Luego de tantos años de explotación de piedras, el majestuoso Cerro Ñemby (ya ex-cantera) volvió con el potencial de convertirse en una gran atractivo turístico. ¿Por qué todos quieren ir a conocerlo?

Por: Micaela Cattáneo
Fotos: Fernando Riveros
Nuevamente, la publicidad de boca en boca despertó la curiosidad de los aventureros todoterreno que, ansiosos, buscaban conocer la nueva faceta del Cerro Ñemby. Y es que no tardaron en llegar las etiquetas, los arrobas y los chek-in desde este monumento natural, ubicado a poco menos de 20 kilómetros de Asunción. De la noche a la mañana, las redes sociales se encargaron de revivirlo; de contar su historia a través de fotografías y de recordarnos que había vuelto.
Regresó, pero con un panorama distinto al que mostraba a principios de los años 60. Durante un poco más de medio siglo, fue desapareciendo en un 80 % a causa de la extracción de piedra basáltica realizada por una empresa de la zona. Sus más de 250 metros de altura iniciales, hoy ya no están; sin embargo, motivado por la defensa de sus hectáreas promovida por los habitantes de la ciudad, busca contar su hazaña con los que quedan.
No pasaron ni diez días de la partida de un invierno con complejo de estación calurosa, para que el sol interrumpiera los aires frescos de la primavera y posara sus rayos sobre los protagonistas de alguna pintoresca y cotidiana escena. Y es que esta parece ser la escenografía permanente de una avenida que no se toma vacaciones en todo el año: Acceso Sur. La misma que dirige al equipo de la VOS hacia el destino nacional elegido para esta edición.
En medio del tráfico característico de una doble avenida, el semáforo en rojo no sólo constituye una señal de stop, sino el guiño que nos recuerda que un viaje sin música no puede ser considerado como tal. Una canción de Cultura Nativa al encender la radio, y la pasada entre los autos, de un hombre -de sombrero y pañuelo al cuello- vendiendo guampas de mate, completan la cotidiana escenografía. El semáforo cambia a verde y pronto nos encontramos en el último tramo del camino.
Pendientes de los letreros, hallamos -sin la ayuda de Maps- la calle 2 de Agosto, donde se gira para visualizar la entrada principal al Cerro Ñemby. “Se cuida auto y moto”, se escribe en los carteles de las casas que rodean al patrimonio y con estos, queda en evidencia el valor que representa la ex-cantera para el barrio; cuan suyo lo sienten los vecinos.
El acceso al cerro es desde las 06:00 hasta las 17:00 y, es totalmente gratuito. Eso sí, no se puede ingresar con vehículos, equipos de sonido y, mucho menos, con bebidas alcohólicas. La idea de la Municipalidad es convertirlo en un gran parque ecológico, pero por el momento, es un excelente plan de entre y fin de semana. La travesía por sus casi 70 hectáreas, recién empieza.
El recorrido
Es curiosa la cantidad de visitas que recibía un lunes el Cerro Ñemby, como si se tratara de un domingo o un feriado cualquiera. Y más sorprendente aún, como se incrementaban conforme pasaban las horas de la tarde, antes del cierre de sus puertas. Sus primeros cien metros no nos alejan del ruido de la ciudad, tampoco nos desconectan de la vida urbana, pero sí nos sumergen a un mundo desconocido, donde los paisajes toman forma de piedras y todo alrededor parece unificarse a un sólo color.
El camino que sigue ofrece una panorámica completa de los detalles que no se resisten a alguna que otra instantánea para el recuerdo: una laguna artificial que cubre parte del vacío que dejó la cantera (y a la cual está prohibida ingresar), un cúmulo de rocas enormes -a mitad del trayecto-, tan grandes que a medida que nos acercamos a ellas, quedamos pequeñitos y, una inmensa vista de toda la superficie (desde abajo, por supuesto).
Mientras el ruido de las piedras en el suelo, tras nuestras pisadas, interrumpían la calma del lugar, escuchamos el choque de una roca que caía desde arriba contra el agua. Y es que el eco se reproduce con mucha más fuerza, de una punta a otra, por tratarse de un sitio amplio y con gran altura.
El desafío llegó minutos después, cuando decidimos subir el cerro, bordeándolo, hasta alcanzar una de las cimas, desde donde se puede observar la ex-cantera en 360. De hecho, la llamamos cima en nuestro afán de colocar un nombre al punto donde queríamos llegar. Pero en realidad, durante la subida, es posible descubrir los paisajes del cerro desde otros espacios abiertos.
Por momentos, en los rincones de este montículo se forman escaleras de piedras que ponen a prueba el estado físico; mientras que, en otros, el suelo se vuelve plano y el ascenso -entre árboles semisecos-, es menos pesado. De todas formas, aunque no se trate del cerro más alto del país, los descansos en la sombra son necesarios y aprovechables para las rondas de tereré.
Las altas temperaturas de aquel lunes influyeron en que la escalada cueste más. Es por eso que equiparse con quepis y prendas frescas, no debería ser un dato menor. ¡No queremos ver cómo será en enero! En ocasionales rincones, se sienten brisas de viento que devuelven energía y empujan a disfrutar del recorrido, sin perderse de nada.
El descenso es mucho más tranquilo, sin tantos rodeos. Y no es casualidad escuchar los movimientos de algún que otro teju curioso, inquieto por conocer -desde lejos- a sus visitantes. A la salida, el guardia (sí, el cerro cuenta con varios personales de seguridad) nos comentó que la gente suele traer a sus mascotas para pasearlas y, a veces, hasta los ciclistas ingresan para aventurarse por las esquinas rocosas de toda el área.