Da gusto escucharle a Euclides. Arriero de mundo. Ducho en el lenguaje idiosincrático del paraguayo. Dicharachero y cantor improvisado. La polca que mejor conoce es el com­puesto “Suceso Mateo Gama­rra”, quizás por líos simila­res, aunque no en grado de tragedia. Sus íntimos sue­len comentar que durante sus estadías en Madrid de la vieja Europa compartía can­tina con Joaquín Sabina. A tono con el Flaco de Úbeda recita los versos de “Y nos dieron las diez” para definir su candidatura como una “broma macabra del destino”. Otros también desempolvan la memoria para contarnos que los viajes a la capital espa­ñola para congresos y cursos de formación política fueron gracias a las gestiones de la entonces secretaria de Rela­ciones Internacionales de la Comisión Ejecutiva Fede­ral del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Elena Flores, quien habría quedado encantada con la lumínica mental y el rayo verbal de nuestro gallo crio­llo. Más que nada los unía la afinidad ideológica entre el PSOE y el Partido Revolucio­nario Febrerista (PRF) donde Euclides tenía una militancia en ascendencia.

Y, de repente, a Euclides se le antoja sacar del ropero su frac de opositor y se precandidata a la Presidencia de la Repú­blica. Decimos de repente porque siendo ministro de Relaciones Exteriores de un gobierno que es colorado en las formalidades –llegó al poder representando a ese partido– en un parpadeo está buscando alianzas estratégi­cas para derrotar a los colo­rados. Debemos aclarar que ya avisó que va a renunciar. A pesar de que siempre se cuidó de no incurrir en incon­gruencias a causa de su natu­ral facundia esta vez cabeceó más rápido que pandorga sin cola. Por ejemplo, el presi­dente Mario Abdo Benítez, de “pererí”, sin liderazgo y con un gobierno “loteado por la corrupción” ahora pasó a con­vertirse en víctima de las cir­cunstancias. “Este gobierno no pudo gobernar: incendios, inundaciones y sobre todo la pandemia eclipsaron todos los proyectos que tuvo. Este gobierno no tuvo la oportu­nidad de gestionar”. Ya se olvidó cuando calificaba al entorno presidencial (entién­dase ministros y directores de entes) de “mediocres”. Y con mediocres no se puede gestionar nada. Eso lo deci­mos nosotros.

Tampoco distinguió en la entrevista publicada en un diario amigo del poder que el Bernardino Caballero que “fue ministro de Agricul­tura del gobierno del coro­nel Rafael Franco”, líder cen­tral del posterior PRF, no es el general Bernardino Caba­llero fundador de la Asocia­ción Nacional Republicana, sino un descendiente suyo que había abdicado del colo­radismo. Y ahora Euclides abdica del socialismo: “Ideo­lógicamente sigo siendo un socialdemócrata convencido, pero este no es un momento de izquierda ni derecha. Acá hay un nuevo orden al que tenemos que adaptarnos”. Y bueno, así ya lo hizo uno de sus mentores, el hoy híbrido Felipe González.

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Todavía con su traje de canci­ller ya quiso espolonear a los dirigentes del movimiento político colorado adversario del presidente de la República y sus candidatos. De Horacio Cartes, líder de Honor Colo­rado, dijo que “es un poder fáctico del que no podemos descuidarnos. Quiere aplicar Cámpora tomo 2″. Y agregó:

“Peña al gobierno, Cartes al poder, una bicefalía muy peligrosa para las institucio­nes”. Si hubiera leído el tomo 1 sabría que su hipótesis es de imposible cumplimiento. Héctor J. Cámpora (el tío, para la juventud justicialista) fue presidente de la República por 49 días en su país, Argen­tina, decretando la amnis­tía para que Juan Domingo Perón pudiera retornar del exilio y presentarse a eleccio­nes. Las que finalmente ganó con más del 62 por ciento de los votos. Rebobinemos: en realidad, Euclides sabe que Peña no puede renunciar para que asuma Cartes, pero intentó instalar la confusión para gran parte de la socie­dad a la que no le gusta mucho informarse. No puede uno cri­ticar acerbamente “esta espe­cie de estercolero (político) interno” para, luego hacer saltitos dentro de él. He ahí la importancia del “Contexto”.

Con esa misma argumen­tación podemos especular, siempre dentro de interés periodístico, hablando de bicefalía o dos cabezas, que Euclides, por sus últimos comportamientos enunciati­vos, se parece mucho, en sen­tido metafórico, al bifronte Jano de la mitología romana. Este dios era represen­tado por una cabeza con dos caras, cuidando las puertas de entrada y de salida. Con­secuentemente, podía mirar hacia adelante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo, a la izquierda y a la dere­cha y hacia oriente y hacia occidente para equilibrar el mundo. Por extensión, podía ser miembro de un gobierno mirando la puerta de salida y radical opositor que busca abrir la entrada a una nueva República sobre los escom­bros de un gobierno, repe­timos, del cual forma parte. Así da gusto. Por esa misma extensión, Albert Camus uti­lizó la figura de Jano para defi­nir la dualidad de su perso­naje.

Nuestro personaje no es un bifronte cualquiera. Sus habilidades llegan más lejos aún, porque con su nueva visión ideológica puede ser un protagonista palíndromo: leyendo de izquierda a dere­cha y de derecha a izquierda las palabras o frases tiene el mismo significado: “Somos o no somos”. Total, en la oscu­ridad todos los gallos son iguales.

Lo que importa es la produc­ción de huevos. Aunque los rompan después. Para algu­nos las ideologías ya pasa­ron de moda. Hay que adap­tarse. Como diría el poeta: “El futuro ya no es lo que era”.

Nuestro personaje no es un bifronte cualquiera. Sus habilidades llegan más lejos aún porque con su nueva visión ideológica puede ser un protagonista palíndromo.

Euclides sabe que Peña no puede renunciar para que asuma Cartes, pero intentó instalar la confusión para gran parte de la sociedad a la que no le gusta mucho informarse.

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