• Por Augusto dos Santos
  • Analista político

Esta semana que con­cluye volvieron a los gritos y empellones en el Congreso, por lo menos ya sabemos que todo sigue como siempre.

Al Partido Colorado, que es una parte del problema mencionado, le viene de maravillas percibir que la estrategia de la oposi­ción seguirá consistiendo en lanzar cuatro gritos en una sesión y luego decla­rarse víctima de algo.

Es exactamente lo que ocu­rre hace más de una década y no logró moverle un pelo a la motivación para el cam­bio pese a tener a más del 60 por ciento de los medios arropándoles de visibilidad y hostigando al oficialismo con diversas ideas de desgaste.

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Da la impresión que la opo­sición no solo no ha apun­tado aún hacia el necesa­rio cambio de praxis para lograr una mejor empa­tía social, sino –peor aún– siquiera lo ha diagnosti­cado.

El sostenimiento de una performance inercial de la política es tremendamente funcional a la ANR y su inte­rés en persistir en el poder.

Porque una cosa es la ausen­cia de autocrítica y otra aún más patética es la mio­pía por falta de perspec­tiva. Una cosa es dejar de beber porque se es cons­ciente que el alcohol dete­riora la salud y otra cosa es seguir bebiendo porque ignoramos sus consecuen­cias. A esta altura ya da la ingrata impresión que es esto último.

Para competir –más allá del show del enfado que se monta en el Congreso sema­nalmente– se precisa asu­mir cambios rotundos en la estructura del funciona­miento:

A) No existen liderazgos capaces de atrapar amplios sectores (salvo el bolsón de votos que se precisa para ser diputado o senador).

B) La democracia interna sigue en terapia intensiva y con visos irreversibles. Salvo el PLRA, los parti­dos no recurren a internas con pujas electorales y voto directo, aunque sea para cumplir con la ley.

Al no existir competencia interna los músculos elec­torales se destonifican y atrofian. Y esto provoca experimentos de combi­naciones forzadas como en las elecciones pasadas en las que temían a cualquier tipo de urnas internas para definir la chapa, temerosos y seguros que Payo Cubas les iba a ganar en lo que compitieran.

Da la impresión que en estos balances, muchos de ellos “ombligáceos”, doctorales e inocuos, no se analiza lo que implica para los colorados el poder de sus internas, enten­diendo que con ellas se sos­tiene una gigantesca red organizativa nacional, se irriga el sistema vascular de un clientelismo electoral­mente eficiente y –por sobre todo y aquí está el secreto del éxito constante– se descubren e incorporan nuevos valores que tarde o temprano reemplazará a los actuales liderazgos.

En resumen: el principal poder de las internas colo­radas es la confrontación que contamina en nuevos actores el sagrado calor del fuego eterno de la lucha por el poder.

O si quiere aún más resu­mido: cada vez que la ANR tiene una confrontación interna se está asegurando el recambio de jugadores, suma más suplentes al banco y presiona sobre la capacidad de los titulares de sostenerse en el poder.

La oposición sin internas debe salir de la ausencia de competencia que lo paraliza hace décadas y convierte a muchos de tales núcleos en partidos familiares sin renovación de liderazgos y peor aún siquiera con lide­razgos que se opongan a sus cabezas.

No es tan difícil. Es solo practicar la democracia.

Etiquetas: #Congreso#ANR

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