Por Esteban Aguirre

@mandibulapy

“Mañana deberíamos ser quienes somos hoy”, me dice un amigo mientras observamos como el Atlántico se convierte en favela, una narrativa visual que solo Río de Janeiro puede regalarte. Algo así como la libertad de la línea del horizonte colisionando con la prisión de pobreza y narcotráfico, y bailando al son de la samba y la alegría del turismo embriagado con dos o tres caipirinhas y uma “orishinau”, para “rempujar”.

“En este viaje de 20 años me doy cuenta que ya no tenemos 20”, grita otro ex compañero de colegio. El motivo del viaje es celebrar que hace 20 años nos tocó adolecer nuestra adolescencia juntos. Dos décadas después, de a poco, la obligación y la cortesía van perdiendo sentido mientras se convierten en familiaridad, luego de 20 años de extrañar ese día a día al que llamamos compañerismo. Es entonces cuando la afamada orilla llamada Copacabana alberga el momento en que se desdibuja la idea de quiénes éramos, ante la realidad de quienes somos.

Me río en Río de quien busco ser y segundos después me regalo un momento de tregua al ver una bandeja de frango á passarinho llegar, acompañada de una manija de chopp del tipo “sorvechi”. A su vez, Manoel & Juaquim, bar e botequim me regala una lección: a veces, eructar frente al mar te hace regresar a ese tiempo en que los modales te decían que estaba “nomás luego” todo bien, y que a cada tanto, transitar con tus amigos del pasado tiene la sorpresita de hacerte volver a ese bendito momento de felicidad ininterrumpida: la infancia.

El viaje estuvo cargado de memorables instantes en los que el paladar apretaba REC. Un sushi de congrio viene a mi mente, un sublime feijao en el mismo recinto en donde Vinicius de Moraes escribió Garota de Ipanema y, por supuesto, la frase “¡Gordo! ¡Ahí viene un vendedor de burger vegano”, que alguien me dirigió dejándome estereotipado ante los ojos de un compañero que no veía hace tiempo. No probé dicha hamburguesa, pero la anécdota me dejó más que satisfecho. Los tiempos de comer solo milho quente y camarão palito estaban ya en el pasado de esta ciudad que en su día a día hace que árboles y agua salada convivan en paz. Hasta traje una hoja de un árbol que encontré en el medio de una ola. Hasta traje el apetito de volver por más.

Viajar es movimiento, es entender con el cuerpo que perderse es un lujo de la mente propia y que somos la suma de nuestros ayeres que nos trajeron hasta este hoy. Un hoy donde podemos estar presentes o ausentes, buscando el mañana o atascados en el pasado.

“O yo estoy muy out o vos ya estás demasiado in”, me decía la Marroquí, una autodenominada terrorista ofendida que conocí en este viaje. Su búsqueda existencial era como escuchar a un turista paraguayo tener un ataque de pánico en pleno paseo. Lo interesante de su narrativa es que la Marroquí no cargaba de mala onda su cuestionamiento, sino de una especie de retórica pensada en voz alta en donde se daba instrucciones a ella misma. Sonaba algo así: “Y así siempre yo me repito, te estás olvidando de disfrutar Marroquí, te estás olvidando de disfrutar”; “Que nadie interrumpa tu ahora Marroquí, ahora es ahora”.

Escuchar a la Marroquí hablar consigo misma me daba la certeza de que los oídos siguen siendo el mejor conversador que he conocido. Y qué difícil es encontrar a quienes nos escuchen libres de prejuicio, entregados a la historia de lo que somos.

Siento que cuando la duda empieza a instalarse es hora de volver a mover el esqueleto. O en las palabras de Fabio (vendedor ambulante de esos silbatos que suenan a carnaval y entusiasta de la banda Tribalistas): “U Gordu, me escute. Eu sou de ninguém, eu sou de todo mundo e todo mundo é meu também.”

¡Salú!