A 139 años de fundación, el Partido Nacional Republicano ha manifestado nuevamente su compromiso democrático. Un espíritu que se sustancia en la serena reflexión y el razonamiento juicioso.
Sin que ello implique negar la presencia de elementos díscolos que ambicionan ganar notoriedad por medio de los ánimos destemplados, la afrenta y la injuria.
No es necesario ser intelectualmente muy despierto para entender que un presidente de la República no puede pretender permanecer inmune a las eventuales críticas que puedan provenir de las autoridades del partido político al que representa en el poder.
En una sociedad abierta es una actitud normal, hasta, diríamos, moralmente obligatoria para subrayar las debilidades o errores del Ejecutivo –como sería nuestro caso– con el saludable ánimo de corregir los desaciertos y perfeccionar los procedimientos correctos.
Callar por una mal entendida solidaridad no solo sería perjudicial para los sectores más necesitados del país, sino que pondría en serio riesgo las posibilidades electorales a futuro de la asociación partidaria que los une.
El reiterado pedido del titular de la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana, Horacio Cartes, al presidente de la República, Santiago Peña, sobre la urgencia de mejorar el sistema de salud pública, en realidad, es el eco de los reclamos cotidianos de la gente de la calle. El exmandatario del periodo 2013-2018 formuló su llamado con un tono comedido y prudente, pero no por ello carente de fuerza: “El Partido Colorado tiene una responsabilidad histórica con nuestra gente: escucharla, comprender sus necesidades y dar respuestas concretas. Por eso, exhorto respetuosamente al presidente de la República a que ponga a la salud pública entre las prioridades centrales de su gestión”. Añadió con el mismo acento: “Reconocemos el esfuerzo del Gobierno y las restricciones que enfrenta, pero la salud no puede esperar. Es un derecho esencial y un deber irrenunciable del Estado”.
Con estas palabras, Cartes retoma la línea social del coloradismo histórico, entendiendo, así como lo hizo Natalicio González a mediados del siglo pasado, que “el Estado es la objetivación más sublime de la solidaridad social” y que esa “solidaridad social es el fundamento de la libertad”.
Esta posición de Cartes no debe interpretarse como “un quiebre” o “un distanciamiento” entre la Junta de Gobierno y el Poder Ejecutivo. Son instancias diferentes, con funciones distintas. No están obligadas a convivir en un permanente estado de maridaje perdiendo sus respectivas identidades y capacidades. Durante muchos periodos, incluso ya en este proceso democrático, podíamos observar cómo la autoridad partidaria perdía autonomía y se subordinaba complemente al inquilino del Palacio de López.
Esa ausencia absoluta de planteamientos críticos, y la consabida autocrítica, fueron minando la fuerza interior del Partido Colorado hasta desembocar en 2008 en su primera derrota electoral en 60 años de hegemonía.
La asociación política fundada por el general Bernardino Caballero, de esta manera, fue cayendo en un destructivo anquilosamiento, atrofiando sus músculos dialécticos, al imponerse la voz de una persona por encima de los intereses institucionales, hasta conocer los rigores de la llanura. Hoy, esa misma Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana tiene una mirada escrutadora sobre la gestión de gobierno, pero sin caer en las tentaciones de los insultos y los agravios. Son críticas reflexivas, maduras, con intención de cooperar y mejorar, y no de destruir.
En los comicios generales de 2023, de hecho, el pueblo se hartó de los discursos hostiles y pendencieros que nada aportan para la construcción de una democracia sustantiva, que no se agota en las formalidades de administrar el poder, sino que se proyecta al porvenir con días mejores para todos.
También el vicepresidente de la República, Pedro Alliana, respondió con sensatez y dominio propio a las provocaciones de romper con Santiago Peña, distanciándose, según argumentaban sus incitadores, de “los fracasos y la ineficiencia” de varios de los ministros del Ejecutivo.
Esa fue una vieja práctica del pasado. A poco de concluir el mandato de los jefes de Estado en ejercicio, muchos se apartaban de sus antiguos compañeros tratando de obtener réditos políticos en las elecciones que se aproximaban.
Pero en tiempos de una red multiplicada de información y comunicación esas tácticas ya no funcionan. Apenas sirven para descalificar a sus promotores desde la perspectiva ciudadana.
El mensaje final de Cartes fue contundente, recogiendo los antiguos paradigmas de los intelectuales del Partido Colorado: “Ante todo el partido, sobre el partido, la patria”.
“La indisciplina de unos pocos no puede poner en riesgo el esfuerzo de millones”, remarcó, al tiempo de hacer indirecta alusión a una conocida frase de Pedro Pablo Peña: “La tradición es la herencia que recogemos del pasado y la proyectamos acrecentada al porvenir”.
Así se conjuga una vigente expresión de Ricardito Brugada: “El Partido Nacional Republicano es, al mismo tiempo, tradición y renovación”. Después del 4 de octubre habrá mucho que analizar en cuanto a liderazgos y su forma de ejercerlo. Por de pronto, el Partido Colorado, institucionalmente, consolidó su espíritu democrático y su vocación de la unidad en la diversidad.