hijo, que asistía a la primaria de una escuela en Denver, Colorado (oeste), le dijo en las vacaciones de verano (boreal) que era gay y que quería presentarse como tal a sus compañeros cuando comenzara el curso.
"Fue a la escuela y dijo que le diría a la gente que era gay porque estaba orgulloso de sí mismo".
La escuela puso a disposición de estudiantes y profesores terapeutas para los que quieran hablar de lo sucedido, y que envió cartas a las familias sobre la tragedia.
La madre del niño indicó que espera que la muerte de su hijo concientice sobre los efectos del bullying.
"Tiene que haber responsabilidad por el bullying", dijo. "Los niños saben que está mal, un niño no quisiera que alguien se lo hiciera a él".
“Creo que se debe responsabilizar a los padres porque claramente o lo enseñan a ser así o los tratan así”, finalizó.
© Agence France-Presse
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Denuncian salvaje agresión a una adolescente a la salida del colegio por ser “linda y nueva”
Una madre desesperada denunció este jueves que su hija 17 años fue brutalmente agredida a la salida del colegio de la ciudad de Asunción y hasta el momento el director no activó el protocolo de protección.
Afirmó que el ataque físico responde a un acoso sistemático previo que ya había sido advertido a la máxima autoridad de la institución.
El hecho se registró el pasado viernes 25 de setiembre, sobre la calle Brasil de la ciudad capital y hasta la fecha no hubo respuesta por parte de las autoridades de la institución educativa, por lo que la madre decidió hacer una denuncia pública. Todo el ataque quedó registrado en imágenes de cámaras de seguridad de la zona.
De acuerdo al testimonio de la madre de la menor agredida, su hija ya había salido del colegio y se estaba dirigiendo a su casa en compañía de un familiar, momento en que una de las involucradas la atacó por la espalda junto con otras tres chicas. En la zona se encontraba más adultos que la ayudaron.
“Mi hija está mal y no quiere acudir al colegio, ya hice la denuncia correspondiente. Esta situación ya viene de hace tiempo porque es nueva y por linda, ya hablé con el director de la institución y jamás se activó un protocolo antes ni ahora, la agresora continúa asistiendo al Colegio”, denunció la mujer, en entrevista con “Dos en la Ciudad” de canal Gen y Universo 970/Nación Media.
Intervino la supervisión
Tras la denuncia realizada por la madre en los medios de comunicación, llegó hasta el colegio la supervisora Dora Ríos con el equipo de la dirección de Educación de Capital, bajo la indicación de la dirección de Promoción y Protección del Ministerio de la Niñez y Adolescencia, Sonia Escauriza.
Desde el Ministerio de la Niñez confirmaron que se dieron por enterados sobre este caso mediante el programa de Nación Media y que la intervención se desarrolló recién cerca de las 11:00 de hoy. La supervisora Dora Ríos confirmó que se activaron los protocolos departe del colegio de forma inmediata.
La madre de la víctima, confirmó que la estudiante que inició la pelea sigue asistiendo a la institución como si nada y que su hija tiene miedo a ser agredida nuevamente. Pode apoyo del Ministerio Público, el Ministerio de Educación y las autoridades correspondiente para proteger a su hija.
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Prevenir exige mirar las condiciones de vida
- SEMA Centro Psicológico
- Psi con Ciencia
- Foto: Gentileza
La conducta suicida no puede explicarse por una ruptura, una deuda, un diagnóstico o una discusión aislada. Comprender su complejidad permite prevenir sin culpar y construir respuestas que incluyan a familias, servicios, instituciones y políticas públicas.
Después de una muerte por suicidio aparece una pregunta dolorosa: ¿por qué? La mente busca una explicación que ordene lo ocurrido. A veces encuentra un hecho cercano –una separación, una dificultad económica, un conflicto familiar, una sanción– y lo convierte en causa total. Esa respuesta puede parecer sencilla, pero rara vez es fiel a la complejidad de una vida.
La investigación contemporánea comprende la conducta suicida como un fenómeno multicausal. Pueden intervenir sufrimiento psicológico, trastornos mentales, dolor físico, experiencias traumáticas, consumo problemático de sustancias, aislamiento, violencia, discriminación, pérdidas, acceso insuficiente a cuidados, problemas económicos y otros factores. La combinación y el peso de esos elementos varían de una persona a otra y también cambian con el tiempo.
Hablar de factores de riesgo no significa afirmar un destino. La mayoría de las personas que atraviesan una ruptura, una deuda, una depresión o una crisis laboral no mueren por suicidio. Un factor de riesgo indica una asociación o una mayor probabilidad en determinados grupos; no permite predecir con certeza lo que hará una persona concreta.
Cuando reducimos lo ocurrido a “fue por su pareja”, “fue por el trabajo” o “fue porque no pidió ayuda”, colocamos sobre alguien una responsabilidad que la evidencia no permite establecer. También podemos dañar a familiares, compañeros o profesionales que ya atraviesan un duelo complejo.
La prevención necesita revisar hechos y responsabilidades reales cuando corresponda –por ejemplo, situaciones de violencia, acoso o fallas institucionales–, pero esa investigación debe ser seria y no convertirse en una sentencia pública construida desde rumores. Reconocer la multicausalidad no significa negar el contexto; significa analizarlo sin simplificaciones.
Tampoco conviene explicar el suicidio como resultado inevitable de un diagnóstico. Los trastornos mentales pueden aumentar el riesgo en algunas personas, pero no equivalen a una condena. Existen tratamientos eficaces para numerosos problemas de salud mental, y muchas personas se recuperan o aprenden a vivir con apoyo y sentido. El estigma puede alejar a quienes necesitan consultar.
CONDICIONES SOCIALES
La prevención suele centrarse en identificar a individuos en crisis, una tarea indispensable. Sin embargo, la evidencia también señala el papel de los determinantes sociales: ingresos, empleo, vivienda, acceso a salud, educación, discriminación, violencia, cohesión comunitaria y disponibilidad de apoyo.
La conducta suicida no puede explicarse por una ruptura, una deuda, un diagnóstico o una discusión aislada. Comprender su complejidad permite prevenir sin culpar y construir respuestas que incluyan a familias, servicios, instituciones y políticas públicas.
El mensaje no es que una variable social explique por sí sola cada muerte, sino que las políticas estatales y entornos pueden aumentar o disminuir oportunidades de protección.
Por eso, prevenir también es facilitar el acceso oportuno a atención, reducir barreras económicas y geográficas, responder a la violencia, cuidar a personas desempleadas o endeudadas, limitar el consumo problemático, fortalecer redes y construir instituciones capaces de detectar sufrimiento sin castigar a quien lo expresa.
RESPONSABILIDAD COMPARTIDA
La prevención integral puede pensarse en varios niveles. En el nivel personal, importa reconocer cambios, pedir ayuda, recibir evaluación y contar con un plan de seguridad. En el nivel relacional, son claves la escucha, el acompañamiento y el seguimiento. En escuelas y lugares de trabajo, se necesitan implementar protocolos como guías de actuación, rutas de derivación, confidencialidad y formación básica para referentes. En el sistema de salud, hace falta servicios accesibles, continuidad del cuidado y coordinación de urgencias. En el nivel social, influyen las políticas de protección, la comunicación responsable y la reducción de desigualdades.
Ningún nivel sustituye al otro. Pedir a una persona que sea resiliente, sin modificar un entorno violento o inaccesible, puede convertirse en una nueva forma de culpa. Del mismo modo, mejorar una política pública no elimina la necesidad de una atención individual sensible. La prevención funciona cuando las capas se conectan.
INSTITUCIONES
Una escuela, universidad, empresa, iglesia, club o asociación puede prepararse antes de una crisis. El primer paso es definir a quién acudir y cómo derivar. El segundo es capacitar a referentes para reconocer señales y preguntar sin juzgar. El tercero es proteger la confidencialidad y evitar intervenciones improvisadas. El cuarto es prever seguimiento, porque una derivación sin continuidad puede dejar a la persona nuevamente sola.
Los protocolos deben incluir qué hacer ante riesgo inmediato, cómo contactar a la familia cuando corresponda, qué servicios locales están disponibles y cómo cuidar al equipo interviniente. También deben contemplar la posvención: la respuesta organizada después de un intento o una muerte por suicidio para apoyar a las personas afectadas y prevenir nuevos daños.
COMPRENSIÓN
La explicación multicausal nos ayuda a cambiar la pregunta. En lugar de ¿qué le faltó? podemos preguntar ¿qué sufrimientos se acumularon?, ¿qué barreras impidieron recibir ayuda?, ¿qué apoyos estaban presentes y cuáles faltaron? y ¿qué podemos mejorar como familia, institución y comunidad?
Estas preguntas no borran la responsabilidad personal ni convierten todo sufrimiento en un problema del Estado. Permiten reconocer que la conducta humana se construye en interacción con vínculos y contextos. Una comunidad preventiva no espera una señal perfecta: facilita conversaciones, reduce estigmas y dispone caminos de ayuda conocidos.
Decir que el suicidio es prevenible no significa que todas las muertes puedan anticiparse ni que una familia haya fallado si no pudo hacerlo. Significa que existen intervenciones individuales, comunitarias y sociales capaces de reducir riesgos y aumentar protección. La prevención trabaja con probabilidades, oportunidades y redes.
Cuando dejamos de buscar una causa única, también dejamos de buscar un único culpable. Podemos orientar la energía hacia una tarea más humana: escuchar mejor, ampliar el acceso a cuidados, sostener a quienes están en crisis y construir condiciones de vida en las que pedir ayuda sea posible.
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Cómo hablar del suicidio con responsabilidad
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Setiembre Amarillo nos invita a hablar con responsabilidad. Abrir la conversación no consiste en repetir frases positivas ni en pedir que alguien sea fuerte. Significa aprender a escuchar sin juzgar, usar palabras que no estigmaticen y ofrecer caminos concretos de ayuda.
Las palabras también pueden cuidar: cómo hablar del suicidio con responsabilidad es parte de la prevención. En una conversación familiar, un aula, un lugar de trabajo o un grupo de Whatsapp, el modo de nombrar el sufrimiento puede acercar ayuda o profundizar el aislamiento.
La sensibilidad no se demuestra evitando el tema, sino abordándolo con respeto y criterio. El lenguaje importa porque transmite una explicación sobre lo ocurrido. Cuando una muerte por suicidio se presenta como una decisión simple, un acto de egoísmo o la consecuencia de un único problema, se reduce una realidad compleja a una etiqueta. La conducta suicida suele surgir de la interacción de múltiples factores personales, clínicos, familiares, sociales y contextuales. Ninguna frase aislada puede explicar una vida ni repartir culpas de manera justa.
NOMBRAR SIN CONDENAR
Expresiones como “se suicidó” son frecuentes y comprensibles, pero en comunicación pública se recomienda privilegiar formulaciones como murió por suicidio o específicamente muerte por suicidio. El objetivo no es vigilar cada palabra ni corregir a una familia en duelo. Es evitar términos que asocien el hecho con delito, éxito, fracaso, valentía o cobardía.
También conviene evitar “lo hizo para llamar la atención”. Toda comunicación de desesperanza, autolesión o deseo de morir requiere ser tomada en serio. Incluso cuando no existe intención inmediata, esa expresión puede indicar un sufrimiento que necesita evaluación y apoyo. Atender no refuerza la conducta; permite comprender qué función cumple y qué ayuda hace falta.
No es recomendable describir a una persona como suicida, porque reduce su identidad a un momento o a un riesgo. Podemos hablar de una persona con pensamientos suicidas, una persona que atraviesa una crisis o alguien en riesgo. La persona siempre es más que su manifestación de malestar.
QUÉ DECIR CUANDO ALGUIEN SE ABRE
Cuando una persona cuenta que no encuentra salida, solemos apurarnos a responder. Queremos levantarle el ánimo, explicar por qué debería seguir o prometer que todo estará bien. Sin embargo, antes de aconsejar conviene comprender. Podés decir: “Te escucho”, “lo que sentís importa”, “gracias por confiar en mí”, “no tengo todas las respuestas, pero puedo quedarme con vos” o “vamos a buscar ayuda juntos”.
Estas frases no minimizan ni dramatizan. Ofrecen presencia y una acción posible. También es válido preguntar “¿estás pensando en hacerte daño?” o “¿pensaste en quitarte la vida?”. Si la respuesta es afirmativa, evitá reaccionar con enojo, amenazas o reclamos. Pregunta si existe peligro inmediato y activa ayuda.
La conversación no debe convertirse en un interrogatorio clínico improvisado, pero sí puede identificar que la situación requiere intervención urgente.
FRASES QUE CONVIENE DEJAR DE USAR
Frases como “tenés que poner de tu parte” o “pensá en quienes te quieren” pueden aumentar la culpa. “Mañana vas a verlo distinto” promete algo que no sabemos. “No digas eso” cierra la conversación. “Yo jamás haría algo así” instala distancia moral. “Y si realmente quisieras, no lo contarías” es falso y peligroso.
Podemos reemplazar esas respuestas por otras más útiles: “No quiero que cargues solo con esto”, “¿qué necesitás para pasar esta hora con mayor seguridad?”, “¿a quién podemos llamar?” o “me importa tu vida, aunque ahora vos no puedas sentirlo de la misma manera”.
El acompañamiento no exige hablar todo el tiempo. A veces consiste en sentarse cerca, acercar agua, reducir estímulos, ayudar a hacer una llamada o esperar junto a la persona hasta que llegue atención. El silencio compartido puede ser cuidadoso cuando no abandona.
HABLAR EN FAMILIA
Cuando una muerte por suicidio afecta a una comunidad, ocultar completamente lo ocurrido puede generar rumores, confusión y desconfianza. Con niños, niñas y adolescentes se recomienda una explicación verdadera, breve y adecuada a la edad, sin detalles del método. Conviene dejar claro que la muerte no fue responsabilidad del NNA, que los adultos están disponibles para responder preguntas y que pedir ayuda es posible.
No hace falta dar toda la información de una vez. Los NNA suelen volver sobre el tema a medida que comprenden nuevas dimensiones de la pérdida. Se puede responder con sencillez: “Murió por suicidio”, “estaba atravesando un sufrimiento muy grande”, “no es culpa tuya ni de una sola persona”, “si esto te preocupa o alguna vez te sentís en peligro, podés contarnos y vamos a ayudarte”.
En adolescentes es importante preguntar directamente cómo les impactó la noticia, qué contenido vieron en redes y si conocen a alguien en riesgo. No se debe organizar una conversación grupal que obligue a revelar experiencias personales. Deben existir opciones de atención privada y seguimiento para quienes estuvieron más expuestos.
EN EL TRABAJO, LA ESCUELA Y LA COMUNIDAD
Las instituciones también hablan a través de sus decisiones. Comunicar con responsabilidad implica proteger la identidad, limitar rumores, ofrecer recursos verificables y evitar homenajes que idealicen la muerte. Un mensaje institucional debería expresar condolencias, reconocer el impacto, informar dónde pedir ayuda y explicar que la institución acompañará a las personas afectadas.
No corresponde especular sobre motivos ni divulgar información clínica o familiar. Tampoco conviene atribuir la muerte a una ruptura, una calificación, un conflicto laboral o una sanción. Estos hechos pueden formar parte del contexto, pero presentarlos como la causa simplifica y puede generar culpa, hostigamiento o imitación.
ESPERANZA CON LOS PIES EN LA TIERRA
La comunicación preventiva necesita esperanza, pero no una esperanza vacía. Decir “todo pasa” puede sonar distante. En cambio, mostrar que una crisis puede cambiar, que existen tratamientos y que pedir ayuda puede abrir alternativas ofrece una esperanza concreta.
La evidencia sobre comunicación pública distingue entre relatos que pueden favorecer la imitación y relatos que muestran afrontamiento, apoyo y recuperación. Este potencial protector se conoce como efecto Papageno. No se trata de contar historias perfectas ni de exponer a personas vulnerables. Se trata de mostrar que el sufrimiento puede ser acompañado y que existen pasos posibles: hablar con alguien, recibir atención, construir un plan de seguridad y volver a conectar con razones para vivir.
Las palabras no reemplazan los servicios de salud ni resuelven por sí solas los problemas sociales. Pero pueden reducir vergüenza, habilitar preguntas y orientar hacia ayuda. Hablar de suicidio con responsabilidad es elegir un lenguaje que no juzgue, no simplifique y no abandone.
CONTACTOS
Mónica Britos: (0982) 222-737
José Valenzuela: (0985) 258-710
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Prevención del suicidio: “La clave es escuchar a la persona y tener empatía”
En el marco del Setiembre Amarillo y del Día Mundial de la Prevención del Suicidio, que se recuerda en la fecha, la doctora Mónica Britos, del Centro Psicológico SEMA, abordó las diferentes aristas de una conducta suicida, en diálogo con La Nación/Nación Media.
“Las pautas de prevención y promoción de la salud mental, que incluye todo lo que una persona puede hacer para cuidarse, tener pautas de autocuidado, tiene que ver con desarrollar el plan de vida con los pilares de la salud mental de autocuidado, de tener cubiertas las necesidades básicas”, explicó.
En ese sentido, mencionó tener techo, salud, alimentación y tener un plan de vida elaborado en función de posibilidades personales, como trabajar, estudiar, desarrollar su vida socioafectiva. “Eso tiene que ver con los factores de protección que si están presentes, la persona podría estar contenida y contar con estrategias que le ayuden a sobrellevar su día a día desarrollándose de manera positiva”, indicó.
Cuando no están presentes algunos de esos factores de protección, aparecen los factores de riesgo, como situaciones adversas que generen frustración y en algún punto puedan generar la posibilidad de “no querer vivir más”, apuntó.
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La profesional mencionó que hay varios tipos o alternativas de suicidio: ideológicos, de connotación religiosa, pasar por un dolor crónico o padecimientos personales. “O también puede surgir de manera abrupta el pensamiento, la intención a que la persona ejecute algún plan suicida”, detalló.
En ese contexto, manifestó que la clave es que la persona en forma empírica desde su experiencia realizar un diálogo consigo misma. “Identificar cuando está pasando un bajón afectivo o emociones muy intensas que generen mucha rabia, ira, o dentro de otra gama de emociones negativas como tristeza profunda, melancolía”, acotó.
Añadió que generalmente, la conducta suicida se enmarca dentro de lo que se llama crisis afectiva o ya cuando se tiene un diagnóstico de pasar por una crisis afectiva disminuida que se le llama a la depresión, expresó.
Pero, en algunos casos, la persona no identifica que está pasando por eso. “Ahí se tienen en cuenta los criterios clínicos de cuánto dura, y está presente manifestaciones clínicas de ansiedad, qué piensa, qué siente”, señaló. Además, resaltó que cuando la persona no reconozca, es muy importante que las personas que están en el entorno puedan darse cuenta y ayudar.
Niños y jóvenes
En cuanto a factores de protección de niños, niñas y jóvenes, Britos afirmó que como sociedad debemos estar atentos para protegerlos en su desarrollo. “Proveerles de estrategias de tolerancia a la frustración para tolerar el malestar psicológico que puede llegar a generar ante una situación que le genere vulnerabilidad psicosocial”, destacó.
Asimismo, desarrollar en instituciones educativas la conducta asertiva “que es la mejor manera de comportarse lo que a uno le conviene y a al otro, siempre dentro de la perspectiva de no hacerle daño al otro”, apuntó. Por otro lado, aclaró que es un tema que se debe abordar, hablar, respetando el duelo de los familiares.
“Se dice que el hecho de hablar no le vulnera a la persona, al contrario, el hecho de no hablar. Pero tiene que ser una persona entrenada, la clave es escuchar a la persona y la empatía, ponerse en el lugar del otro”, precisó.
Con respecto al rol de los comunicadores sociales, recordó que existen protocolos de como operar. Mencionó que por ley se tienen que dar a conocer ciertas situaciones que son de interés para la ciudadanía en general.
“Lo que sí se tiene en cuenta es la empatía y el respeto como resguardar aspectos que tengan que ver con el método para evitar lo que se denomina imitación, que personas que estén pasando por una situación de vulnerabilidad puedan imitar quizás ciertas situaciones”, aclaró.
Factores de riesgo
Entre los factores de riesgo se puede mencionar que la persona cambie su manera de ser o abandone ciertos hábitos de rutina. “Generalmente son indicadores, pautas de autocuidado como higiene, alimentación, alteración del sueño, lo que hace en el día a día, deja de compartir con otras personas, o estar bajo consumo de sustancias”, puntualizó.
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