- Por Benjamín Livieres
- Analista político
La destitución de Carlos Fernández Valdovinos como ministro de Economía es, sin dudas, el cambio más relevante que se haya producido en el gobierno de Santiago Peña. Estaba “cantado”, dirán algunos con cierta razón, tanto por los errores cometidos por el ex hombre fuerte del Ejecutivo, que no fueron pocos, como por ciertos resultados de su gestión que dejaron de ser motivo de celebración. Lo importante a saber es si su salida traerá aparejado –o no– un cambio en el rumbo de la política económica implementada por el MEF, a lo que se refirió en términos muy generales el jefe de Gabinete, Javier Giménez, cuando comunicó su relevo.
La “economía de guerra” y el “ajuste de cinturones” anunciados por Fernández probablemente marcaron el final de su ciclo. Nunca supimos el real contenido de tamaños titulares que atemorizaron a propios y extraños. Sus explicaciones fueron cambiando de foco, a la par de los cuestionamientos recibidos. Trató de explicar que la economía gozaba de buena salud, que el problema estaba concentrado en el fisco, que la baja cotización del dólar afectó negativamente las recaudaciones y un largo etcétera que se resumía en un tema muy concreto: no contaba con el dinero necesario para honrar las deudas con los proveedores del Estado, ni para ejecutar el presupuesto tal como se había establecido. En otras palabras, el problema era su cartera, sea por falta de previsión o por incapacidad de generar nuevas políticas para encarar dichas contingencias.
Pero este fue solamente el último capítulo de la historia, que exacerbó tensiones precedentes, como las ocasionadas por las deudas acumuladas con las farmacéuticas por más de 1.000 millones de dólares y a las empresas constructoras por otros 360. Una verdadera locura difícil de explicar en el contexto de una economía que viene creciendo a ritmos importantes, que obtuvo el grado de inversión, que mantiene a raya los índices inflacionarios, que paga religiosamente los servicios de la deuda externa, abaratados por cierto a raíz de la depreciación del dólar. En suma, una realidad económica positiva que le permitía a Fernández hacer uso de diversas herramientas financieras para cumplir con los acreedores, pero claro, eso elevaría el déficit fiscal por encima del 1,5 %; algo a lo que nunca estuvo dispuesto.
Si a esto sumamos el desgaste político que representó para el exministro el tratamiento de la reforma de la Caja Fiscal, su suerte estaba echada.
¿Y ahora qué? Javier Giménez, al informar la decisión adoptada por Peña, refirió que “este segundo tiempo (del mandato) requiere de habilidades y competencias muy específicas”, pero no dijo cuáles ni menos aún para qué fines. No obstante, sus acotadas expresiones pueden interpretarse como la intención del Gobierno de introducir cambios en materia de política económica, lo que deberá explicar con precisión el ministro que sea designado por el presidente.
Por lo pronto, las expectativas en un giro de timón en el MEF son grandes. Y este comprende desde el pago de la enorme deuda con los proveedores y contratistas del Estado, porque corresponde y por sus implicancias económicas y sociales, hasta la reanudación de las inversiones públicas, especialmente aquellas que redundan en la generación de empleo y alcanzan a los sectores más vulnerables.
Ni “economía de guerra”, ni “ajuste de cinturones”. El Paraguay necesita avanzar por la senda del desarrollo, que no es otra cosa que crecimiento económico más bienestar de la población.