• Por Jorge Torres Romero

Las declaraciones de Arnaldo Giuzzio en radio Monumental no fueron un exabrupto ais­lado. Fueron un acto fallido. Un sincericidio político que dejó al desnudo el verdadero espíritu de un sector que hoy intenta revestirse de correc­ción moral:

“Me imagino que estarán muy contentos, bailando en una pata por lo que le pasó a este joven porque así es el cartismo, el cartismo es amargura, es sangre, es revanchismo, es venganza… mueren los que no tienen que morir y no mueren los que tie­nen que morir”.

No es una frase menor. Es un pensamiento cargado de resentimiento, de insi­nuación y de deseo apenas disimulado. Es la expresión de una acción política que durante años operó bajo la lógica de la vendetta.

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Lo más llamativo es que quien pronuncia esas palabras no es un comentarista de redes sociales. Es Arnaldo Giuzzio, exministro del Interior, figura central del abdismo y hoy sentado en el banqui­llo de los acusados. El mismo hombre que formó parte de un esquema de poder que, lejos de fortalecer la seguri­dad, dejó grietas profundas en la lucha contra el crimen organizado.

Giuzzio no habló solo. Habló desde una pertenencia polí­tica. Habló desde la cultura del abdismo. Porque mien­tras Giuzzio destilaba esa frase cargada de insinua­ciones, Mario Abdo Benítez había publicado un mensaje de deseo de recuperación de Horacio Cartes, que fue rápidamente interpretado por muchos como un gesto hipócrita. El empresario José Ortiz, cercano a Car­tes, no tardó en recordarlo: no se puede pretender empa­tía pública cuando el historial político estuvo marcado por una obsesión sistemática de confrontación, persecución y destrucción.

Lo que Giuzzio hizo fue qui­tarle la máscara al discurso políticamente correcto. Si el tuit sonaba diplomático, la declaración radial fue visce­ral. Si el mensaje de solida­ridad parecía institucional, la frase sobre quién debería o no morir fue brutalmente reveladora.

La muerte –cualquier muerte– no puede ser usada como recurso retórico para insinuar que hay personas que “deberían” desaparecer. Ese terreno es éticamente peligroso. Y políticamente miserable.

Pero hay otro actor en esta escena que merece reflexión: los medios que siguen otor­gando a Giuzzio el rol de refe­rente en materia de seguri­dad. Resulta paradójico que quien fue parte de una admi­nistración cuestionada por su manejo en la lucha contra el narcotráfico hoy sea con­sultado como voz autorizada en temas de inseguridad. La prensa tiene derecho a entre­vistar a quien quiera. Pero también tiene la obligación de contextualizar.

Lo ocurrido no es un sim­ple cruce de declaraciones. Es la evidencia de que el resentimiento sigue mar­cando el pulso de un sector político que no logra pro­cesar la derrota ni recons­truir liderazgo sin recurrir al agravio.

Giuzzio, en su afán de acusar al “cartismo” de amargura y venganza, terminó exhi­biendo el espejo. Y a veces el espejo devuelve una imagen que incomoda. Porque la polí­tica puede ser confrontación, puede ser disputa de poder, puede ser antagonismo. Lo que no puede ser –o no debe­ría ser– es el terreno donde se normaliza la idea de que hay vidas prescindibles según la conveniencia ideológica.

Cuando se cruza esa línea, no se fortalece la democracia. Se la erosiona.

Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

El descaro de Giuzzio, el vinculado con narcos

Arnaldo Giuzzio

El exministro abdista aprovechó un escenario de dolor para ocupar papel de víctima y lanzar ataques, que dejó al descubierto el cinismo de la disidencia.

El exministro del Interior Arnaldo Giuzzio–procesado por vínculos con capos del narcotráfico– se refirió a la muerte de Daniel Alberto Farías Kronawetter, exase­sor de Inteligencia durante el gobierno de Mario Abdo Bení­tez, que tuvo un papel clave en la oficina paralela montada en Seprelad, utilizada para per­seguir a enemigos políticos.

“Me imagino que estarán muy contentos y bailando en una pata”, sostuvo el amigo del narco Marcus Vinicius Espíndola, a la emisora 1080 AM, en relación a la desapa­rición física de Farías, quien había sido llevado a la Sepre­lad por el propio Giuzzio.

Luego el exfuncionario, cuyo tiempo al frente de la Secre­taría Nacional Antidrogas (Senad) permitió los mayores envíos de drogas desde el Para­guay a Europa, mostró su ver­dadero rostro y del cinismo con el que actúan él y sus correli­gionarios del abdismo.

“El cartismo es amargura, es sangre, es revanchismo, es venganza. La muerte pro­bablemente sea una de las expresiones más injustas porque mueren los que no tienen que morir y no mue­ren los que tienen que morir”, dijo en relación claramente al expresidente Horacio Cartes, quien la semana pasada había sufrido un episodio cardíaco por lo que fue internado en un sanatorio privado.

Las expresiones del hombre que iniciara su andadura en la función pública como fis­cal de Delitos Económicos solo reflejan el descaro del abdismo que se mostraba “compungido” la semana pasada (cuando la interna­ción de Cartes) y que tanto Abdo Benítez como Arnoldo Wiens eran falsos a la hora de “desear” pronta sanación del actual titular de la ANR.

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