• Por Romina Galeano

La Nación/Nación Media hizo un recorrido por las calles de la capital ita­puense y conoció la historia de algunos de los trabajado­res más antiguos de la zona que mediante el sacrificio diario logran llevar el pan de cada día a sus hogares.

Carlos Morel Rodríguez.FOTO:ROMINA GALEANO

EL PANCHO COBRA DE LA PLAZA

Pablo Ramón Núñez Zacarías, comúnmente conocido como “Pancho Cobra”, es uno de los trabajadores más conocidos de la Plaza de Armas de la ciudad de Encarnación. Ya como su nombre lo identifica, se dedica a la venta de panchos.

Según relata don Pablo, de 60 años, es oriundo de la ciudad de Villarrica, departamento de Guairá. Desde su niñez se dedicó al trabajo ambulante, se inició vendiendo helados, pero al mudarse a la ciudad de Encar­nación tuvo que cambiar de producto: “En el año 78 la venta de helados ya no era rentable y la empresa Helados Brasil, donde prestaba mis servicios como vendedor, cerró. Mi patrón en ese entonces como liquidación me compró un carrito chico y mercaderías para vender los panchos. Fui el primer vende­dor callejero del rubro”.

Su amabilidad y cordialidad es una de las virtudes que carac­terizan a don Pablo, es así que fue ganando el respeto y la aceptación de los clientes, pues de vender solo a turistas, pasó a ser el vendedor de panchos más conocido y de confianza de la gente.

El 18 de diciembre de 1978, siendo las 16:00, don “Pan­cho Cobra” se iniciaba en este rubro, con el que pudo ayu­dar a mantener una familia de cinco hijos (dos varones y tres mujeres). Contra todo pro­nóstico, con una enorme som­brilla, su carrito, su olla car­gada de salchichas hirviendo en salsa, unos frescos panes y su enorme sonrisa, desde hace 44 años, en el mismo lugar de siempre y tras haber pasado una pandemia, el vendedor vitalicio de la Plaza de Armas espera a los clientes desde las 10:00 hasta las 22:00. Y como es habitual, este año celebrará su aniversario rebajando al 50% cada “Pancho Cobra”.

Pablo Ramón Núñez Zacarías, comúnmente conocido como “Pancho Cobra”, es uno de los trabajadores más conocidos de la Plaza de Armas.FOTO:ROMINA GALEANO

LA ABUELITA QUESERA

Ella es doña Ceci Granelli, de 76 años de edad, oriunda del distrito de Cambyretá, que junto con su compañero de vida, don Julio Acosta Duarte, de 82 años, se dedi­can a la venta de queso fresco en la ciudad de Encarnación.

Hacia 1970 se iniciaron con la venta de queso fresco en la Feria Vieja de Encarnación, era el antiguo mercado muni­cipal que quedó bajo agua tras el subembalse de la entidad Yacyretá, al igual que cientos de comercios de la ex Zona Baja. Doña Ceci y don Julio, con este local, lograron criar a tres hijos, quienes siempre se demostraron muy orgullosos de sus padres.

Hace más de 50 años que doña Ceci se dedica en el rubro y es la vendedora más conocida de la feria municipal La Pla­cita. Desde las 4:00 ya abre su comercio hasta las 18:00. Ofrecen, además de queso, harina de maíz elaborada por ellos mismos, grasa de cerdo, miel, huevo, entre otros pro­ductos muy tradicionales.

Lo que caracteriza del queso que venden es que es un queso hecho de leche de vaca de Para­guay, elaborado a partir de la “cuajada” (preparado que se logra de la mezcla de leche pura con el “cuajo”, parte del tubo digestivo de ciertos rumiantes que segrega, durante la diges­tión del animal, ácido lácteo), que generalmente no lleva sal y que como se fabrica con leche “entera” (no descremada o sin grasa), deviene en muy cremoso y nutritivo. Posee una masa blanda y un sabor un poco ácido, y tiene una vida útil aproximada de 45 días.

Doña Ceci Granelli.

EL SEÑOR DE LA COMBI

Otro de los trabajadores icó­nicos de la ciudad de Encar­nación es Carlos Morel Rodrí­guez, de 70 años de edad, que se dedica a la venta de comida rápida desde hace 40 años a bordo de su combi, en inme­diaciones a la Terminal de Ómnibus.

Todo se inició hacia 1970, cuando Carlos Morel tra­bajaba para un copetín ven­diendo todo tipo de comida rápida y, en consecuencia de su salida del lugar, se decidió a emprender en el mismo rubro, ya por su propia cuenta. Fue así que tras recorrer por las calles de Encarnación a bordo de su vehículo, finalmente se asentó en cercanías de la Ter­minal de Ómnibus pescando por los pasajeros y comercian­tes de la zona. Poco a poco, don Carlos, “el de la combi”, fue ganando clientes y llegó a vender más de 500 empana­das por día.

“Mi señora y mis hijas se levan­tan a las 4:00 todos los días para preparar las empanadas de pollo y de carne, también los sándwiches de milanesa de carne, de pollo, de verdu­ras y de jamón y queso. Y en mi caso, desde las 7:00 estoy en mi puesto como hace 30 años”, detalla don Carlos.

Además de contar con muchos clientes, don Carlos, en su faceta de vendedor, logró unir muchos lazos de amistad, sir­viendo la empanada y un vaso de refresco para aplacar el ape­tito mañanero.

Edilburga Ramírez se mantiene firme trabajando en su local de venta de polleras de danza, typói y otras mercaderías dentro de la feria municipal.FOTO:ROMINA GALEANO

LA ABUELITA DE LAS POLLERAS

La Nación también visitó a una de las confeccionistas más antiguas de Encarna­ción, ella es la señora Edilburga Ramírez, de 82 años.

“El trabajo dignifica”, son las palabras que menciona doña Edi, mientras sostiene en la mano una aguja, el hilo y un typói blanco. A pesar de su avanzada edad, y las enferme­dades que acarrea, esta señora se mantiene firme trabajando en su local de venta de polleras de danza, typói y otras merca­derías dentro de la feria muni­cipal de Encarnación. Señaló que por día termina unas 3 polleras de danza confeccio­nadas por ella sola.

Desde sus 20 años se dedica en el rubro de la confección de alta costura, bordado y venta de prendas de vestir, y con todo ese trabajo logró criar a 2 hijos, se convirtió en abuela de 3 nie­tos y 2 bisnietos que llenan su corazón de amor.

Doña Edi, la modista, a sus 82 años, sigue manteniendo el mismo espíritu de trabajo, a pesar de que sus hijos preferi­rían que se quede a descansar en su hogar. “Siempre le pido a Dios que me dé más vida y salud porque quiero seguir trabajando”, finalizó. Estos son algunos de los trabajado­res más antiguos y conocidos de la ciudad de Encarnación, que lograron atravesar una pandemia y hoy contar su his­toria. No hay dudas que estas personas, con años de trabajo sobre sus hombros, nos dejan este claro mensaje de que el trabajo da vida, mantiene a la sociedad activamente eco­nómica y además dignifica al hombre.

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