Texto: Jazmín Ruiz Díaz

Llegamos a diciembre e, inevitablemente, empezamos a poner en la balanza el año que se termina. Revisamos las metas del año anterior y nos damos cuenta que, por algún motivo, pretendíamos lograr en 365 días lo que no alcanzamos en una vida. La lista suele ser tan cliché como absurda: bajar 10 kilos, vivir un gran amor, viajar por el mundo, ahorrar, cambiar de auto, tener un ascenso estrepitoso, renunciar para iniciar el emprendimiento desde siempre postergado, tirarse de un paracaídas.

Por supuesto, después de revisar esas metas desafiantes hasta para la Mujer Maravilla, es inevitable sentir una mezcla de culpa y frustración cuando notamos que la panza de la que queríamos despedirnos sigue ahí, así como las deudas de tarjeta de crédito y el trabajo de oficina; mientras, en el cajón quedan guardados los proyectos para desarrollar una app que cambie el mundo, las guías de viaje a destinos exóticos y la copia de esa comedia romántica que esperábamos compartir con un galán misterioso.

Tenemos el chip de que tenemos que contar éxitos y no fracasos, de que tenemos que sentirnos queridos, felices, plenos. Pero la verdad es que esto nunca es así, al menos no en un ciento por ciento. Para mí, diciembre es un mes agridulce. Aun cuando haya tenido un año lleno de viajes, profesionalmente colmado de crecimiento o con guaraníes a favor en el balance económico (en mi caso, esto es lo más raro). Para ser honesta, a medida que el año se acerca a su fin, solo puedo pensar en los que no están, en los que van a faltar en la cena navideña, en los temas no resueltos, o en los dolores que me reservo para mi intimidad.

En diciembre, me siento triste, y está bien que sea así. Porque la vida no es un guion linear que solo admite un género; sino que la comedia, el drama y hasta el terror se van intercalando en los distintos capítulos que componen nuestra historia. Porque vivir en melancolía el último mes del año no resta que haya sido un año increíble, en el que sobraron los momentos para celebrar y que quiero llevar por siempre en la memoria, en el que conocí personas que dejaron enseñanzas y alegraron mi corazón, en el que fui a lugares donde nunca estuve antes y en el que viví experiencias que jamás me hubiera imaginado. Porque este año, como todos, aprendí, pero para eso también tuve que cometer errores estrepitosos, tuve que salir de mi zona de confort y en muchos casos eso me llevó a lastimarme, a salir con el corazón roto, a decepcionarme de mí misma para recomponerme y volver a empezar.

Sí, el 2018 fue un buen año, así que déjenme diciembre para extrañar. Y que el 2019 traiga sueños por cumplir pero también otros que no se logren. Porque de eso se trata la vida: de encontrar razones que nos animen cada año a volver a la batalla.