Hace más de 13 años que Javier Barbero se dedica a ayudar a las personas a alcanzar sus metas laborales o personales. ¿Cómo lo hace?

Texto: Jazmín Gómez Fleitas

Fotos: Aníbal Gauto

De un día para el otro, el coaching tomó fama. Hasta lo vemos en series como Billions, donde una de las protagonistas (Wendy Rhoades) es performance coaching. En nuestro país, la disciplina también suena más que nunca, sin embargo, llegó hace más de una década de la mano de la consultora Carolina Bestard, según explica Javier Barbero.

Hay muchos métodos y tipos de coaching, que varían de acuerdo a la escuela de la cual derivan, entre ellos: el Ejecutivo, centrado en las habilidades gerenciales; el Ontológico, que apunta a trabajar con la transformación del ser; y el Sistémico, que mira las relaciones humanas en el marco de estructuras sociales.

Lo que no es coaching

El coaching no es igual a ir a terapia y por ello, tanto coaches como clientes deben conocer sus límites y alcances. Por ejemplo, si una persona que cree que no podrá hablar inglés busca ayuda, el profesional lo abordaría de la siguiente manera: “El coach, previo contrato de trabajo, le invitará a cuestionar la creencia de la imposibilidad. Le hará preguntas poderosas para articular nuevos mapas internos. De alguna forma lo acompañará para que sea más consciente de su potencial en relación al dominio de idiomas y, finalmente, lo acompañará hasta un espacio de autocompromiso para dar los pasos necesarios que lo lleven hacia su meta, lo cual ya sería el plan de acción”, relata Barbero.

El experto resalta que las preguntas poderosas y la escucha activa son las dos herramientas más importantes que un coach debe aprender para transformarse en un verdadero catalizador del otro. “Nuestro trabajo consiste en ser catalizadores del autoconocimiento de nuestros clientes, para que accedan a un desempeño extraordinario, producto de un proceso de aprendizaje fuera del alcance técnico y formal. El autoconocimiento se transforma en la fuente real de todo proceso de coaching”.

El coach no se inmiscuye con traumas, patologías de la conducta o situaciones irresueltas que dejaron heridas en la infancia. Si estos aspectos aparecen, Barbero destaca que es responsabilidad ética de un coach proponer al cliente que esos contenidos sean abordados a nivel psicoterapéutico. “Juzgo de manera personal que esta clarificación es un espacio de respeto hacia la psicología como ciencia y hacia el coaching mismo, como disciplina que tiene marco técnico, espacios de intervención y también límites muy precisos”, aclara.

Y es que los campos de influencia del coaching cada vez son más. Se expanden al ámbito educativo, deportivo y otras disciplinas. Debido a ello, Barbero hace hincapié en que “actualmente el coaching se encuentra en un momento muy crítico con relación a su credibilidad. Uno de los aspectos tiene que ver con la mala praxis de algunos profesionales que dicen ser coaches, sin tener formación que los avalen. Otro, con las formaciones de garaje que en un fin de semana producen coaches a escala industrial, además de que, en mi opinión personal, en el mercado está la creencia de que formarse en la disciplina y ejercerla es igual a ganar dinero. Y esa creencia es un mito”.

Lo que sí es coaching

“Un método que consiste en acompañar, instruir o entrenar a una persona o a un grupo de ellas, con el objetivo de cumplir metas o desarrollar habilidades específicas. Si bien el término tiene procedencia directa del ámbito deportivo, es en el entorno empresarial y personal desde donde se expande”, describe Barbero. Agrega que la disciplina acompaña a las personas para brindarles perspectivas distintas de cada situación, para que desde esa nueva óptica sean capaces de emprender acciones en una dirección nunca antes tomada, o quizá olvidada hace mucho.

Javier comenzó hace casi 13 años como coach, a los 39 años. Según recuerda, fue “con recursos mínimos y ganas de desarrollar un espacio profesional que me significara tener una buena vida y contribuir desde mis dones hacia los demás. Una parte de mí pensaba que ya era demasiado mayor para emprender”, confiesa.

Fue así que con el dinero justo para mantenerse por tres meses, se lanzó al vacío. Renunció a sus cátedras universitarias, a un colegio donde daba clases y con su mascota Bree pegada a él encima de un sillón, comenzó a crear su negocio en una agenda.

“Tenía algo de dinero extra que invertí en una página web. Y hasta ahí mi inversión. Ilse Sirvent, una amiga, me hizo un diseño web que respondía más a su cariño que a mi realidad como coach. Recuerdo que hasta la ropa era un desafío porque fuera de los jeans contaba solo con un pantalón de vestir de lana que me ponía en pleno enero para proyectar una imagen más formal y me bajaba de los colectivos en las estaciones de servicio para secarme el sudor y entrar luego a buscar trabajo”, relata.

Sin embargo, todo cambió gracias a la web. Una mañana recibió una llamada desde Costa Rica donde le decían que habían visto un perfil creativo en su oferta profesional y que lo invitaban con los gastos pagos a Congente, uno de los congresos de recursos humanos más importantes de Centroamérica y el Caribe. “Y hacia allí me fui muerto de miedo. Mi taller tuvo apenas nueve inscriptos pero algo pasó y al día siguiente me pidieron que lo repitiera. Me encontré con más de cien participantes y desde entonces comencé a viajar regularmente a Centroamérica. Casi nadie me conocía en Paraguay”, recuerda.

Esa experiencia le dio confianza interna y comenzó a desarrollar un estilo propio de hacer coaching y talleres que incluía arte, experiencias creativas atípicas para la época en donde la tendencia eran las propuestas más formales. El emprendimiento creció hasta convertirse en consultora y pasó más de una década. “Desde Paraguay llegamos a trece países de América incluso hasta España. Habilitamos una escuela de formación de coaching en Panamá y de esa manera hice de esta, una profesión que me dio sustento y mucha pero mucha vida”, señala.

Coach boutique

Cuando Javier Barbero cumplió cincuenta años, en diciembre de 2017, hubo un quiebre. Tenía algunas inquietudes que necesitaba aterrizar. De viaje en el desierto de Marruecos se dio cuenta que no sentía la misma pasión por el emprendimiento. “No era lógico. Había muchos años de esfuerzo e inversión, tenía un equipo maravilloso de personas a mi lado, clientes fidelizados, crecimiento en todos los aspectos. Acababa de realizar en Asunción una fiesta preciosa por los diez años de la empresa. Y, sin embargo, me sentía incapaz de seguir con ese 'plan' hacia el futuro”, narra.

En esa experiencia entendió que debía hacer algo al respecto: “Tenía al menos tres posibilidades ante semejante revelación. Una de ellas era quedarme en lo seguro pero sin corazón. La otra era enojarme conmigo mismo por la aridez que sentía por dentro y encontrar culpables para ser una buena víctima. Y la tercera, era agradecer con el corazón abierto la etapa de la empresa y cerrar un ciclo para abrir otro”. Optó por la última opción y por eso mutó hacia un formato profesional distinto, con un servicio de coach boutique, “donde me siento cómodo para seguir desplegando mi dones desde una etapa más madura”, afirma.

El coaching boutique es un servicio exclusivo para pocos clientes que eleva los estándares de calidad porque menos es más. Es como ser un socio estratégico, en el que además del foco principal en el trabajo técnico, está la creación de vínculos. El de vivir cada desafío del cliente como propio.

“Jamás ofrezco productos enlatados porque cada trabajo es de filigrana. Se cocrea con el cliente. Es en algún sentido una obra de arte. Una de las premisas del servicio boutique es que el cliente sabe que está en manos de un experto con trayectoria. Allí está su valor, porque se ofrece experiencia con un vínculo de absoluta confianza”, indica.

Y reflexiona: “La vida ha sido muy generosa conmigo. He vivido amores, enfermedad, pérdidas, oportunidades que nunca soñé, aspectos que siempre anhelé me han sido negados. Todo esa humanidad también hace al trabajo de un coach. La vida vivida es necesaria para pararse a trabajar frente a la grandeza de otro ser humano . La vida es la mejor coach. Ella nos invita todo el tiempo a reinventar un sentido para seguir. Ella nos hace preguntas y cuando tenemos las respuestas nos cambia la pregunta. Yo no creo poder hacer coaching sin la vida sentada a mi lado”.

Bree, la socia de su marca personal

Javier Barbero es comunicador social con especialidad en Psicología. Se formó en coaching Ontológico, Sistémico y Ejecutivo. Es constelador organizacional y se ha formado en “Reconstructivas para el trabajo con traumas organizacionales”. También es consultor sistémico para empresas familiares. Escribe un libro y se encuentra desarrollando una formación en coaching para profesionales que trabajan con VIH/sida.

Bree es su mascota y junto a quien Javier comenzó a soñar su emprendimiento. “Creo justo decir que ella es mi socia estratégica. Somos co-fundadores de la marca Javier Barbero”, detalla emocionado.

Cuando tuvieron un espacio propio, Bree se integró al equipo y gracias a ella se convirtieron en una empresa pet friendly. Además, ella siempre fue fotografiada a su lado en sus más de 10 años de trayectoria. “Cada vez que escuchaba los aplausos del final de un taller, se aparecía para posar en las fotos o bien, entraba a las salas para sentarse al lado de los coaches que trabajaban con los clientes”, recuerda.

Hay muchas anécdotas ligadas a ella. Hace poco, Javier y Bree estaban paseando por la Costanera de Asunción cuando una señora cruzó la avenida gritando su nombre. Se quitó una selfie y al despedirse le dijo: 'Cuando lo vea a Javier, dígale que su mascota es hermosa'.

Ahora viven en el campo, en Nueva Colombia, y ella está entrando en su fase de abuela. “Es una gran compañera”, recalca Javier.