Los genes y el gusto por la música fueron razones claves para que se crearan bandas muy populares en el mundo. ¿Fue esta la esencia de su éxito?

Por: Micaela Cattáneo

En nuestro imaginario colectivo, los negocios familiares deberían ser el modelo empresarial ideal para alcanzar el éxito. Pero eso de que “la sangre no es agua”, al parecer, trae sus cosas buenas y malas. En la música, percatarse de esos extremos no es asunto que deba ser resuelto, necesariamente, por el FBI. A lo que voy es que lo poco que una banda trata a puertas cerradas, en cuestión de segundos, puede ventilarse y desentrañar otra realidad; una en la que nada es lo que parece.
Pensé esto al recordar el MTV Unplugged de Oasis, en 1996. En esa época, los Gallagher eran el tema del momento. De hecho, lo venían siendo desde principios de los 90. Por su rock magistral, sí. Pero por sus idas y vueltas, su relación fraternal tormentosa y sus papelones en público, también. Un caos único en el mundo, tan original como confuso, del que sólo ellos podían entrar y salir.
Liam y Noel me recuerdan a mi hermana y a mí de niñas, jugando a lo que sea que hubiese en casa. La intención lúdica inicial, casi siempre, acababa con un final inesperado: peleas absurdas, estirones de cabello o pinchazos (esos sí que dolían). Pero todo este lío no superaba la hora y media, intervalo en el que ya nos habíamos olvidado de lo que pasó y, nuevamente, nos encontrábamos armando casas, rompiendo juguetes o vistiendo muñecas.
Por eso, ellos, me recuerdan a nosotras. Sus personalidades eran un deporte extremo para la industria. Un día podía estar todo mal, no había amor a la música que los pudiera volver a conectar. Pero había otros donde, aunque no precisamente todo era color de rosa, podían subir al escenario y entenderse como si nada hubiese pasado. Su vínculo era un sube y baja que, a cada tanto, traía sorpresas. Como aquella que —en parte— inmortalizó aquel MTV Unplugged de 1996. Y es que Liam, esa vez, no cantó. ¿Cómo que el vocalista de la banda más importante del momento no subió al escenario del show acústico más famoso de la televisión? Noel, quien tomó la posta de aquella presentación, aclaró: “Él no estará hoy con nosotros porque tiene la garganta irritada”.
Para asombro de todos, el menor de los Gallagher estaba sentado en el palco tomando una cerveza, interrumpiendo a su hermano en contadas ocasiones y haciendo de las suyas, casi al final del concierto, en su afán de no perder protagonismo. Se rumorea que, aquel día, ambos pelearon en camarines (como de costumbre), pero que el motivo que llevó a Noel a tocar sólo fue el descontento o miedo de Liam a desarrollar un acústico con el peso de una resaca encima. ¿Será verdad?
Lo cierto es que Oasis, hasta ahora, sigue siendo el ejemplo vivo, la respuesta automática, la reacción contemporánea a una duda existencial no resuelta: ¿El ADN influye en la evolución de un grupo de rock? En otras palabras, ¿“música y familia” es una fórmula que funciona?
Teoría y práctica
La conflictiva relación de los Gallagher no opacó la calidad musical de los álbumes de Oasis. Y aunque luego cada uno siguió su camino, continuaron sonando fuerte en las radios. Si bien la carrera de los hermanos merece un capítulo aparte, es importante analizar el historial de otras bandas a las que también los unió algo más que sólo la pasión por la música.
En los sesenta, por ejemplo, el apellido Gibb no pasó desapercibido. Y es que Barry, Robin y Maurice, estos dos últimos gemelos, eran palabra mayor en cuestiones de música disco y rock bailable, aun con la beatlemanía en auge. El despertar del talento de los tres hermanos, en parte, fue obra de su padre, Hugh Gibb, quien fuera baterista de un grupo que tocaba en la movida nocturna del norte de Inglaterra.

Los Bee Gees son fruto de una época musical de oro, así como de la publicidad de boca en boca y de las actuaciones en vivo en festivales. Sin embargo, luego de una década de búsquedas para posicionarse como los números uno, el status quo se hacía inminente. Durante casi dos años, el trío Gibb paró. No fue hasta mediados de los 70, cuando volvieron con un as bajo la manga: la banda sonora del musical Saturday night fever.

Desde entonces, nunca dejaron de moverse al ritmo de sus canciones. A veces como solistas, otras, haciéndose compañía. Y es que ni en los momentos más difíciles, como la muerte de Andy —su hermano menor— a quien sumaron al grupo a finales de los 80, dejaron de crear. Su herencia de cuna, la música, los mantuvo unidos y fuertes hasta en sus últimos días.

En ese sentido, los Jackson Five no corrieron con la misma suerte. Sí tuvieron una historia similar a los Bee Gees: padre músico, actuaciones en concursos y presentaciones en televisión para hacerse conocer, sonidos joviales con los que destacarse y algunas que otras malas decisiones por el camino.

El grupo de los cinco hermanos Jackson (Jackie, Tito, Jermanie, Marlon y Michael) fue construyéndose, en principio, como un rompecabezas. La primera pieza de aquel juego apareció con una acción rebelde por parte de los más grandes, quienes tomaron a escondidas la guitarra de su padre para probar suerte en alguna emisora de radio de Gary, Indiana (E.E.U.U.), donde vivían.
Los más pequeños, Marlon y Michael —al que ya llamaban niño prodigio por sus dotes en el baile—, se sumaron años después, no sin antes haber pasado por una prueba: la de guardar el secreto de sus hermanos mayores. Fue la complicidad la que los inició en la industria y la que los mantuvo por más tiempo del que imaginaron.
The Jackson Five, quizás, fue el empujón, el ambiente de confianza que Michael Jackson necesitaba para lanzarse en clavado al agua y emerger de la mejor forma posible: siendo el artista pop más completo del mundo. Y aunque la estadía del grupo en la industria no fue suficiente como para que pudiesen demostrar todo el potencial que tenían, supieron ganarse su lugar en el público y regresar sólo cuando la música los volviera a hacer uno.

Esa sincronización también se vio en los 60 con The Beach Boys. Y es que hablar del verano y los amores es mucho más divertido cuando todo queda en familia. Los hermanos Wilson (Brian, Carl y Dennis) fueron profesionales en el tema, durante esa década. Pero decidieron darle un toque de picardía a toda esa magia contada tras bambalinas: el surf rock.

Los problemas de salud de los miembros de la banda trastabillaron en varias oportunidades el norte del grupo. The Beach Boys también hizo una carrera de resistencia, porque de eso se trataba: hacer música que trascienda, aunque todo alrededor se desvanezca.
Entre avatares, la banda fue apagándose comercialmente hacia finales de los 80 y principios de los 90, en parte por la muerte de dos de sus integrantes. Pero históricamente nunca perdieron fuerza, porque sus canciones, de alguna forma, van a seguir simbolizando ese espacio personal en el que se da una charla de hermanos; ese formato que convierte a la afinidad en música que no se olvida.