Tania Riline
Directora General de Financiamiento e Inversión para MIPYMES- Ministerio de Industria y Comercio – Paraguay
Durante mucho tiempo, hablar de mujeres en posiciones de liderazgo se presentó como una cuestión de equidad. Pero quizás la conversación correcta sea otra. No se trata solamente de lo que es justo. Se trata también de lo que conviene.
Según el informe Women in Politics 2025 de ONU Mujeres y la Unión Interparlamentaria, las mujeres ocupan apenas 27 % de los escaños parlamentarios en el mundo, y solo 26 países tienen actualmente una mujer como jefa de Estado o de Gobierno.
Durante siglos, gran parte de las decisiones que definieron economías, sociedades y conflictos fueron tomadas principalmente por hombres. Esa es simplemente la realidad histórica sobre la cual se construyó el mundo que conocemos hoy. Pero la evidencia también muestra algo más.
En distintos ámbitos -desde la gestión empresarial hasta el sistema financiero- el liderazgo femenino ha demostrado resultados consistentes en estabilidad, sostenibilidad y gestión responsable de los recursos.
Estudios citados por el Banco Mundial muestran que las mujeres empresarias presentan hasta 21 % menor probabilidad de incumplimiento en créditos, mientras que sus tasas de repago pueden ser hasta 17 puntos porcentuales superiores. No es casualidad que cada vez más instituciones financieras identifiquen a las mujeres como uno de los segmentos con menor riesgo crediticio y mayor estabilidad financiera.
En Paraguay, los datos también cuentan una historia interesante.
El último boletín de formalización del Viceministerio de Mipymes del Ministerio de Industria y Comercio, señala que el 66 % de las microempresas del país están lideradas por mujeres. A su vez, datos del Banco Mundial indican que Paraguay registra 63,4 % de empresas con participación femenina en la propiedad, uno de los porcentajes más altos de América Latina.
Esto significa algo muy concreto: el liderazgo femenino ya está profundamente presente en la economía real.
Las mujeres administran escasez, gestionan múltiples responsabilidades al mismo tiempo, sostienen negocios familiares y lideran emprendimientos que generan empleo y actividad económica en comunidades enteras.
Las mujeres no solo participan en la economía, en muchos casos, la sostienen. Pero además hay un elemento que muchas veces se subestima: la fortaleza del liderazgo femenino.
Las mujeres que llegan a posiciones de decisión suelen haber recorrido caminos más exigentes para hacerlo. Ese proceso forma liderazgos particularmente resilientes, con alta capacidad de adaptación, gestión de crisis y visión de largo plazo. En contextos complejos -económicos, sociales o institucionales- esa combinación de disciplina, intuición estratégica y enfoque en resultados se convierte en una ventaja real.
No se trata de estilos opuestos entre hombres y mujeres. Se trata de reconocer que el liderazgo femenino aporta capacidades que enriquecen la toma de decisiones colectivas.
Diversificar el liderazgo no es una concesión, es una forma de mejorar la calidad de las decisiones.
El mundo ya tiene ejemplos claros. Angela Merkel lideró Alemania durante 16 años, convirtiéndose en una de las figuras más influyentes de la política europea contemporánea.
Christine Lagarde, actual presidenta del Banco Central Europeo y ex directora del Fondo Monetario Internacional, participa hoy en decisiones que influyen directamente en la política monetaria de una de las economías más importantes del mundo.
Y desde América Latina, Rebeca Grynspan, secretaria general de UNCTAD, lidera una institución de Naciones Unidas que trabaja en comercio y desarrollo para más de 190 países.
Pero para muchas mujeres que hoy ocupamos posiciones de liderazgo, también existen referentes históricos que marcaron un precedente.
Uno de ellos es Margaret Thatcher, quien en una época en la que la política global era aún más predominantemente masculina demostró que una mujer podía no solo alcanzar el poder, sino ejercerlo con determinación, claridad estratégica y firmeza en la toma de decisiones. Más allá de las distintas opiniones sobre su gestión, su liderazgo abrió camino y demostró que las mujeres podían ocupar espacios de poder real en el escenario internacional.
En lo personal, representa un ejemplo de cómo la convicción, la preparación y la fortaleza en la toma de decisiones pueden redefinir los límites de lo que se creía posible para una mujer en el liderazgo político.
Pero también es importante mirar más cerca.
En Paraguay, mujeres como Stella Guillén, desde la Agencia Financiera de Desarrollo, han instalado una idea poderosa en el debate económico: invertir en mujeres no es política social, es inversión estratégica.
Del mismo modo, Amanda León, al frente del Crédito Agrícola de Habilitación, demuestra que el liderazgo femenino también se traduce en gestión pública con presencia territorial y resultados concretos.
La evidencia ya está sobre la mesa.
Por eso, quizás una de las preguntas más relevantes de nuestro tiempo sea otra.
En un mundo marcado por conflictos, tensiones geopolíticas y decisiones cada vez más complejas, ¿estaríamos viendo exactamente los mismos resultados si más mujeres hubieran participado en esas mesas de decisión?
No como una confrontación entre hombres y mujeres sino como una reflexión necesaria sobre la calidad de nuestras decisiones colectivas.
Porque cuando se amplían las voces en la mesa donde se decide, también se amplía la capacidad de comprender los problemas y encontrar mejores soluciones.
Y quizás uno de los avances más inteligentes de nuestro tiempo sea simplemente este: entender que los desafíos complejos requieren miradas más diversas. No por corrección política, por inteligencia estratégica.