DESDE LA FE

Por Mariano Mercado

“Querido amigo: hace poco más de dos mil años y después del largo y duro camino de mi espera, nací del seno de una madre tierna, hermosa, humilde, llena de fe, valiente, cariñosa, que me mecía en sus brazos, y con un padre ejemplar que aceptó con confianza los designios de Dios y supo guiarme y educarme con amor y paciencia.

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Hoy, de nuevo, se recuerda esa fecha. Supongo que como es habitual, se hará una fiesta para mí. Veo que desde hace semanas te vienes preparando con mucha emoción, adornando la casa para celebrar mi cumpleaños, mi nacimiento, donde nos vamos a reunir y pasarla muy bien, disfrutando todos juntos de la familia y de los amigos. Saber que me tienes presente me produce mucha alegría.

Aunque debo decirte que me duele un poco advertir que no todos saben de qué se trata realmente la Navidad. Cada año, al llegar mi día, muchos celebran alegremente en mi nombre; sin embargo, se olvidan por completo de mí, y aunque estoy ahí presente, ignoran mi presencia. Observo acciones que se alejan de la festividad y me aflige sentir que no siempre renazco en sus corazones.

Se come, se bebe, se intercambian obsequios, todo meramente material, una banalidad y vanidad, olvidando la esencia misma de la celebración. No hay regalos para mí. ¿Por qué? ¿Será que no me encuentran físicamente? Si solo basta con abrir las puertas y ventanas de par en par, o salir a la calle para encontrarme, pues estoy en cada hombre sediento o deseoso de un trozo de pan, en cada niño descalzo, en cada mujer que hace frente a las adversidades, estoy con el anciano que se siente abandonado y el prójimo abatido, que tan solo necesitan ser escuchados y abrazados. Estoy en todos lados, estoy en todos y con todos los que más necesitan.

En esta Navidad me gustaría que se entregaran por completo, que se sumergieran en la auténtica magia de su significado. Quiero que la Navidad tenga un sentido profundo en sus corazones. Quiero nacer en cada corazón, ser la luz, para que cada ser humano se llene de gozo y sienta el amor puro que les tengo. Quiero tener un lugar en los hogares, nacer en cada familia que, como la mía, se esfuerza por ser ejemplo de unidad y amor fraternal, glorificando, con sus obras, a mi padre Dios.

Confía y abandónate en mí, no temas. Feliz Navidad. Tu amigo, el cumpleañero Jesús”.

Imaginen que todos recibiéramos una carta como esta. Pese a los duros momentos que estamos pasando y, por supuesto, manteniendo las distancias correspondientes, no es malo disfrutar de una buena cena en compañía de nuestros seres queridos, incluso alegrarnos por los regalos que recibimos y que rememoran de alguna manera los recibidos por Jesús de parte de los Reyes Magos. Sin embargo, como cristianos, no podemos limitarnos a que la Navidad se reduzca en gran medida a esto, al materialismo.

Como cristianos debemos reflexionar profundamente y no dejarnos arrastrar por el materialismo actual. Jesús es fuente de verdadera vida y nos la da en abundancia. La Navidad es un acontecimiento maravilloso, sumamente transcendente en su significado, es el nacimiento a una vida nueva, en ese “establo” interior y espiritual. Generalmente preparamos el pesebre, pero no practicamos la empatía con los protagonistas.

Imaginemos ese momento del proceso de parto y no tenían un lugar apropiado para el nacimiento de Jesús, seguramente se sentían discriminados, rechazados; sí, el salvador fue rechazado desde su mismo nacimiento y luego perseguido. Pero ese hecho es un gran mensaje para la humanidad y el cristianismo principalmente. Venimos desnudos, sin nada; nos vamos sin nada.

Jesús nace en Belén, como así espera nacer también en nuestros corazones. Es Navidad, no vanidad.

¡Muy feliz Navidad a todos!

Etiquetas: #Navidad#vanidad

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