Descubrimos por qué el aviturismo es una de las actividades más populares en el mundo y te lo contamos en esta crónica que recorre tres de los mejores sitios de Sapucai donde practicarla. ¿Qué hay de atractivo en la observación de aves?

Por: Micaela Cattáneo
Fotos: Christian Meza
Lo poco que conocía sobre observación de aves lo había aprendido en una visita al Parque de las Aves, en Foz de Iguazú, Brasil. De hecho, recordaba algunas especies vistas gracias a aquellos clásicos viajes a granjas y zoológicos que se suelen hacer durante la primaria. Pero en todas estas experiencias, el común denominador siempre era el mismo: las veía encerradas en una jaula o en un terreno cercado, y no en su hábitat natural.

Frente a escalar un cerro, visitar un salto o elegir un destino con playa, el avistamiento de aves, al parecer, quedaría siempre como última opción. Pero (sí, siempre hay un "pero") lo cierto es que es posible optar por las primeras tres actividades y, a la vez, hacer la última. Ahora bien, sí hay lugares que se dedican, exclusivamente, a este tipo de turismo; ya que hay quienes -en el mundo- lo adoptan como un estilo de vida.

En Paraguay, dos de los sitios preferidos para practicar aviturismo son la Reserva del Bosque Mbaracayú (Canindeyú) y el Área de Reserva para Parque Nacional San Rafael (Itapúa – Caazapá). Sin embargo, los que buscan ver la mayor cantidad de aves posible, ni siquiera deben ir muy lejos, porque Asunción es la segunda capital -después de Singapur- con más especies en el mundo. Se registran alrededor de 355, las cuales comprenden el 49% de las más de 700 que hay en el país.

Un recorrido por la Bahía de Asunción y el Jardín Botánico basta para aventurarse por la avifauna de Paraguay. De todas formas, hay destinos en el interior del país que posicionan a la actividad como un atractivo turístico. Y de hecho lo es. Porque no se trata solamente de ir a "mirar pajaritos", sino de explorar la diversidad existente, las características de los paisajes que frecuentan, los hábitos de cada ave y el sinfín de curiosidades que genera una de las prácticas más populares del mundo.

Sapucai: 52 especies en un día

Curiosamente, el sábado escogido para ir a observar aves amaneció sin lluvia. Al parecer, el mal clima quedó en el historial de octubre y, noviembre apunta a mostrar su mejor cielo, cada fin de semana. "Traje dos binoculares", me dijo Rebeca Irala, la aviturista y tesista de Ingeniería Ambiental en la UNA (Universidad Nacional de Asunción) que guió mi expedición por tres de sus lugares favoritos para la observación, en Sapucai (Paraguarí).

La conocida estación de tren del distrito fue la referencia que tomamos para hacer la primera parada de esta aviventura (término inventado después del viaje): la Posada Arroyo Porá. Eran alrededor de las nueve de la mañana y las aves aún se mostraban un poco tímidas ante nuestra presencia. Y es que el mejor horario para observarlas es entre las seis y las ocho am, ya que vuelan de aquí para allá. A medida que llega el turno pm, se esconden para continuar con sus actividades.

"La observación de aves requiere de mucha paciencia, por eso es considerada como una práctica anti-estrés", comentó Rebeca, y me dispuse a guardar lo que cargaba en las manos y los hombros. Mientras dirigía la mirada hacia mis cosas, una Monjita blanca iba saltando por las columnas de madera de una cerca, como si estuviera jugando rayuela. "Está cazando insectos", me explicó, adelantándose a mi pregunta.

Una Tortolita escamosa interrumpió esa escena, celosa de no ser la protagonista. De fondo, el canto lejano de un Hornero musicalizó su aparición. Divisarla fue fácil, pero encontrarla con los binoculares resultó toda una odisea entre tantos árboles y ramas. En esto de la observación, la frustración aparece por momentos, sobre todo cuando las aves vuelan sin permiso después de tanto buscarlas detrás de los lentes. "Te vas a acostumbrar. Sólo es paciencia", repitió la experta.

El cuadro se completó con unos Carpinteros campestres que sobrevolaron a tan sólo unos pasos de donde estábamos. En un rápido zoom, fue posible visualizar sus cabecitas amarillas. Sin embargo, son de esas especies que no dan tantas vueltas para ser identificadas; vuelan bajo, en forma de "u", como diciendo "aquí estamos, no le daremos trabajo a tu cuello".

La posada lleva ese nombre porque en el terreno en que se encuentra pasa parte del Arroyo Porá, que orgulloso muestra su mejor panorama, bien acompañado siempre del sonido natural del agua. Cruzamos una fila de tablones ubicada sobre el recurso hídrico, en busca de otro paisaje concurrido por las aves. Esta vez, no tardaron. En cuestión de segundos, una Yeruti pisó unas ramas y voló en un abrir y cerrar de ojos. Quería llamar la atención.

La caminata se extendió y, entre idas y vueltas, pasaron a saludar algunas Piriritas, Chiripepes, Choguys, Picaflores y Zafiros. También algún que otro Cardenal desde su nido. Tomarles fotografías es siempre un desafío interesante, sobre todo porque se debe aguardar en la misma posición, inmóvil. Muchas veces durante horas.
Hay quienes imitan sus cantos para que las aves salgan. "Se llama playback. Es una práctica que se discute mucho, por lo ético", explicó Irala.
Una banda sonora singular

El siguiente punto turístico para la observación de aves nos estaba esperando. Lugo de emprender camino, la Posada Tape Bolí, nos indicó que habíamos llegado al segundo destino. El camino construido por los prisioneros bolivianos durante la Guerra del Chaco, hoy está cubierto -en su mayoría- por un empedrado que borró gran parte del bosque que cubría al Cerro Rokê. Sin embargo, teniendo a la posada como punto de partida, aún puede verse un camino de tierra, piedras y árboles, que conecta con ese hecho histórico.

Mientras subíamos, una mariposa azul nos dio la bienvenida. Elegimos un rincón de aquella vía y nos dejamos guiar por la onomatopeya de las aves que habitan el lugar. Enseguida, un Pitogue manifestó su alegría de vernos. Pero ya casi era mediodía, por lo que fueron muy pocas las especies que se dejaron ver.

De regreso al punto de salida, nos cruzamos con las burreritas de la zona, mujeres que todos los días hacen ese recorrido para vender sus mercaderías en el centro del pueblo. En ese pintoresco retrato, nos devolvió la esperanza un Surucua escondido entre las ramas de un árbol. Sus ojos saltones amarillos no nos intimidaron y hasta nos regaló una pose para la foto. "¡Qué manera de conquistar turistas!", pensé.

La vuelta aún no acababa y la aparición de una vaca en medio del camino, nos sumergió a otra aventura: ¿Cruzar o no? Al parecer, sólo nos estaba jugando una broma, porque a medida que nos acercábamos, nos cedía el paso muy amablemente. Y es que percibió que la tercera y última parada para observar aves en Sapucai, nos esperaba ansiosa.

El acceso al siguiente punto turístico proyectaba la tradicional escenografía de una casa en el interior del país: una familia almorzando en el patio, entre gallinas que van de un lado a otro. Al fondo, la puerta que nos llevaría al terreno deseado: la Reserva del Bosque Yvyraty.

Alcanzamos a recorrer 200 metros; ya que seguimos el camino abierto por las vacas del lugar. Y fue ahí que descubrimos la naciente del Arroyo Porá; mientras un Chochĩ se autoproclamaba banda sonora del aquel capítulo que casi llegaba a su fin. Rebeca, la guía, registró en su EBird -base de datos sobre distribución y abundancia de aves- las 52 especies que habíamos visto en las casi ocho horas de tour.

Comprendí que el aviturismo es como una caja de Pandora, está lleno de sorpresas (buenas), porque nunca sabés con qué especie te vas a encontrar.

Dejanos tu comentario