Por: Javier Barbero

Un consejo (del latín consilium) es el parecer o la opinión que se emite o se recibe para hacer, o no, algo.

El consejo es un juicio, la creencia o la consulta referida a una acción o un hecho. Por ejemplo: “Quiero saber si me voy o no de viaje y necesito tu consejo”, “El consejo que me diste me salvó la vida”, “¿Para qué me pedís que te aconseje si después hacés lo que querés?”

Si bien el consejo es un recurso que casi todos los seres humanos usamos, con mayor o menor satisfacción al respecto, mi propósito en esta columna del domingo es mirar algunas distinciones sobre este fenómeno comunicacional.

Cuando emitimos un consejo lo hacemos —de manera indudable— desde nuestra propia experiencia o perspectiva. Técnicamente, según decimos desde el coaching ontológico, lo emitimos desde el particular tipo de observador que somos. Esto significa que ese consejo o esa sugerencia no es una verdad pura; implica que a nosotros, lo que aconsejamos nos pudo haber funcionado, aunque esto no le convierte en una afirmación de validez irrefutable.

Finalmente, aconsejar es guiar. Pero el camino de quien guía ya está condicionado perceptualmente por las distinciones que esa guía tiene, por sus aprendizajes y experiencias. O sea que si en un bosque nos guía un botánico no será lo mismo que si trata de guiarnos un artista. Uno de los observadores del camino habrá sabido guiarse por la naturaleza, el otro por las imágenes que le disparó su imaginación ante determinados estímulos.

En la vida sencilla de todos, es lo mismo. Si en una relación de amor a mí me sirvió esto o aquello y luego lo aconsejo, puede que eso a simple vista sea atractivo a los ojos de quien lo recibe como guía. Pero puede que ocurra también que el aconsejado termine haciendo lo que quiere desde su propia voz interior.

Los consejos, si no son presentados en primera persona del singular pueden ser vividos como verdades. Y nunca la experiencia de un ajeno es una verdad. Puede ser una guía, una orientación, una perspectiva… más en el fondo casi siempre terminamos decidiendo por nosotros mismos y esa es una responsabilidad de la que no podemos escapar, aunque más no sea decidir si seguir a rajatabla el consejo ajeno. Nunca podremos escapar de nuestra autonomía al momento de optar.