El senador Eduardo Nakayama reflexionó sobre la gesta libertadora del 2 y 3 de febrero del año 1989 que puso fin a 35 años de gobierno de Alfredo Stroessner.
Según el parlamentario liberal, Paraguay creció cinco veces más en 37 años de democracia.
Aseveró que Stroessner “ha retrasado al país”, al mencionar que ya en el ´89 era la economía más atrasada de la región. Nuestro país figuraba entre los países del Mercosur con menor infraestructura, conforme expresó.
“Teníamos apenas 800 kilómetros de carretera. Nosotros en este tiempo hemos crecido más de cinco veces lo que demuestra que la democracia es ampliamente mejor que cualquier tipo de dictadura”, afirmó a la 730 AM.
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Destacó que a casi cuatro décadas del golpe militar, la economía también ha crecido en ese porcentaje (quintuplicado).
“Si bien falta muchísimo, lo que teníamos en el ´89 a hoy es absolutamente incomparable, sin contar lo que es un régimen de libertades”, manifestó.
Recordó que se vivía en una época oscura, sin libertad de pensamiento, sin libertad de expresión y de prensa, que derivó en el cierre de algunos medios de comunicación, por causa de la censura.
“Miles de compatriotas fueron torturados, presos, muertos, exiliados. Y todavía tenemos miles de familias que lamentan esta desaparición y las consecuencias del régimen de Alfredo Stroessner”, mencionó.
El congresista del PLRA sostuvo que para él la noche del 2 y la madrugada del 3 de febrero de 1989 van a ser fechas que “tenemos que recordar como una fecha de un paso importante para la redemocraticación en nuestro país”.
Dijo que estas fechas deben significar como un “recordatorio para nunca más volver a ese tipo de épocas oscuras”.
“Creo que nosotros tenemos que valorar también la democracia que hemos logrado. Es una democracia imperfecta, estamos en un régimen híbrido, de acuerdo a las calificadoras internacionales, que nos dicen a nosotros que todavía estamos en un periodo en el cual tenemos que pasar una etapa más”, puntualizó.
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“La democracia requiere de memoria histórica consolidada”
- Fotos: Pánfilo Leguizamón
En esta edición del programa “Expresso”, del canal GEN/Nación Media, Augusto dos Santos conversa con la socióloga argentina Florencia Prego, quien desarrolla una investigación sobre el Paraguay contemporáneo y las huellas institucionales del estronismo. Su trabajo se centra en figuras constitucionales como la prohibición de la reelección presidencial, el juicio político y el estado de excepción, mecanismos concebidos en la transición democrática para limitar el abuso de poder, pero que con el tiempo terminaron utilizándose en el marco de las disputas políticas.
–¿Cómo empezó tu relación con la historia del Paraguay?
–Yo integro un equipo de investigación que nos dedicamos a los estudios sociales latinoamericanos. Generalmente hacemos muchos estudios comparados. La riqueza, la perspectiva que tenemos justamente se centra en eso, en poder hacer esos análisis que trabajen dos a tres casos o más. Y mi directora, la doctora Lorena Soler, ella es una paraguayóloga, como le decimos, hace muchos años estudia Paraguay. Yo me empecé a interesar, a tener algunas preocupaciones o empecé a hacerme algunas preguntas que siempre giraron en torno a la dictadura y el autoritarismo. Encontré en Paraguay un caso muy singular, porque me parece que las características que tuvo el estronismo, con esas especificidades, con esas singularidades y particularidades, lo hacen un caso muy interesante para tratar de aplicar, o que me servían a mí para pensar los problemas que yo tenía en la cabeza.
–¿Qué encontrás de la dictadura de Stroessner que te parecen resaltantes?
–Lo que me resulta muy desafiante para pensar el estronismo es pensarlo más allá de una dictadura, es decir, efectivamente fue una dictadura, pero creo que tiene una vuelta más que nos permite complejizar, que es pensarlo como un régimen autoritario. El estronismo supo combinar, más allá de la coincidencia temporal que tuvo con las dictaduras del Cono Sur, que fueron tardías en relación al estronismo, ¿no? Se dan en otro contexto. Para mí, la singularidad que tiene el estronismo es la combinación entre lo que fue una dictadura, que tuvo un sistema represivo, que rigió el estado de sitio de forma permanente prácticamente, con lógicas y dinámicas de la democracia liberal. Es decir, había instituciones, había elecciones con proscripciones políticas, elecciones restringidas. Es decir, cómo se respetó esa fachada de la democracia liberal. Entonces, lo que me resultó siempre muy interesante del estronismo es que permitía poner sobre la mesa el debate de que puede existir la legalidad sin democracia. Y es también lo que a mí me permite explicar o empezar a problematizar lo que trabajo posteriormente, que es la transición y la reforma a la Constitución, y cómo se empiezan a pensar los mecanismos para tratar de controlar o evitar la repetición de un régimen como el Stroessner.
PACTO DEMOCRÁTICO
–¿La constituyente del 92 que fue en términos de dejar ostensible el borrón y cuenta nueva?
–Decir que fue el borrón y cuenta nueva puede ser y no ser al mismo tiempo. Porque la transición y la reforma a la Constitución no es que parte de una tabla rasa. La Constitución del 92 le viene a responder al estronismo. Es el pacto democrático por excelencia en Paraguay. Una constitución que, sin duda alguna, creo que tuvo elementos muy positivos y que era realmente necesaria para la transición a la democracia. No había democracia posible si no se reformaba esa Constitución en Paraguay. Podemos discutir que una cosa es la norma y otra cosa es la aplicación, ¿no?
–No recuerdo qué porcentaje, pero era una mayoría de hombres del Partido Colorado que pertenecían al estronismo sentados en una constituyente para cambiar los aires de la dictadura a la democracia, ¿no?
–Era una constituyente amplia, ¿no? Pero ahí hay dos cosas que me interesa resaltar. La transición en Paraguay se enmarca en un proceso de transición hacia la democracia en América Latina en general, ¿no? En el marco de lo que se dice esta tercera ola. Un poco más tarde y tiene una singularidad cuando se piensan las transiciones en América Latina. En Argentina fue la guerra de Malvinas detonó, en otras fueron transiciones más pactadas, el poder civil con los militares. En Paraguay la singularidad es que el Partido Colorado, que fue el partido por excelencia del estronismo, continúe es la marca distintiva de la transición para pensarlo en términos comparativos. Ahí creo que está un poco la clave, pensar esta continuidad, ¿no? En esta idea de transición algunos hablan de transición inverosímil.
CONCENTRACIÓN DE PODER
–¿Cuáles son te parece las instituciones más nítidas que hacían de cazafantasmas contra la dictadura que se instalan con la constituyente, a citar en primer lugar la no reelección?
–Yo creo que la constituyente del 92 viene a intentar resolver el problema de la concentración del poder en el Ejecutivo. Esta idea de tratar de construir mecanismos constitucionales o herramientas constitucionales que controlen o eviten las extralimitaciones por parte del Poder Ejecutivo, que resuelvan la concentración de poder, la descentralización de ese poder, etc. Y en este intento por resolver ese desequilibrio heredado de la Constitución del 67 se acabó generando, creo yo, un desequilibrio, en este caso a favor del Poder Legislativo, ¿no? Y ahí aparece una figura que analizo, la del juicio político, que expone un poco esta situación. La Constitución buscó crear mecanismos constitucionales para limitar al Poder Ejecutivo, pero después esos mecanismos, desde la transición en adelante, cuando empezaron a aplicarse, en realidad empezaron a ser utilizados por las élites político-partidarias para resolver los conflictos políticos como un elemento de competencia. Y el juicio político es tal vez el caso o el elemento más gráfico de todo eso.
–Hay un paquete de hechos que instala la constituyente y que terminan siendo herramientas de pelea política, ¿no?
–Una de las figuras que me parecen claves para pensar la transición y la posibilidad de consolidación de la democracia en Paraguay, y para entender los límites a la hora de pensar cómo se puede estabilizar o no un sistema político, es la reelección presidencial. Esta idea de prohibir la reelección presidencial pensando que esa era como la garantía para evitar la repetición de gobiernos autoritarios en un país donde la concentración y centralización del poder, el autoritarismo, las lógicas y las dinámicas autoritarias son de larga duración. Cuando uno ve los momentos en que se intentó reformar o poner en discusión mínimamente, eso generó crisis política, sobre todo en el 2017. Es una fibra muy sensible para la sociedad paraguaya la reelección presidencial.
–¿Cuáles son los ejes de tu investigación?
–Yo analizo en mi investigación tres mecanismos constitucionales. La prohibición de la reelección presidencial, el juicio político y el estado de excepción. ¿Por qué tomo estas tres figuras? Porque creo que vienen a responder y a reponer ese pasado estronista. La reelección presidencial, por todo lo que ya conversamos; el juicio político, que en la Constitución del 67 no podía aplicarse al presidente, y el estado de excepción, porque el estado de excepción viene a responder al estado de sitio estronista, ¿no? Y el estado de sitio estronista, como figura constitucional que podía aplicarlo principalmente o exclusivamente el Poder Ejecutivo, con el estado de excepción de la reforma y de la transición a la democracia también se introduce el mecanismo del control parlamentario, y eso me lleva nuevamente a pensar ese nuevo equilibrio o desequilibrio que propone la Constitución del 92.
RECORTE TEMPORAL
–El tema de seguridad fue el que menos estuvo en el ojo de la tormenta probablemente.
–Yo tomo por una cuestión de recorte temporal desde el 92 al 2017, es decir, desde la reforma hasta la crisis política por la enmienda. En ese período el estado de excepción se declaró en cuatro oportunidades, dos bajo el gobierno de (Luis Ángel) González Macchi y dos bajo el gobierno de Fernando Lugo. ¿Qué advierto ahí? Si uno ve el primer estado de excepción que se declara en el Paraguay democrático fue en el año 2000 ante esa intentona golpista que fue sofocada muy fácilmente en ese momento y repudiada también. Se declara en un momento podríamos decir para garantizar el orden. Mientras que tanto en 2010 como en 2011 en realidad ahí el estado de excepción empieza a funcionar más como una figura y si vemos cómo termina el caso de Fernando Lugo con su destitución, para resolver o intentar resolver conflictos sociales de otra envergadura. Estamos hablando sobre todo del año 2010 y 2011, donde el conflicto campesino era muy complejo, sobre todo en la zona norte del país. Y eso no se puede desligar de cómo terminó después Fernando Lugo. Es decir, yo creo que, en su caso, el estado de excepción sirvió para ir erosionando esa legitimidad del gobierno de Lugo o de su misma figura, ¿no?, tanto para afuera como para adentro de su propia base social.
–El tema de la prohibición de la reelección no refleja algún tipo de inseguridad al respecto de cómo podemos ser dueños de nuestro propio destino, digamos. Eso de decir que si tenemos esta institución podemos reelegir mal.
–Bueno, esas son dinámicas que nos exceden completamente. Cómo votan y quién gane después se verá. Para mí el desafío está en pensar la aplicación y los usos políticos de las cosas. Después los desenlaces son los desenlaces y los resultados son los resultados, que también hay que pensar las condiciones que posibilitaron o que llevan a esos resultados.
APOLITICIDAD
–¿Te parece que también hay un debilitamiento del debate político?
–Yo creo hay un decaimiento. Creo que también está muy vinculado, y acá me vuelvo un poco a mi patria chica, a una situación de hartazgo, cansancio, donde se empezó a poner de moda la idea de la apoliticidad. No hay nada más político que decir “soy apolítico”. Todos somos políticos y, en todo caso, no cumplimos la función del político, pero cualquier intervención es una intervención política. Decir “no soy político, pero estos son la casta”. Bueno, ahí hay un posicionamiento claro respecto a un debate político ideológico, sin duda alguna. Pero sí creo que hay como una cosa más generalizada donde la política está pensada en una dimensión peyorativa y está este distanciamiento.
–¿Estudiaste algo sobre las nuevas generaciones y la dictadura? Hay chicos que ya no tienen una memoria del dolor, ¿no?
–Claro, está cada vez más lejos. En Argentina se cumplieron 50 años de la última dictadura cívico-militar. El gran desafío es que la democracia necesariamente requiere de memoria histórica consolidada, porque la democracia existe como tal, como forma, porque va vamos y votamos, pero son democracias cada vez más débiles o con improntas cada vez más autoritarias.
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La (in)comprensión del funcionamiento colorado
- Dr. José Duarte Penayo
- Filósofo
- Presidente de la ANEAES
Con gran interés pude leer dos artículos del politólogo Guzmán Ibarra publicados recientemente. Me refiero a “El horror al vacío: la física de la política colorada” y “El 2028 empezó ayer. Cambio de piel en el poder”, los cuales abordan cuestiones fundamentales para entender el funcionamiento de la democracia paraguaya, como la naturaleza institucional del coloradismo, el modo en que se procesa la rotación de élites, la relación entre liderazgo partidario y poder estatal, así como la persistente incapacidad de la oposición no colorada para constituirse en alternativa real.
El trabajo de Ibarra merece reconocimiento por abordar estas temáticas con marcos de ciencia política y sin reducirse a la denuncia moral, algo infrecuente en el debate público paraguayo.
Su descripción de la ANR como partido predominante en sentido sartoriano –que gana elecciones sucesivas donde la alternancia no es frecuente– resulta plausible, y su imagen del partido como “cementerio de movimientos” que trasciende a sus corrientes internas comprende lo que cabría llamar la carne de lo institucional: una materia organizada que muta de forma sin perder sustancia.
También captura con precisión la orfandad propositiva de una oposición que contempla desde la periferia un teatro político que ocurre intramuros.
Conviene precisar; no obstante, su afirmación de que la rotación de élites se procesa exclusivamente dentro del coloradismo: durante la democracia paraguaya sí han ocurrido alternancias a nivel subnacional y nacional, como el triunfo de Lugo en 2008, por lo que la predominancia colorada es real pero no equivale a un monopolio político.
El fenómeno no es la ausencia de otros actores, sino que la ANR se erige como la única arena de disputa más importante, con un arraigo, rituales y procedimientos claros .
Sin embargo, el problema predominante en el campo opositor no es propiamente electoral, dado que ha ganado elecciones y gobernado. Es más bien organizativo, en el sentido de no haber logrado construir un espacio político alternativo al coloradismo con la densidad institucional necesaria para sostenerse en el tiempo.
Los fracasos recurrentes dan muestra de dicha característica: la Alianza Patriótica que no sobrevivió a sus tensiones internas viéndose quebrada por dentro con la destitución de Fernando Lugo (2012) de mano de sus otrora aliados; las Concertaciones de 2013, 2018 y 2023 que se disolvieron tras los comicios sin el más mínimo intento de consolidarse como espacios políticos permanentes; el auge y declive del Frente Guasu que nunca alcanzó implantación territorial real y que decayó casi al nivel de extinción tras la enfermedad de Lugo, que lo obligó a apartarse definitivamente de la militancia política; las permanentes vacilaciones del Partido Liberal Radical Auténtico, que oscila entre el rol de socio menor en alianzas ajenas y un proyecto propio carente de densidad programática.
Esta dimensión organizativa bajo análisis permite además releer críticamente el diagnóstico fallido compartido por buena parte de la transitología paraguaya, desde Benjamín Arditi en Adiós a Stroessner, con su tesis del paso “del granito al archipiélago” hasta Carlos Martini con Víctor-Jacinto Flecha en Historia de la Transición, que leyó la fragmentación interna colorada como signo de su debilidad terminal. Fernando Martínez Escobar, más recientemente, propone una lectura alternativa esclarecedora, en la que afirma que dicha “correlación de debilidades” no representó una disolución, sino una reorganización funcional que actuó como vector de estabilidad para el sistema democrático paraguayo.
El recurso al horror vacui aristotélico para explicar la dinámica colorada presupone una totalidad cerrada donde el vacío es inadmisible, pero si el partido funciona, como afirma Ibarra, como un “cementerio de movimientos”, el vacío no es la anomalía sino el mecanismo regular de reorganización.
Paradigmas premodernos de centros fijos y órbitas estables resultan inadecuados para un partido cuya eficacia reside justamente en la disputa permanente por el centro mismo. Marcos como la termodinámica de Prigogine, donde los sistemas lejos del equilibrio saltan a nuevos estados de orden, o la descorporización del poder de Lefort, donde ningún ocupante llena el lugar vacío de modo definitivo, comprenden con mayor fidelidad lo que ocurre: cada agotamiento de un movimiento dominante y cada emergencia del siguiente reproducen, a escala faccional, una lógica donde el poder se administra sin un cierre último.
Mi distancia más sustantiva con Ibarra está en cómo interpretar los signos del momento Cartes-Peña. La interpretación que presenta –el presunto agotamiento de la narrativa del “gigante dormido”, la “economía de guerra”, los compromisos incumplidos con acreedores domésticos– merecen atención, pero la pregunta es si obligan a leer un fin de ciclo indefectible o si admiten otra lectura.
Por mi parte, considero que el momento actual se entiende mejor como un ensayo de articulación política cuya fuerza posible solo el tiempo determinará, antes que como un agotamiento consumado.
Lo que el movimiento Honor Colorado introduce no es la fusión partido-Estado al estilo PRI mexicano, sino una diferenciación funcional cercana a la que planteaba David Easton: el partido como canal de demandas sociales y el Estado como procesador de políticas públicas, sin que ninguno capture al otro.
La hegemonía colorada, por lo tanto, no se clausura sino que se regula, y esa regulación, que los artículos describen en términos de crisis y que aquí son leídas como funcionamiento, constituye la verdadera novedad del actual momento paraguayo, caracterizado por un sistema donde el vacío es un mecanismo concreto, donde la diferenciación entre partido y Estado opera como diferenciación funcional y no como tensión, y donde la oposición tiene por delante el desafío de aprender, finalmente, que la unidad puede ser resultado de la acción política en disputa y no su premisa previa.
Estas regularidades no son leyes de hierro de ningún tipo, sino que obedecen a una determinada estructura social que se encuentra en transformación, por lo que la incógnita está abierta a irrupciones que instauren nuevas coyunturas donde el sistema político mismo, con sus reglas formales e informales, pueda cambiar y poner a prueba la histórica adaptabilidad del coloradismo.
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UPTP organiza conversatorio internacional sobre geopolítica, tecnología y democracia
La Universidad Politécnica Taiwán–Paraguay (UPTP), con el respaldo de la Secretaría Nacional de la Juventud (SNJ), anunció la realización del conversatorio internacional denominado “Geopolítica, Tecnología, Seguridad Hemisférica y Democracia”, un espacio orientado al análisis de los principales desafíos que configuran la agenda regional y global.
El evento contará con la participación de destacados expertos internacionales, entre ellos el Dr. Luis Noguerol, la senadora colombiana Paola Holguín y el politólogo Carlos Augusto Chacón, quienes abordarán temas vinculados a la ciberseguridad, la influencia de actores autoritarios y los retos legislativos para la defensa de la democracia.
La actividad se desarrollará el viernes 10 de abril, a partir de las 17:30 horas, en el Salón de Convenciones del Banco Central del Paraguay, consolidándose como un punto de encuentro para el intercambio académico y el debate informado.
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El acceso al conversatorio será libre y gratuito, y los participantes podrán acceder a una certificación oficial, otorgada conjuntamente por la SNJ y la UPTP, con el objetivo de incentivar la formación ciudadana en temas de relevancia internacional.
Desde la organización destacaron que esta iniciativa forma parte del compromiso institucional de la UPTP con la promoción de espacios de diálogo académico, fomentando una mirada crítica e interdisciplinaria frente a los desafíos contemporáneos en materia de política, tecnología y gobernanza democrática.
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Oficialismo monitorea gestión y aplica medidas correctivas en el “segundo tiempo” del Gobierno
El senador colorado Silvio Ovelar sostuvo que el oficialismo cuenta con sus herramientas de evaluación de la gestión de gobierno. Aseguró que constantemente están monitoreando los aciertos y errores, porque la suerte del Partido Colorado, como también del movimiento Honor Colorado, depende del éxito de este gobierno del presidente Santiago Peña.
Este martes el legislador mantuvo una charla con varios medios de prensa en los pasillos de la Cámara Alta, donde le preguntaron sobre supuestas fragmentaciones dentro del oficialismo porque algunos referentes cuestionaron algunos aspectos en la administración del Gobierno.
A lo que el parlamentario respondió asegurando que en democracia las disidencias internas son importantes para hacer evaluaciones y correcciones en la gestión de un gobierno. “El movimiento de Honor Colorado sigue bastante cohesionado. El hecho que don Horacio hoy no esté yendo al partido no significa que no haya un esquema y un organigrama bien establecido y los debates siempre se van a ver”, aseguró.
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Asimismo, enfatizó que, no existe quiebre interno, sino que existen medidas correctivas. En ese sentido, puso como ejemplo el cambio en la cúpula Policial Nacional, señalando que desde hace tiempo se venía diciendo que el comandante tenía que ser otro.
“Hoy Riera tomó la decisión correcta, lo llevó (al excomandante Carlos Benítez) como viceministro, como un articulador, donde desempeñará una mejor función; porque en el terreno necesitábamos a alguien con mayor operatividad. Y era algo que ya veíamos diciendo desde hace un tiempo. Estamos en el segundo tiempo y se están tomando las medidas correctivas”, explicó.
Articulador natural
No obstante, el senador Ovelar señaló que es necesario hacer estas evaluaciones objetivas de la gestión del gobierno; y en ese sentido, destacó al propio vicepresidente de la República, Pedro Alliana, ya apuntó algunos cuestionamientos a referentes importantes del Gabinete.
“Esto no significó una confrontación con el presidente de la República. La relación que hoy mantienen Santiago Peña y Pedro Allende es óptima, es más, muchas veces cuando el presidente no está en el país y la conducción queda a cargo del vicepresidente de la República, él tiene la potestad incluso de destituir”, acotó.
Agregó que, de hecho, el vicepresidente Alliana es un político que tiene una mejor lectura en el terreno. “Él es un articulador natural, no solo con el Congreso de la nación, sino también con los gobernadores, con los intendentes y él tiene una lectura muy fina de lo que está ocurriendo en el país”, concluyó.
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