Por: Javier Barbero

El paso del tiempo es un hecho que no podemos detener. Es un hecho fáctico, como decimos en coaching ontológico. Significa que nos guste o no, lo queramos aceptar o no, más allá de disentir o estar de acuerdo, el tiempo transcurrirá. Estamos atrapados en esta construcción.

Y a su paso, el tiempo deja huellas que podemos ver por todos lados: en las hojas que se caen de los árboles, secas y amarillas; en las líneas de expresión del rostro, que tienden a acentuarse; o en nuestro hijo que ayer era un mocoso y hoy se nos ha vuelto un adolescente en el ejercicio de su autonomía.

Los seres humanos solemos tener “un tema” con el tiempo. Esto nos sucede porque no nos damos cuenta que ocurre y cuando lo percibimos ya sencillamente se “nos pasó”; o porque estamos acostumbrados a la publicidad que dice que podemos detenerlo; o porque no somos educados en la importancia de actualizarnos en nuestras relaciones, en las personas que somos y en las parejas o vínculos que vamos teniendo.

Yo, a mi pareja, ya le conozco”, decimos. “Con mi mamá ya sé qué hacer porque por algo soy su hijo”, o bien: “Yo sé muy bien cómo soy porque así soy y me conozco demasiado bien”.

Estas sentencias en algún sentido son ciertas, porque todos tenemos una imagen mental formada sobre la persona que somos y sobre las personas con las que solemos relacionarnos. Aunque también es cierto que un ser humano es un fenómeno complejo y dinámico, y que por lo general con el tiempo “ser quienes éramos”, se nos vuelve difícil. Y eso natural. Porque todo lo vivo evoluciona y se transforma. Porque nadie “es” de una manera absolutamente rígida ya que de esta forma no lograría sobrevivir.

Por eso, desde el coaching, las relaciones se pueden mirar como sistemas vivos que requieren de conversaciones que nos permitan actualizar los mapas rígidos con los que solemos movernos, de manera regular.

Cuando nos reducimos a un mapa mental del “yo soy así” podemos quedar muy vulnerables ante una circunstancia que nos pide una conducta distinta para tener capacidad de respuesta. O bien, no tener la capacidad de acompañar a una persona que nos importa, pero que por la razón que sea, comienza a ser diferente o distinta.

El tiempo pasa. Es un hecho. Y ese transcurrir puede ser una enorme frustración si no le damos un lugar a la flexibilidad y a los cambios.