El artista paraguayo que reside en Bolivia desde hace 20 años, cuenta historias a través de la fotografía, la escultura, el video, la performance y el cine, bajo una mirada artística alternativa que nunca se detiene.
Por: Micaela Cattáneo
Fotografía: Javier Valdez
Producción: Juan Ángel Monzón
Un video que muestra a una lavandera rememorando, al son del agua que corre, la masacre de Acosta Ñu; una fotografía que imprime a soldados bolivianos sobre una tela de algodón, donde sobresalen corazones de ñandutí aplicados por bordadoras paraguayas; una escultura que une banderas deshiladas de Bolivia y Paraguay en un ovillo, y una performance que proyecta un cuerpo desnudo dentro de una cápsula de látex —en forma de corazón—, flotando a la deriva por el lago Titicaca.
Estas escenas pertenecen a Joaquín Sánchez, el artista paraguayo multidisciplinario que, hace aproximadamente 20 años, reside y trabaja en La Paz, Bolivia. Nació en Barrero Grande, Cordillera; lugar al que viaja siempre que le preguntan dónde descubrió su amor por el arte. “De niño, acompañaba a mi abuelo con su cine ambulante. Íbamos a los pueblos del Chaco o de Cordillera para proyectar películas en una sábana gigantezca. De alguna forma, todas esas imágenes que veía han sido impactantes para mí”, cuenta, mientras disfruta de una taza de café.
En los relatos de Joaquín (al menos en los que están relacionados al arte) la figura de su abuelo aparece constantemente. “Él también tenía una carpintería, una de las más grandes de la región. Recuerdo que me encantaba ver todos los repuestos. De hecho, en una oportunidad, él viajó a Asunción, y a su vuelta vio que había creado mi primera instalación: colgué elementos, pinté, entre otras cosas. Y me dijo: “esto es una obra de arte, pero no es tan práctica o útil”. Sus palabras me ayudaron a entender que tenía que buscar algo más allá de lo estético”.
En retrospectiva, reflexiona que su infancia en Barrero influyó, mucho más de lo que hubiera imaginado, en su elección por expresarse a través del arte. “A los cuatro años, me resbalé y caí a un pozo; luego de que unas señoras estuvieran lavando ropa cerca de él. En esa imagen trágica —pese a que el pozo no era tan profundo— he visto los colores y he escuchado los sonidos más hermosos que jamás haya visto”, rememora el artista.
La respuesta a su exploración de diversas formas artísticas, visuales y audiovisuales, la encuentra en aquel suceso. Aunque la búsqueda haya llegado años después. “A los 18 años fui a estudiar a Buenos Aires. Aprendí sobre fotografía, moda, historia del arte, puesta en escena, etc. Era inevitable acordarme de lo que mi abuelo me decía: “El arte no tiene que ver sólo con lo formal o lo técnico, porque hay algo más que sostiene todo eso”. Por eso estudié de todo, porque intentaba descubrir lo intangible dentro de lo tangible del arte”, explica.
Volvió a Asunción, aunque no por mucho tiempo. Durante un año, se desempeñó como productor de la revista Vida, del diario Última Hora, donde desarrolló arte conceptual. “En ese entonces, como no había mucho acceso a Internet, investigábamos más para las producciones. La idea era crear fotografías desde una mirada artística”, comenta. Al poco tiempo, su curiosidad por conocer otra cultura lo aventuró por Bolivia, país del que, también, se nutrió para construir obras.
“Bolivia siempre llamó mi atención porque es un país que está cerca pero que, a la vez, está muy lejos. Ahí he entendido mucho de mi ser guaraní, de mi ser paraguayo. Pienso que ambos comparten el corazón de América del Sur. Cuando fui por primera vez, sentí mucha conexión con su cultura; una cultura que aún mantiene viva sus 35 comunidades indígenas”, analiza. De hecho, en sus obras, ha incluido elementos históricos de ambos países, experiencia que nace de un punto en común: El Chaco.
Lo popular e indígena es contemporáneo
La investigación fue parte fundamental en esa búsqueda por “ir más allá de la técnica”. Un estudio minucioso de sus piezas artísticas demuestra que siempre fue a contracorriente. Él asegura que, antes de crear, intentaba reunir todos los datos que la historia oficial no ha recogido. En otras palabras, lo alternativo. “Trabajando con los guaraníes del Chaco boliviano encontré la espiritualidad del arte. El conocimiento indígena y popular me dio otras posibilidades, otros saberes de los cuales agarrarme”, menciona.
Su inmersión en las comunidades indígenas tiene un punto de partida. “Para mí es muy importante la relación que tiene el ser humano con la naturaleza. Siento, muchas veces, que vivo en una dualidad constante: una parte de mí quiere vivir en las grandes ciudades y, la otra, “en una hoja”, en la zona más rural. A partir de estas dos realidades es que puedo entender que lo popular e indígena es contemporáneo. No es antiguo ni menos relevante, es una sola cosa”, señala. Y continúa: “Por eso siempre digo que hay tiempos y no sólo un tiempo; mundos y no sólo un mundo”.
Al renombrar o redibujar las realidades que observa, Joaquín halla esa utilidad de la que su abuelo hablaba. “Ahí aparecen todas las denuncias que necesitamos decir al mundo, la forma en la que hoy enfrentamos la naturaleza, los problemas de género que existen. Si nosotros, como artistas, no hablamos de eso, el arte no sirve para nada”, piensa y trae a su memoria una anécdota: “Yo siempre quise ir al lado amazónico de Bolivia, pero nunca pude ir porque casi siempre estaba inundado. Desde hace tiempo, le venía estudiando a una comunidad de esta zona, llamada Pacahuara. Este pueblo decidió dejar de reproducirse y en el 2012 ha muerto la última indígena de esta comunidad. Fue muy fuerte para mí, hice una obra a partir del hecho. Y es ahí donde digo que no puedo ser indiferente con lo que me pertenece”.
Esta comprometida búsqueda ha sido retratada por la escritora, crítica de arte y editora Adriana Almada en Joaquín Sánchez, El Narrador. En el libro —recientemente lanzado en Asunción— Almada recorre el proceso creativo de Joaquín, abordando temas como el espacio del viaje, la memoria, la transterritorialidad, la tensión intercultural, la escritura y las microhistorias. “El texto expone todo mi cuerpo de obra, hasta lo último que he hecho. Para mí es un paso importante porque no representa un cierre, sino el inicio de otra etapa en mi carrera”, resalta Joaquín.
Y sobre la edición de la autora, agrega: “Adriana propone una historia con esferas y tiempos circulares, no lineal, y eso me gusta. Agrupa temas, formas, pensamientos y momentos. Hace una lectura aguda y poética de mis obras. Y es justo lo que necesitaba: ver cómo se fueron conectando unas con otras”.
El cine: una vuelta a sus raíces
El trabajo en comunidad al cual aspira se hace visible en su fundación. “Cinenómada para las Artes es un espacio donde compartimos nuestros conocimientos, donde acompañamos la creación de proyectos artísticos y donde reflexionamos sobre lo que hacemos o vemos. Funciona como una escuela alternativa, ya que en Bolivia hay pocos lugares para formarse artísticamente”, declara.
Joaquín Sánchez es fiel a su lenguaje multidisciplinario, pero el formato audiovisual le ha enseñado que, hasta en las piezas estáticas, hay movimiento. “Me refiero a que todo el proceso de investigación y de creación de una obra es una película. Desde cómo una fotografía puede convertirse en una escultura hasta como el contexto de una pieza escultórica puede provocar giros. No siempre una imagen en movimiento es mi punto de partida, quizás lo es una materia en movimiento, como el ñandutí. Y es en ese diálogo con la tejedora; en ese espacio de creación en conjunto donde encuentro mi arte”, concluye.
Prendas: Fauvè Gaubbè.
Agradecimiento: World Trade Center Asunción.