Por: Javier Barbero

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Cuando un cliente comienza un proceso de coaching lo primero que le sugiero es que –si así lo desea- deje todas las etiquetas y roles fuera de la sala. Y aunque siempre escucho la manera en que se le ha rotulado, me centro internamente para que esos "juicios" no influyan en el trabajo.

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Todas las personas somos completamente creativas y llenas de recursos. Por eso, desde cualquier profesión que implique vincularnos para trabajar con seres humanos, es clave hacerlo desde esta certeza. Un ser humano es mucho más que un rótulo, incluso que un comportamiento.

La capacidad del ser humano de resiliencia es inmensurable y el poder mental que tenemos todavía está por demostrarse en su absoluta dimensión por la ciencia. Entonces, cuando etiquetamos, reducimos al otro de una manera espantosa.

A la hora de juzgar lo que nos molesta en los demás es muchas veces lo que de nosotros hay en ellos. Además, cuando dejamos de juzgar, criticar y culpabilizar, nos sentimos libres, ligeros y preparados para recrearnos en sentimientos positivos como la generosidad, el amor, la pasión, la creatividad.

A veces, los seres humanos nos dejamos llevar por nuestras emociones y juzgamos y etiquetamos sin reflexionar. Muchas veces, no somos conscientes del alcance del daño que podemos hacer.

Aunque es más eficaz y gratificante focalizarnos en lo positivo que en lo negativo,hay ocasiones en las que se vuelve necesario poner límites y la mejor forma de hacerlo es sin emitir juicios, sin etiquetar. Lo importante es describir la conducta lo más objetivamente que se pueda, reflejar el comportamiento y, sobre todo, no utilizar el verbo "ser", ya que este lleva implícito algo que está innato en la persona… y atacar a la persona es tocar su dignidad y su derecho a ser quién es más allá de nuestros juicios.

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