La embajada de la República de China (Taiwán) en Paraguay emitió un comunicado mediante el cual expresa su rechazo hacia las declaraciones del representante de China Popular en la Asamblea de la Organización de los Estados Americanos (OEA), quien alegó que Taiwán es una parte indivisible de China.
“Condena enérgicamente y protesta contra la falsa declaración del representante de la República Popular China en las sesiones de la 54ª Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos. La embajada reitera firmemente que la República de China (Taiwán) es un país independiente y soberano”, expresa el escrito.
La embajada de Taiwán también dejó en claro que no acepta que ningún país viole su soberanía con declaraciones que consideran inaceptables. “No existe un consenso sobre el así llamado principio de una sola China. La República Popular China no ha gobernado ni un solo día en Taiwán”, asevera el comunicado.
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Asimismo, Taiwán dejó en claro que ningún país tiene el derecho a negar la existencia de esta nación a través de expresiones tergiversadas sobre el estado de soberanía de esta isla asiática. La embajada también recordó a la comunidad internacional que Taiwán es un socio responsable.
“Con una democracia vibrante y una fuerza para el bien. La República de China (Taiwán) seguirá trabajando junto con países aliados y amigos para avanzar hacia un mundo más próspero”, culmina el pronunciamiento de la sede diplomática que fue difundido en la noche del 28 de junio en sus redes sociales.
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Inversión de Nvidia en Taiwán crece a USD 150.000 millones al año
Nvidia aumentará su inversión en Taiwán a 150.000 millones de dólares al año, anunció este miércoles el director ejecutivo del gigante estadounidense de los semiconductores, quien describió a la isla como el “epicentro de la revolución de la IA”. Jensen Huang, jefe de esta empresa considerada la más valiosa del mundo, dijo que “Taiwán está en pleno auge” y que la inversión de Nvidia “impulsará un ecosistema increíble aquí”.
Taiwán es una potencia en la fabricación de microchips utilizados para entrenar e impulsar sistemas de inteligencia artificial, y es la sede de los gigantes de la producción de chips TSMC y Foxconn. “Hace cuatro años, hace cinco años, Nvidia gastaba alrededor de 10.000 o 15.000 millones de dólares al año en Taiwán”, dijo Huang en Taipéi, donde la empresa está construyendo una nueva oficina.
“Ahora, estamos gastando entre 100.000 y 150.000 millones de dólares al año en Taiwán”, señaló. La economía de Taiwán se disparó el año pasado gracias al aumento vertiginoso de las exportaciones de hardware de IA, un sector que está en auge en todo el mundo.
El dominio de esta isla democrática en la industria de los chips ha sido apodado por años como el “Escudo de silicio”, que incentiva que países como Estados Unidos la protejan de una invasión o bloqueo por parte de China, potencia que la reclama como parte de su territorio. Huang se encuentra en Taipéi antes de la principal feria tecnológica de la isla, Computex, que se celebra la próxima semana.
Fuente: AFP.
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Taiwán, la isla sin voz
DESDE MI MUNDO
- Por Mariano Nin
- Columnista
- marianonin@gmail.com
Hace unos años, en una madrugada húmeda de Taipéi, terminé sentado en una pequeña casa de té al costado de una estación de metro.
Afuera llovía suave.
Yo estaba cansado. Venía de caminar todo el día grabando imágenes y entrevistando gente. En una mesa cercana, un anciano tomaba sopa mientras miraba las noticias en una vieja televisión colgada en la pared. No entendía una sola palabra del idioma, pero sí entendí una imagen: hospitales, médicos, pantallas gigantes, gráficos, tecnología.
La mujer que atendía el local, una señora de sonrisa tímida, me preguntó de dónde era. Cuando le dije “Paraguay”, abrió grande los ojos y respondió en un inglés entrecortado: “Taiwán ama Paraguay”.
Sonreí.
Después me mostró orgullosa en su celular cómo funcionaba el sistema de salud de su país. Sacó una tarjeta sanitaria digital, habló de consultas a distancia, de inteligencia artificial detectando enfermedades, de médicos conectados entre ciudades y montañas.
Pero en un momento bajó la voz. “El mundo usa muchas cosas de Taiwán… pero a veces hace como si no existiéramos”. Esa frase me quedó dando vueltas en la cabeza porque era verdad.
Vivimos en un planeta donde millones usan teléfonos, computadoras y tecnologías creadas gracias al talento taiwanés. Un país pequeño, ordenado, moderno, con una de las democracias más avanzadas de Asia y uno de los sistemas sanitarios más eficientes del mundo.
Hoy, gracias al crecimiento exponencial de la inteligencia artificial y a la enorme demanda global de semiconductores, la bolsa de valores de Taiwán ya superó a la de India y se convirtió en la quinta más grande del mundo.
Una pequeña isla que fabrica gran parte del cerebro tecnológico del planeta… pero que todavía sigue siendo invisibilizada en muchos espacios internacionales.
“Y aun así, Taiwán lleva diez años fuera de la Asamblea Mundial de la Salud.”
Diez años.
Mientras el planeta habla de cooperación, inclusión y derechos universales, 23 millones de personas siguen siendo excluidas por presión política. Y lo más absurdo es que Taiwán no pide privilegios. Pide participar. Compartir experiencia. Ayudar.
Durante la pandemia muchos países aprendieron tarde lo que Taiwán ya sabía desde hace tiempo: la tecnología salva vidas cuando se usa con inteligencia y humanidad.
Ellos entendieron antes que otros que el futuro de la medicina también pasa por la inteligencia artificial, el big data y la conectividad. Hoy tienen hospitales inteligentes admirados por el mundo entero, sistemas digitales que llegan hasta zonas rurales y plataformas médicas que varios países quisieran imitar.
Sin embargo, hay silencios diplomáticos que pesan más que la evidencia. A veces la política internacional se parece demasiado a un recreo de colegio: algunos deciden quién puede sentarse en la mesa… y quién debe quedarse afuera aunque tenga algo importante que decir.
“Aquella noche en Taipéi terminé mi té mirando la lluvia detrás del vidrio empañado”.
Y pensé: qué extraño es este mundo.
Los países que sostienen gran parte del futuro tecnológico del planeta todavía tienen que pedir permiso para ser escuchados y el mundo debería prestar atención…
Pero esa… es otra historia.
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Paraguay en la era IA: “El acuerdo con Taiwán tendrá un impacto mayor a lo que fue Itaipú”
“Nuestra visión como gobierno es que este acuerdo tendrá un impacto mayor a lo que fue Itaipú en su momento", manifestó el titular del Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicación (Mitic), Gustavo Villate, en torno a la iniciativa de convertir al Paraguay en un centro regional de desarrollo tecnológico vinculado a la inteligencia artificial y la infraestructura digital.
“Esa es la visión que tenemos nosotros y la que tenemos que instalar en la ciudadanía, porque esto no funcionará si no tenemos su respaldo. Este es un proyecto que debe ser empujado entre todos. Decimos que esto será mayor a lo que fue Itaipú porque en este caso en particular, el impacto que está teniendo la inteligencia artificial a nivel mundial en todas las áreas, en todos los trabajos es demasiado grande", afirmó durante el programa “Fuego cruzado” de canal GEN/Nación Media.
El alto funcionario de Estado acotó: “Es ahí donde nosotros tenemos que ver si como Paraguay vamos a ser consumidores de eso (inteligencia artificial) o vamos a ser productores y hacedores. Como país tenemos la posibilidad de no ser simplemente consumidores, sino ser hacedores".
El proyecto que será ejecutado mediante una alianza con Taiwán apunta a la creación de una entidad que será financiada en partes iguales por ambos países y será la única en el mundo que cuente con la participación de una hidroeléctrica.
“Yo creo que hoy no dimensionamos todavía el impacto que va a tener este acuerdo y que probablemente no se vea hasta que en los próximos gobiernos se concrete la fase 2 y 3. Esto no solo tendrá un impacto económico, en términos de negocios o en la geopolítica, sino que generará un impacto real en la vida de los ciudadanos”, remarcó Villate.
El desarrollo del centro de inteligencia artificial se estructurará en tres fases escalonadas y tendrá como finalidad posicionar al país como destino en lo que se refiere a inversiones tecnológicas de alto valor agregado, mediante las ventajas competitivas en materia energética, estabilidad macroeconómica y apertura internacional, dando un paso clave a una economía basada en tecnología, procesamiento de datos e innovación avanzada.
En la primera fase se instalará un centro de datos de 10 megavatios mientras que en la segunda fase se apunta a un enfoque regional con una capacidad de 100 megavatios. En la tercera fase se proyecta alcanzar una capacidad operativa de 1.000 megavatios.
“Económicamente no hay forma de decir que este proyecto no se debe hacer. La pregunta acá es, ¿vamos nosotros realmente a potenciar el país, nuestras industrias, el empleo y el producto interno bruto? Ese es el desafío que tenemos y la apuesta va por ahí“. .
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Sueño enjaulado: China Popular y su obsesión por el Pacífico
- Juan Carlos Dos Santos G.
- X:@juancads
- Fotos: Archivo/Gentileza
El reloj ya corre. China Popular tiene una fecha marcada en rojo: 2049. Para entonces, se propone haber “reunificado” a Taiwán y desplazado a Estados Unidos como potencia dominante del Pacífico. Pero entre la ambición y la realidad se interpone un archipiélago de islas que funciona como una cadena invisible, y Beijing sabe que debe romperla.
No se puede entender a China Popular sin comprender cómo su política interna dicta su proyección externa y tampoco se puede obviar al objetivo que tiene fecha de caducidad. El 2049 es el límite para la “reunificación” con Taiwán y el desplazamiento de Estados Unidos como superpotencia dominante en la región del Pacífico.
El primer “objetivo” no puede esperar hasta el 2049. China Popular posiblemente ya inicie desde el 2027 la cuenta regresiva para lo que ellos llaman “reunificación”, algo que podría suceder por la vía política o, bien, por la fuerza.
Pero China tiene un gran obstáculo geográfico, aunque parezca increíble para estos tiempos de interconexión digital y globalidad comercial, y se llama Primera Cadena de Islas.
Este atolladero de islas que comienza en Japón se extiende hasta las islas del sur, como Okinawa, continúa en Taiwán y cierra con el archipiélago de Filipinas, encierra a China y deja al mar Meridional como un lago interno del cual no puede moverse con libertad ni su área de influencia.
LIBERTAD SIN CONTROL
El gran objetivo es romper esa cadena y salir sin ser controlado al Pacífico y, de allí en más, China cambiará su mirada hacia la Segunda Cadena de Islas, la última frontera que permite hasta hoy ser la potencia dominante a los Estados Unidos.
Este pensamiento estratégico fue concebido por Deng Xiaoping, el arquitecto del sistema, el avance y el crecimiento actual de China Popular y es Xi Jinping, su actual líder, el ingeniero que lo está llevando a la realidad.
Deng entendió, tras el caos de la Revolución Cultural de Mao Zedong, que China no podía proyectar poder hacia el exterior si primero no se convertía en un gigante económico.
Su doctrina se resumió en una famosa máxima que guió a la política exterior de Beijing durante tres décadas: “Ocultar la brillantez, cultivar la oscuridad”. En decir: crecer en silencio, no buscar el liderazgo global antes de tiempo, evitar confrontaciones directas con Washington y, sobre todo, asimilar la tecnología y el capital de Occidente.
LA LECCIÓN DE HONG KONG
Bajo este manto de calculada sumisión, Deng diseñó el armazón de la China moderna. Supo que la dependencia logística y la vulnerabilidad geográfica eran los talones de Aquiles del país. La lección de Hong Kong en 1982 –donde demostró que controlando los recursos vitales como el agua se podía doblegar a un imperio sin disparar un solo tiro– fue el laboratorio de una estrategia mayor. Deng sembró las bases económicas para que China pudiera, eventualmente, construir la llave de paso de los mares que hoy la encierran.
Pero el tiempo de la oscuridad cultivada terminó. Con la llegada de Xi Jinping al poder en 2012, el libreto de Deng Xiaoping sufrió una metamorfosis radical. Xi archivó la discreción y la reemplazó por el “sueño chino”, la doctrina oficial que busca el “gran rejuvenecimiento de la nación”. Este concepto no es una mera consigna propagandística para el consumo interno; es un plan de operaciones con objetivos militares y soberanos explícitos. El “sueño chino” dicta que el país debe recuperar el estatus de potencia central que el “siglo de la humillación” le arrebató, y eso requiere, obligatoriamente, el control absoluto de sus periferias de seguridad.
ROMPER LA CADENA
Es aquí donde el diseño arquitectónico de Deng y la ingeniería de Xi chocan de frente contra la geografía. Para que el “sueño chino” se concrete de cara al centenario de la República Popular en 2049, la soga que representa la Primera Cadena de Islas debe ser desatada o rota.
Xi Jinping sabe que mientras el estrecho de Miyako en Okinawa, las aguas de Taiwán y los accesos a Filipinas estén vigilados por radares aliados y baterías de misiles demócratas, el sueño de la superpotencia será solo una ilusión enjaulada.
En la próxima entrega detallaremos todo lo relacionado con la Primera Cadena de Islas, su importancia y las consecuencias de una hipotética ruptura.
DENG XIAOPING, UN CAMALEÓN PRAGMÁTICO
Nacido en Sichuan en 1904 y formado en París, fue el arquitecto que transformó a China sin abandonar el control unipartidista. Lejos del carisma de Mao o su espectacularidad militar, Deng fue un pragmático implacable: comprendió que China no podía competir con Occidente por la fuerza bruta, al menos no todavía, y diseñó una estrategia de expansión silenciosa basada en la dependencia logística como arma política.
Demostró que la apertura económica no buscaba libertad individual, sino fortalecer al Estado. Rompió dogmas colectivistas, creó zonas económicas especiales y atrajo inversión extranjera, resumiéndolo en su frase célebre: “No importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que cace ratones”. Occidente creyó que China se democratizaría; el Partido Comunista chino temió una traición capitalista. Ambos se equivocaron.
Deng usó el capitalismo para enriquecer a China y blindar al Partido Comunista. Cuando Tiananmén amenazó esa estabilidad en 1989, ordenó una represión brutal sin dudar. Falleció en 1997 tras crear un híbrido político monstruoso sin precedentes: el capitalismo de Estado, el motor que le daría a Xi Jinping la confianza para reclamar el control del Pacífico.