La etiqueta “el rock ha muerto” es un epígrafe generacional presente desde hace décadas. Y mientras para algunos se trata de una teoría absurda e incluso fatalista, el género musical es objeto de estudio en circuitos académicos ¿Cuál es el verdadero estadio del rock?

Texto: Matías Irala

Ilustración: Alejandro Os (@alejandroosart)

“¿Creés en el rock and roll, en que la música puede salvar tu alma mortal?”, consultaba Don Mclean desde los acordes folk rock de su exitosa canción de los 70 American Pie. Lo hacía en alusión al fatídico desenlace de Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper, músicos de rock de los años 50 que perdieron la vida en un accidente aéreo, tras el cual la prensa también decretó la muerte del género.

Las palabras de Mclean tocaron fibras muy sensibles dentro de la generación de jóvenes de años 70, que no sabían dar respuesta a una pregunta tan contundente. Desde entonces, el estilo se ha encontrado de manera constante frente a las profecías de la prensa especializada que habla de una posible extinción o declive del género, aunque en la práctica, esto nunca se ha traducido a la realidad, dada la amplitud de bandas y subgéneros del mismo.

Entonces, ¿a qué se refieren exactamente cada vez que mencionan la muerte del rock? “El inconveniente del rock en la actualidad es que hoy en día ya no es una innovación en sí mismo, ya que su fenómeno o características están totalmente inscriptas dentro del mercado, autorreferenciando su propio fenómeno”, explica Raúl Acevedo, investigador y co-organizador del ciclo de charlas Filosofía en el bar.

Si pensamos en la naturaleza insurgente del rock, automáticamente nos vienen a la mente himnos como Working Class Hero de John Lennon, dónde el músico pone en debate las diferencias sociales. También arremeten las denuncias del sistema educacional de la mano de Another Brick in the Wall de los británicos Pink Floyd. Son ejemplos que terminan por extrapolar la esencia de un estilo que en su momento representó los malestares de la clase obrera y el sistema político —especialmente de los 70 y 80—, avivados también por la crisálida que supuso el advenimiento del punk rock, su estado más catártico.

¿Debemos esperar del rock la misma responsabilidad social y crítica en la actualidad?

“Ser crítico y responder a todas las cuestiones sociales que suceden es una visión muy moderna, o sea, manifestarse ante cualquier acontecimiento. El mercado actualmente alienta esa posición porque lo encuentra beneficioso, ya que apropiandosé de esas expresiones políticas, lo puede poner en una boutique de venta y consumo. Por ejemplo el filosofó Amador Fernández Savater, explica que la revolución del mayo del 68 se volvió un armario para la gente de las esferas altas y capitalistas. El uso de camisetas con frases políticas o el rostro del Che Guevara como símbolo de insurrección, por dar ejemplos, son actualmente totalmente perimidos por el sistema. La pregunta sería entonces, ¿Cómo replantear el carácter revolucionario de la música, a pesar de las estructuras que ya conocemos, puesto que las concepciones de transgresión o rebeldía están totalmente implícitas dentro de tal?” consulta de manera crítica Acevedo.

En sus ensayos sobre música, el periodista Symond Reynolds narra que para el verano del 77, el punk rock se había convertido en una parodia de sí mismo. Muchos de los miembros originales del movimiento sentían que la apertura y la riqueza de las posibilidades habían degenerado en una fórmula comercial. O peor: había terminado convirtiéndose en una inyección rejuvenecedora en el brazo de la industria musical establecida, que los adherentes a la cultura del rock habían tenido la esperanza de derrocar. La revolución se volvía un síntoma incompleto.

“El problema con el rock es que actualmente pasa a ser un hecho retrospectivo. Muchos de los problemas que el estilo asumió de manera histórica, al retrotraernos a mirar sobre los tópicos sociales que abordó en su momento, hoy en día no se sostienen. Independientemente a que muchos de estos hechos no han sido totalmente resueltos, hay un factor actual que el género no supo asumir como nuevo paradigma que actualmente nos digita en la manera de relacionarnos: la tecnología”, reflexiona el investigador. .

En una era donde los youtubers son protagonistas a nivel cultura de masas, catalogar al rock como un hecho antropológico, de marcado arte estático pero que fue fundamental por mucho tiempo, no es descabellado. Para el pensador Mark Fischer, el advenimiento del nuevo milenio logró un deflación sobre las expectativas, ya no esperamos fenómenos culturales que disputen o renueven el status quo, de cierta forma la vida continúa pero el tiempo se ha detenido, la nostalgia cultural es una manera de sólida hacer frente a una salvaje era hiperglobalizada y de tinte virtual.

Entonces, ¿existe una respuesta actual a la pregunta de Don Mclean? ¿Debemos dar credibilidad al rock? A inicios del 2000, Madonna volvió a replantear la pregunta, haciendo una versión de la canción de Mclean para su álbum Music en un formato disco/folk que resultaba contradictorio si reparamos en la naturaleza estilística inicial de la canción. Su propuesta sin embargo, dejó ver nuevamente que la ausencia de respuestas seguía envolviendo a aquellos jóvenes del 70, que en ese momento coqueteaban con las incertidumbres propias de la tercera edad y el nuevo milenio.

Más allá del futuro del rock, para Acevedo, no se trata de reducir las posibilidades del género: “El error actual sería condicionar al rock and roll como un espacio secular de una sola performatividad y actitud. Configurar al rock bajo un solo formato, es caer en una eclosión conservadora, ya que no podemos definir que solo un determinado tipo de instrumentación, carácter estilístico o fórmula, determina su esencia. Yo creo que el futuro del rock debe ser su mutabilidad en otros sonidos, pero sin caer en configuraciones esencialistas e históricas para definir como debe ser el género”.