• POR EL DR. JOSÉ DUARTE PENAYO
  • Filósofo. Presidente de la ANEAES

Durante casi un mes, la selección para­guaya hizo que el país se mirara a sí mismo con orgullo, que encontrara una lengua común en medio de sus diferencias y que la Albirroja volviera a funcio­nar como una forma de per­tenencia nacional. En los estadios, en las calles, en las casas y en las redes, Para­guay apareció unido alre­dedor de una emoción com­partida, con esa intensidad popular que pocos aconte­cimientos pueden provocar.

Ese clima de reconoci­miento colectivo, cons­truido alrededor de una de las mejores caras del país, tuvo luego un reverso inesperado. La polémica abierta por las declaracio­nes de Celeste Amarilla sobre Kylian Mbappé des­plazó la atención y obligó a mirar otra forma, algo más incómoda, nuestra exposi­ción internacional.

Con el fin de abordar el hecho desde un punto de vista más descriptivo, la valoración moral puede quedar momentáneamente entre paréntesis, sin que eso implique carecer de una posición sobre la dignidad humana, en mi caso susten­tada en la verdad cristiana de la igualdad de todos los seres humanos ante Dios.

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Ahora bien, lo política­mente significativo es que sus palabras no quedaron encerradas en el registro habitual de la controver­sia local. Activaron reaccio­nes dentro y fuera del país, forzaron posicionamien­tos, abrieron discusiones sobre libertad de expresión, soberanía, jurisdicciones extranjeras y doble están­dar global, y consiguie­ron, en cuestión de horas, una interpelación que la oposición paraguaya hace tiempo no logra generar. Por lo tanto, reducir el epi­sodio a un escándalo más, del cual la dirigencia puede desmarcarse mediante un comunicado, solo añadiría otra lectura a las tantas que saturan medios y redes sociales. Resulta más pro­ductivo cambiar el ángulo y analizar el impacto político de este impensado enfren­tamiento entre un astro del fútbol mundial y una sena­dora del PLRA.

Desde una banca sin mayor incidencia hasta la fecha, la senadora Amarilla puso en marcha la operación que, para muchos, define a la política moderna, me refiero al acto de interpelar, de dirigirse a una audiencia de tal manera que se sienta aludida y obligada a pronun­ciarse.

Ese efecto, tan arduo de lograr como decisivo, dice mucho del estado actual del campo opositor. De una oposición se espera, jus­tamente, agudeza en ese género específico del men­saje político: la fuerza para generar impacto cuando ejerce la crítica, actúa como contrapeso o formula apuestas alternativas a las de cualquier oficialismo de turno.

La interpelación, que debe­ría fluir de manera natural en cualquier dirigente, es precisamente aquello que el conjunto opositor dejó de conseguir hace tiempo. Por el contrario, sus prin­cipales exponentes se limi­tan a emitir comunicados con tenaz vocación de bos­tezo y a repetir fórmulas tan previsibles como las notas musicales de un trillado jin­gle publicitario. La cose­cha cotidiana suele ser la indiferencia general de las amplias mayorías sociales.

En contrapartida, el efecto que Amarilla produjo fue el de una polarización intensa, más allá de su previsible olvido en el corto plazo, como suele suceder con los picos de intensidad segui­dos de su descenso en este tipo de eventos virales.

No obstante, queda el hecho de la repercusión mundial: la imagen de la senadora y sus ya célebres sentencias inundando los principales medios franceses y, repro­ducidas en varios idiomas, llegando también a la prensa mundial, sin dejar de men­cionar los fuegos cruza­dos en las redes y el consi­guiente festival de memes.

En esta escena, que parece imaginada por un narrador capaz de llevar una situa­ción ordinaria hacia el dis­parate con la naturalidad de un César Aira, la oposición se ve atrapada en una para­doja perfecta: todos corren a despegarse de la única figura que consiguió hacer ruido fuera del cementerio de sus comunicados.

Si algo hay que reconocer es que, en un fin de semana y por puro impulso, Celeste Amarilla reunió más aten­ción que la oposición entera, sin equipo de imagen ni especialistas en estrategias comunicacionales.

La ironía consiste en que la operación comunicacional más eficaz que ese sector produjo en mucho tiempo fue, justamente, la que nin­guno de sus estrategas pla­nificó. Cada dirigente opo­sitor que corre a marcar distancia certifica, con el mismo gesto, que ella logró ser escuchada, que su ini­ciativa discursiva conquistó esa atención tan esquiva en un mundo de dispersión cognitiva extrema.

La escena tiene algo de una involuntaria comedia de enredos, aunque con poten­tes efectos. En una oposi­ción dispersa hasta el des­concierto, la única figura capaz de forzar al país a tomar posición y de alcan­zar una repercusión pla­netaria resultó ser, preci­samente, la que algunos de sus compañeros quisieran hoy desautorizar con gesto severo.

Lo risible está en que cada intento de tomar distancia vuelve a colocarla en el cen­tro de la escena; cada comu­nicado que pretende aislarla confirma que fue ella, y no ellos, quien consiguió pro­ducir un acontecimiento de alcance global. Mientras tanto, esos mismos diri­gentes opositores compiten interminablemente entre sí por generar el mayor abu­rrimiento posible y persis­ten de forma incansable en el arte de provocar el bos­tezo de los votantes, demos­trando una orfandad tanto de mística política como de visión programática.

El mismo país que halló su unidad en apasionantes jor­nadas futboleras alcanzó luego su mayor visibilidad internacional en esta con­troversia.

Aunque se trata de expe­riencias muy distintas en contenido y forma, ambas dejan una misma lección de época: la relevancia política se juega hoy en la capacidad de interpelar, de producir atención pública y de obli­gar a tomar posición, antes que en la corrección de las declaraciones de principios.

Frente a un gobierno que apuesta a posicionar al Paraguay ante el mundo por sus grandes potencia­lidades -su dinamismo eco­nómico, su energía disponi­ble, su posición geográfica y su bono demográfico-, la oposición parece haber encontrado su única carta capaz de generar algo más que indiferencia, mostrar, mal o bien, impacto polí­tico y atravesar fronteras. Esa carta fundamental lleva hoy el nombre y apellido de Celeste Amarilla.

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