Josías Enciso Romero
“¡Ta-ta-ta!”, grita y gesticula un enfadado profesor Jirafales ante un exabrupto del incomparable don Ramón. En eso Quico (así se registró el nombre) abre la puerta del departamento “de la vecindad”, donde vive con su mamá, para preguntar: “¿Quién?”. “¿Quién qué?”, le responde su “querido papi” (que los fanáticos sabemos que es una expresión cariñosa para el eterno pretendiente de su progenitora). “¿Quién golpeó la puerta?”. “¡Nadie!”, prosigue el infortunado diálogo. “Pero yo escuché un ‘ta-ta-ta’”. “Fui yo, pero lo hice con la boca”. “¿Y no era más fácil con la mano?”. La magia de internet y san Google me permite recrear aquellos increíbles episodios de “El Chavo del 8″. Una delicia para deshacer el estrés y amortiguar el impacto de las angustias de toda laya que disparan contra el alma y el buen ánimo. Así que, de vez en cuando, me zambullo en ese mundo que daba –y sigue dando– alegría a mi corazón. De alguna forma hay que evadir las atrocidades de la cotidianidad. Eso me lo enseñó mi vecino, don Cecilio, quien, en sus muy bien guardados 80 y medio, sigue como Johnnie.
Las desafortunadas expresiones del senador Silvio “Beto” Ovelar hicieron que cientos de profesores Jirafales y algunos ñembo intelectuales vociferaran “ta-ta-ta”. Aunque el legislador reconoció después que no estuvo muy atinado en su argumentación (normalmente suele hilar muy fino) para defender a su hijo contratado en la Cámara de Diputados (cargo al que, finalmente, renunció), el malón ya estaba suelto.
Josías Enciso Romero Hasta los más “x” utilizaron X (ex-Twitter) tratando de ganar notoriedad. Así me contaron. Yo no uso las redes sociales de dominio universal, sino la restringida a grupos como es WhatsApp. Aunque nunca falta el buey-corneta que viola las reglas del circuito limitado para ventilar mensajes ajenos con el noble propósito de incinerar a sus autores.
Sobre todo, cuando son enamorados rencorosos con sus ex. Y viceversa femenino.
Cuando estaba cavilando sobre cómo encarar este comentario, mi vecino se hace sentir desde nuestro lindero: “Lindo diluvio nos trajo la Navidad”. Como barrunté que era una forma de decir “feliz Navidad”, le respondí: “Igualmente para usted, don Cecilio”, en una suerte de conversación entre Lucas y el Chaparrón Bonaparte. Y tuve que acercarme, como la educación manda, para escucharlo mejor: “¿Viste lo de Ovelar?”. Y, como siempre, sin esperar mi respuesta, prosiguió: “Hizo bien en disculparse, fue un gesto de humildad. Pero, como solía decir Ezequiel González Alsina, seguro que te suena, una vez publicada una noticia ni con mil solicitadas ya se borra por completo el hecho inicial”. Para respetar las reglas de evitar los párrafos muy largos, seguiré en el siguiente.
“Pero la teoría de Ovelar no es nueva. Recuerdo cuando el mismo González Alsina estaba en contra de los diez puntos de ventaja con que entraban a competir en los exámenes de ingreso los mejores egresados de todas las instituciones del país. Afirmaba que no era lo mismo el mejor alumno de un colegio de Yvyrarovana que el de una institución de excelencia de ese entonces (y citó una de ellas). Tratando de justificar una ventaja que le parecía injusta, cayó en una grave discriminación elitista. Aunque la realidad, quizás, corroborara su posición”, continuó. Con el tiempo, según el propio don Cecilio, muchos estudiantes del interior ingresaban en los primeros lugares en las facultades más exigentes del país. “Y, en contrapartida, si fuera por la calidad de la institución, Marito (Mario Abdo Benítez) hubiera sido un genio. Mínimo astronauta y no paracaidista”, sentenció.
Pero lo de “top” abría las compuertas para la diversión y para desnudar a muchos que se creían top, chic, cool y cheto. De acuerdo con una captura de pantalla que me exhibieron como prueba, uno de ellos, compatriota nuestro que fija residencia en los Estados Unidos y con un rosario de títulos en inglés, escribió que “estamos entre los top 10 peores del mundo de la educación”. Quizás no percibí el sarcasmo, porque, hasta donde el diccionario de la Real Academia Española me enseña, top significa “lista de primeros puestos en una clasificación (…) Puesto destacado en un ranking o clasificación (…) Superior en calidad o importancia, excelente, de moda, exitosa”. Pero como la lengua es producto del uso, tal vez, con el tiempo top también podría considerarse como los últimos peores y no solo como lo “ma mejor”. No se quedó atrás una “profesora cheta” de un colegio top quien escrachó públicamente a su exalumno. Reclama al joven la ética que ella no profesa en el ejercicio de su profesión. Todo sea por el minuto de fama y el aplauso efímero de la jauría del “nada me gusta”, pero nada hace para remediarla.
Con el senador Silvio Ovelar no me une siquiera el placer (o el displacer) de conocerlo. Pero abrió, insisto, una oportunidad para debatir a profundidad sobre un sistema educativo eternamente criticado. Crítica válida siempre y cuando el criticador no sea colorado. Y para detectar a quienes cuestionaron su discriminación top y, sin embargo, se creyeron pensadores top sobre el resto de los infames mortales. Sospecho que cuando hagan “top-top-top”, el talento, la creatividad y la imaginación abrirán la puerta para preguntar: “¿Quién?”.

