• Por Karina Ríos

Todo transcurrió cuando el presidente del Paraguay era Alfredo Stroessner y Rocke­feller era recibido como parte de su misión diplomática por Latinoamérica. Este llegó al país en junio de ese año y un 9 de noviembre anunciaron la suspensión de dos procesiones.

“En plena resaca de los hechos provocados por la visita de Rockefeller, ocu­rrió un anuncio inesperado y sin precedentes en la his­toria religiosa paraguaya. Monseñor Ismael Rolón, en su carácter de obispo de la dió­cesis de Caacupé, comunicó oficialmente que quedaban suspendidas las procesiones previstas para el 8 y el 15 de diciembre de ese año”, refirió el historiador Ángel Piccinini.

Unas de ellas era la fiesta en honor a la Virgen de Caacupé, celebrada cada 8 de diciem­bre, y la otra fecha el 15, que correspondía a su octava, ambas festividades maria­nas muy importantes para el Paraguay.

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ANTECEDENTES

Previa a esta decisión, hubo una serie de acontecimientos. Entre ellas, un grupo de perso­nas en Asunción se resguar­daron en la iglesia de Cristo Rey, pero las fuerzas policiales irrumpieron violentamente dentro de la iglesia, sacando a los manifestantes e incluso los golpearon frente al altar.

“En una carta, el obispo expli­caba que tomaba esta ‘penosa determinación’ debido a ‘hechos... vejatorios al pue­blo de Dios y a la iglesia, pro­vocados a ciencia y conciencia y por orden de las altas auto­ridades nacionales’. En otras palabras, la Iglesia denun­ciaba que en los días previos el régimen había cometido atropellos contra la comuni­dad católica”, explicó.

Agregó que esta violación de un templo religioso era inimagi­nable en Paraguay y causó una profunda indignación en la feli­gresía y en el clero. Esto pro­vocó la expulsión de varios sacerdotes acusados de “sub­versivos”, entre ellos el jesuita español Francisco de Paula Oliva.

UN GESTO DESAFIANTE

Según Piccinini, tradicional­mente el presidente Stroess­ner, sus ministros y altos mandos asistían y encabeza­ban la procesión de Caacupé, por lo que era un gesto desa­fiante y un castigo privarlos de ese protagonismo.

“En efecto, Rolón práctica­mente le cerró la puerta al dic­tador en la principal festividad religiosa nacional. El mensaje de fondo era claro: no se podía seguir con la normalidad litúrgica como si nada pasara, cuando el régimen estaba pro­fanando templos y persiguiendo a los creyentes”, afirmó.

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