Como muchas otras disciplinas la política tiene códigos no escritos que señalar más que los discursos. Uno de ellos es sencillo: saber perder. Y en ese terreno, el destituido exintendente de Ciudad del Este Miguel Prieto parece haber decidido hacer exactamente lo contrario.
Tras la cuestionada encuesta opositora –la que muchos cuestionan por ausencia de ejercicio democrático y que dio como ganadora a Soledad Núñez por sobre Johanna Ortega–, el exintendente esteño optó por el silencio selectivo: no hubo llamada de cortesía, no hubo foto de respaldo con la que emergió como la postulante, no hubo gesto alguno que ayudara a disimular el trago amargo.
Prieto se había volcado a dar su apoyo a la actual diputada de País Solidario, en una decisión que marcaba un distanciamiento con los actores de peso, como el Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) o del partido de los esposos Desirée Masi/Rafael Filizzola. Apenas una admisión telefónica de que el resultado fue “un revés”, como si la palabra alcanzara para procesar lo que políticamente no se quiso acompañar.
En la contienda política electoral, los liderazgos se ponen a prueba cuando los guarismos son benévolos, pero se miden de verdad cuando las urnas –o las encuestas previamente acordadas entre los equipos políticos– determinan otro resultado. Es allí donde como mínimo el dirigente opositor del este del país debía mostrar cierta dignidad, porque en la derrota también hay dignidad, pues debía mostrar vocación por un proyecto colectivo y, al menos, una mínima coherencia con el discurso de unidad que tantas veces declamó.
Pero todo lo contrario, la reacción del destituido por corrupción de la intendencia de Ciudad del Este pareció más cercana al gesto áspero y ruin del que se lleva la pelota a la casa porque tuvo una derrota en la cancha que al dirigente que entiende que las reglas del juego incluyen ganar y perder.
Es llamativo –no cabe dudas– que aquellos sectores que reclaman madurez democrática, consensos y construcción de alternativas se derrumben en una parálisis o en un mutismo casi infantil cuando el resultado no les favorece. La política no es un escenario hecho a medida de egos ni una competencia donde se valida solo el resultado propio. Siempre en el ámbito de “lo que debe ser”, la política comporta un ejercicio de responsabilidad frente a los ciudadanos que observan –no sin un creciente escepticismo justificado– estas conductas de aquella dirigencia que hoy se presenta como “diferente”.

