Mencionar a Dios, recurrir a parábolas, citar textualmente o parafrasear versículos de la Biblia. Recurrir a otros símbolos del cristianismo. Estos y otros elementos se utilizan porque algunos políticos saben que el público al que se apunta la línea discursiva, se sentirá identificado como cristiano. En este sentido, recurrir al lenguaje religioso forma parte de una estrategia política. Se busca, en el fondo, generar empatía. Conectar.
A la par, estos simbolismos son válidos al momento de encuadrar una crisis. Ese momento en el cual es más que necesario generar un enemigo, una narrativa con un nudo y un desenlace positivo a favor del último eslabón, pero el más importante: el héroe o “mesías”, que salve a los que él considera sus fieles.
Desde el inicio de su mandato, en el Gobierno han intentado hacer uso de esta estrategia de Comunicación Política. El detalle está en que este recurso no debe ser el único, eso lo vuelve excesivamente predecible. Tan reactivo que termina gastado, como esas raspaditas donde vanamente se buscaba ganar un premio y siempre se obtenía la misma respuesta, vuelva a participar. Ante la ausencia de una línea estratégica clara y mucho menos un relato que logre penetrar en la población, se la usa hasta el cansancio. Se lo volvió a usar en la jornada de gobierno que se dio hace un par de días en el departamento de Paraguarí. Ahora bien, lo que además le falta es un factor absolutamente vital, la coherencia.
Cuando se trata de enmarcar el debate de un tema en cuestión, lo que se recomienda es que no deje dudas, de manera que la línea discursiva expuesta tenga altos niveles de verosimilitud, requisito indispensable para que el público objetivo se apropie del mismo. Por ejemplo, no se debería estar hablando de que el crimen organizado está en la vereda del frente cuando todos los afectados están sentados al lado del Ejecutivo, en el escenario en cada acto oficial y de la campaña electoral interna.
A estas alturas, pretender que el Gobierno tenga una línea discursiva ya estaría bien, que tenga una estrategia comunicacional oportuna y conveniente ya es avaricia.
Ese momento en el cual es más que necesario generar un enemigo, una narrativa con un nudo y un desenlace positivo a favor del último eslabón.
Cuando se trata de enmarcar el debate de un tema en cuestión, lo que se recomienda es que no deje dudas, de manera que la línea discursiva expuesta tenga altos niveles de verosimilitud.
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Hombría bíblica. Construyendo hombres
- Emilio Agüero Esgaib
- Pastor
Sabemos que el mayor ejemplo de hombría bíblica es Jesús.
Sabemos que la hombría bíblica es todo lo contrario al machismo mundano.
El machismo mundano es sinónimo de egoísmo, promiscuidad, falta de compromiso, violencia, orgullo, inmadurez emocional, ira, etc., y la hombría bíblica es mansedumbre, carácter maduro, compromiso, fidelidad, humildad, respeto, amor, dominio propio, templanza y los frutos del espíritu.
Sabemos que la falta de hombría es falta de espiritualidad y que la hombría bíblica es la espiritualidad, o sea, uno actúa en la carne y el otro se deja guiar por el Espíritu (Romanos 8:14). Todo verdadero creyente debe mantener este norte todos los días: dejar que sea el Espíritu Santo, no sus emociones, el que guíe en sus decisiones.
Nunca dejaremos de ser tentados a dejarnos llevar por nuestras emociones (ira, desánimo, autocompasión, decepción, egoísmo) porque somos seres emocionales, pero tomamos la decisión diariamente de caminar en el Espíritu.
Pero no solo Jesús mostró la hombría bíblica. Él lo hizo a la perfección, pero otros hombres también lo hicieron como David, José de Egipto, Daniel, José esposo de María, el apóstol Pablo, entre otros.
¿Qué tenían en común estos hombres? Eran pecadores, pero tomaron una decisión: obedecer a Dios. Estamos llamados a tomar una de decisión como cristianos y es el caminar bajo la guía del Espíritu.
¿Por qué David es un ejemplo de hombría? Porque a pesar de sus defectos y caídas decidió caminar un día a la vez en obediencia al Dios. Dios mismo dijo que él era un hombre conforme a su corazón. La Biblia dice que era “prudente de palabras”, valiente, y asumió el llamado de Dios aunque este llamado le acarreó mucha renuncia y dolor.
Cometió errores, pero se levantó de cada uno de ellos. Cuando estaba a punto de morir y entregar su reino a su joven hijo solo le aconsejó dos cosas: “Esfuérzate y sé hombre” 1 Reyes 2:2. De seguro David no pensaba por “hombre” como una persona de fuerza física, violento y mujeriego, sino en madurez, carácter, integridad y obediencia a Dios. Él sabía que si le sostuvo en 40 años de reinado.
Vemos que todos los modelos más destacados de hombría bíblica tienen en común rasgos de un carácter maduro, templanza, determinación, integridad y compromiso. Nadie se destacó por ser aniñado, promiscuo, irresponsable, egoísta o violento, esas características no agradan a Dios ni seducen a los demás.
El dominio propio es un fruto fundamental en la hombría bíblica. El dominio propio nos enseña que no son las tormentas ni tentaciones externas el verdadero peligro, sino aquello que gobierna nuestro corazón.
Dominio propio en el griego se conoce de dos maneras, una la palabra “enkrateia” y la otra “sophronismos”, la primera significa “poder interior” o “ejercer poder o control desde dentro” que no se refiere a la fuerza de voluntad humana sino al poder del Espíritu Santo en nosotros para dominar nuestras pasiones, impulsos y deseos carnales, y la segunda “mente sana y disciplinada” y se trata de la capacidad de tener una perspectiva equilibrada, tomar decisiones correctas bajo presión y no dejarse arrastrar por el pánico o descontrol mental”.
“Enkrateia” no es algo que lo tienen los fortachones o temerarios, lo puede tener un hombre que no tiene características físicas de un “macho alfa”, pues este fruto/virtud tiene que ver con el carácter, con el corazón.
Vimos a Daniel en Babilonia o José en Egipto, ellos no estaban protegidos por su entorno, cultura o valores, ellos vivían en un sistema que quería definirlos y moldearlos, estaban rodeados de presión, tentación y libertinaje, como hoy nosotros también estamos rodeados de un sistema libertino, ególatra, anti-Dios, pero vencieron.
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Una fe la Biblia
- Emilio Agüero Esgaib
- Pastor
Una de las acusaciones más comunes que se hace contra la fe es que esta es totalmente emocional y carece de racionalidad, y que el que decidió creer debe cometer un “suicidio intelectual”, arrojarse al vacío con los ojos vendados y “creer nomás”.
Aunque es cierto que la fe también afecta las emociones (como es normal en casi todas las áreas del ser humano, y nada hay de malo en ello), tales como el amor, la paz, el gozo, la esperanza, etc., la Biblia en ninguna parte nos insta a creer sin evidencia.
La definición bíblica de la palabra fe la hallamos en Hebreos 11.1 y nos habla de “certeza” y “convicción”, que nada tiene que ver con un mero emocionalismo irracional y dice: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”.
Según la RAE, “certeza” significa “conocimiento seguro y claro de algo”. En este sentido, los discípulos de Cristo no creían por creer y no eran crédulos. Ellos basaron su fe en evidencias. Vemos lo que escribe el evangelista Lucas en Lc 1.1-3: “Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus propios ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo”.
Vemos que el evangelista, historiador y médico griego Lucas, que no conoció a Jesús físicamente y se convirtió, investigó “diligentemente” para ver “si las cosas eran así” y llegó a la conclusión de que eran “ciertísimas” y decidió seguir las enseñanzas de Cristo, aunque esto le implicara, como de hecho ocurrió, exilio, desarraigo, persecución y muerte.
Unos 30 años después, ya cuando todos los primeros apóstoles habían muerto (todos ellos martirizados), con excepción de Juan que estaba exiliado en la isla de Patmos a causa de la predicación (Ap. 1.9), este escribe a la Iglesia perseguida, agobiada, torturada y desarraigada, una carta para alentarlos a seguir perseverantes y firmes en medio de la tribulación. Les dice: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al verbo de vida… lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos…” (1 Juan 1.1-3).
Lo que hemos “oído”, “visto”, “contemplado”, “tocado”, esto no habla de una “fe ciega” y crédula, habla de una certeza absoluta. Y lo escribe desde el dolor, la persecución y la muerte 30 años después de haber sido testigo de todas estas cosas. La pregunta es ¿para qué?, ¿cuál era el interés de seguir perseverando en una mentira, si es que hubiera sido eso? La respuesta es contundente: porque era cierto.
La fe no es algo que se sostiene y se hace cada vez más fuerte mientras más ignorancia haya, ni significa creer aun a pesar de la abrumadora evidencia contra ella. No. Más bien, la verdadera fe salvadora es coherente con el conocimiento y con el verdadero entendimiento de los hechos.
Pablo dijo: “Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la Palabra de Dios” (Ro 10.17). Lo que el apóstol dice es que nuestra fe crece a medida que más conocemos lo que las Escrituras nos cuentan.
Isaac Asimov había dicho desacertadamente: “La forma más segura de volverse ateo es leyendo la Biblia”, y Pablo toma ese desafío y dice en ese verso: “La mejor manera de afirmar tu fe es conociendo las Escrituras”.
Cuando las personas cuentan con verdadera información acerca de Cristo, están en mejores condiciones de poner su confianza en él. De modo que la fe no se debilita con el conocimiento, sino que aumenta.
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La importancia de estudiar la Biblia
Lo primordial que tenemos que hacer como cristianos es estudiar la Palabra de Dios porque a través de ella Dios habla.
No hay sustituto para el cristiano, la Biblia es el centro de todo crecimiento espiritual a través de ella conocemos a Dios, no hay otra manera.
¿Por qué es necesario estudiar la Biblia?
En primer lugar es necesario estudiar la Biblia para crecer. 1 Pedro 2:2 dice: “Desead, como niños recién nacidos la leche espiritual no adulterada para que por ella crezcáis para salvación”.
Este verso nos habla de un alimento que todo cristiano debe tener para crecer. Así como un niño necesita alimento para su crecimiento sano así también el creyente.
El apóstol Pablo en 1 Corintios 3:1,2 nos dice que la Palabra de Dios puede ser leche en algún momento y carne en otro. No es que algunas cosas de la Biblia son leche y otras carne, todo en la Biblia es profundo, sustancioso y consistente.
A un bebé se le da leche materna no carne porque aún no está preparado para digerirla, pero lo estará a medida que vaya desarrollándose.
Así también en lo espiritual. Primero aprendemos lo básico, lo general, lo fácilmente digerible, pero eso básico cuando lo profundizamos se va convirtiendo poco a poco en algo mucho más sustancioso y profundo.
Por ejemplo, decir que Dios nos ama es algo básico, es un conocimiento básico, es leche como Juan 3:16 que dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda más tenga vida eterna”. Pero cuando vamos profundizando en esta palabra, analizando la doctrina de la gracia, la sustitución, el sacrificio de Cristo, la fe, la entrega incondicional de Dios y cómo un Dios todopoderoso concilia su justicia con su santidad vamos entrando en aguas tan profundas que, como diría Spurgeon, “nuestra palmada mental no halla fondo”, de hecho, vamos aprendiendo tanto que se va convirtiendo en un misterio infinito y mientras más lo estudiamos más conocemos a Dios y lo amamos.
Esa “leche”, o sea, “Dios nos ama”, se torna en “carne”, una sustancia tan densa que no nos alcanza la vida para poder entenderla a profundidad. El punto acá es que tenemos que crecer.
Jeremías 15:16 dice: “Fueron halladas tus palabras y yo las comí y tu palabra me fue por gozo y por alegría en mi corazón…”. Jeremías comió la Palabra de Dios porque era alimento para él, el acto de comer es un acto de alimentarse, de fortalecerse.
Un bebé o un niño son algo encantador, pero en temas prácticos no son muy útiles, no se les puede dar responsabilidades, no se puede confiar en ellos, no tienen la capacidad siquiera de cuidarse a sí mismos, estamos llenos de cristianos así, gateando por el suelo, haciendo berrinches, haciéndose encima sus necesidades fisiológicas, hay que estar limpiándolos y cuidando que no se hagan daño a sí mismos ni a otros, y no hay problema que así sea con un bebé, el problema es seguir así con alguien que ya debería comportarse como un adulto.
Un adulto que se comporta como un niño no es de beneficio para nadie. Siempre pero siempre la diferencia más importante entre los niños espirituales y los que han alcanzado madurez es el conocimiento de las Escrituras.
Sabemos que algunas personas pueden ser intelectuales en el conocimiento de la Biblia, pero aún inmaduros en sus emociones, puede pasar, pero lo que nunca vas a ver es una persona madura y profunda espiritualmente, pero ignorante a las Escrituras, eso no puede darse.
Nunca podremos derrotar el pecado a menos que lo derrotemos con la Palabra de Dios. En Efesios donde nos muestran toda la armadura de Dios para vencer todas las tentaciones del diablo aparece en el 6:17: “Tomad la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios”. La palabra de Dios es nuestra arma contra la tentación.
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El amor según la Biblia
Una de las porciones más maravillosas de toda la Biblia está ubicada en el libro de 1 Corintios 13:1-13 y está dedicada al amor. Fue escrita por el apóstol Pablo inspirado por el Espíritu Santo.
En el contexto de este párrafo, titulado en la Versión Reina Valera (1960) como la “Preeminencia del amor”, el apóstol habla de los dones que Dios puso en el ser humano para edificación de los creyentes y la ayuda mutua entre las cuales están el don de ayuda, el don de sanidad, de ciencia, de profecía, el don de enseñar, el don de hacer milagros, el de liderar, etc.
Y destaca la importancia de cada uno de esos dones, pero al final destaca el don más importante de todos y que sobrepasa por lejos a todas las demás: el don del amor.
Dice que Dios da dones según su voluntad a quien el quiera dar y por eso algunos tienen un don pero no todos tienen el mismo don y que así funcionarían todos como un cuerpo humano donde, con muchos miembros, trabajan coordinadamente para beneficio de todos, pero ese don tan grande y sublime si podrían, y deberían, tenerlos todos.
Arranca diciendo en el verso uno que si alguien lograse todo en la vida, todo tipo de éxito, relevancia, ciencia y conocimiento pero no tiene amor no era nadie.
Dice que una persona podría hacer todo tipo de caridad al punto de donar todos sus bienes e inmolarse por otros, pero que si no tiene amor no le sirve de nada. Dice que podría ser la persona con mas fe del mundo y la más espiritual, pero sin amor no tenía nada.
Luego en el verso cuatro empieza a definir el amor y no empieza con algo así como: “El amor es romántico”, o “el amor es placentero”, o “el amor es felicidad”, todo lo contrario, dice: “El amor es sufrido”, y es verdad, quien ama está aceptando también el sufrimiento, el sufrimiento solo aflora cuando uno ama de verdad y su entrega es sincera y total.
Dice también que “el amor es benigno”, “no tiene envidia” (no compite con la persona amada). En el verso cinco continúa: “No hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza en la injusticia, mas se goza en la verdad”.
Si tan solo nos entregásemos a un amor tan sincero como este creo que casi la totalidad de todos los problemas que tenemos como parejas, familia, amistad o en cualquier relacionamiento humano desaparecería. Pablo dice, en otras palabras, que el amor es “renuncia en bien del otro”.
El verso siete dice que el amor “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Sufrir, creer, esperar y soportar para ver lo mejor de la persona amada, para ser formado en un carácter maduro y responsable, leal y sincero.
El camino hacia un amor sólido y maduro está empedrado de pruebas y desafíos que, de sortearlos correctamente, nos llevarán a experimentar un amor mucho más sublime, profundo, sincero, y sólido que el “enamoramiento” o esa primera etapa tan intensa, emociona y “química” que tanto busca el mundo.
Ese no es el verdadero amor, ese es apenas el detonante que ve todo lo mejor del otro, pero no de manera objetiva, sino de manera apasionada e irracional, hasta que baja ese “cocktail” cerebral formado, según la ciencia, por dopamina, adrenalina y norepinefrina empezamos a ver esa realidad y es ahí donde entra la madurez, el amor sincero que ama, no solo lo bueno del otro, sino que está dispuesto aceptar también o malo y sufrir por servir y seguir perseverando en la construcción del verdadero amor.
Termina este “himno a la entrega” diceindo que ahora, en esta vida tan incierta y cambiante donde estamos de viaje hacia la eternidad “permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (13).
Según Dios, que es amor (1 Juan 4:8), nada esta por encima del amor.