DESDE LA FE
Por Mariano Mercado
Desde los inicios de la iglesia, la misión de Jesús y los primeros discípulos ha sido mostrar la luz, el camino, el sentido de fe por el cual avanzar hacia la verdad: transmitir la Palabra. Este camino no es fácil y casi siempre se recorre en medio de la luz y la oscuridad, tener los ojos abiertos no siempre es sinónimo de ver.
Hacer llegar el mensaje del Padre para encontrar el camino y madurar como cristianos, es un apostolado, una auténtica experiencia personal, una conversión espiritual a la que somos llamados. Por eso la tarea de ser catequistas también recae sobre los padres, son los primeros catequistas.
Dios nos conoce, nos ama y nos cuida desde antes de nacer. Jesús, durante su misión evangelizadora, tuvo muchos discípulos, la gente lo seguía, lo escuchaba. Pero eligió a doce apóstoles, a quienes envió a anunciar su Palabra para la conversión de los hombres. La fe cristiana exige ser conocida, celebrada, vivida, compartida y anunciada. Estas son las acciones fundamentales de la tarea evangelizadora. «Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré, te nombré profeta de los gentiles…» (Jer. 1. 5-9).
Sin embargo, no debe limitarse a los que ya profesan la misma fe. «Vayan a las ovejas perdidas del Pueblo de Israel», dijo Jesús. Bueno, pues esta es la misión de todo laico convencido, de todo catequista comprometido: Buscar, transmitir, instruir y acompañar. ¡Qué gran tarea!
En tiempos de gran temor y desesperanza, de profundas crisis de fe, la tarea evangelizadora se torna aún más difícil, porque también, en ocasiones, como todo ser humano, los catequistas, pueden atravesar momentos de aflicción, circunstancias cruciales que sacuden las bases de su fe. Tal como el mismo Pedro, que, pese a ser el más ferviente apóstol, negó a Jesús, tres veces. … Y nosotros, ¿cuántas veces negamos a Jesús? … Y aun, con nuestras «imperfecciones», Dios nos elige y orienta con su sabiduría, con la asistencia del Espíritu Santo.
Como verdaderos cristianos estamos llamados a ser transmisores de la fe, anunciadores de la gracia. Estamos llamados a dar luz y a ser luz, con el ejemplo de nuestra propia vida. Hoy, aún más fuerte que nunca, sigue latente, en la persona del discípulo catequista, la acción de aquellos primeros apóstoles, que aprendieron a ser fieles, y a vivenciar la espiritualidad y la fe, a ser la voz que transmite la Palabra.
Los catequistas son el ejército de la iglesia, dispuestos a servir sin ninguna condición y a quiénes hay que brindarles las armas necesarias para cumplir la tarea. Conozco catequistas que tanto aman su apostolado que usan sus propios recursos para tener los materiales.
Ahora por indicación del Santo Padre, se instituye el ministerio del catequista, con un itinerario de formación permanente que enriquecerá la vida de la Iglesia. Seguirán realizando su tarea con el mismo espíritu de servicio. Muchas felicidades a todos los que se dedican en cuerpo y alma a esta noble misión.

