Por Aldo Benítez, periodista, @aldo_be
Las manos de Antolina Giménez tiemblan. Es el mal del Parkinson que se deja ver. Esta mujer tiene 68 años y desde niña vive en la Chacarita Baja, conocida por los vecinos como “zona del 3” por estar cerca del club 3 de Febrero. Desde hace dos meses que ese angosto pasillo en donde ella se sienta amenaza con inundarse.
Con la crecida del río Paraguay, gran parte de la Chacarita Baja quedó bajo agua y con ello muchas familias tuvieron que refugiarse en zonas más altas. Otras, sin embargo, se quedaron a vivir con el agua hasta el tobillo.
El problema de los desplazados por las inundaciones de las zonas bajas de Asunción ocasionadas por la subida del río Paraguay no es nuevo, pero hasta ahora no hay una solución definitiva al tema.
“Lo que nosotros pedimos es que ya no nos mientan porque hicimos muchas reuniones, en las que nos decían que íbamos a tener soluciones definitivas como, por ejemplo, tener una reubicación final, pero todo quedó en la nada”, dice Leopoldina Giménez, una de las hijas de Antolina. Leopoldina tiene la piel morena. Habla con energía, casi con vehemencia.
La situación en la zona del 3 de Febrero es de incertidumbre para las familias que se niegan a dejar sus casas. La solución, aún provisoria, viene de la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN) que ofrece hogares transitorios en zonas más altas, además de proveer elementos como chapa, zinc, tablas de madera para que los damnificados puedan construir sus propias casas.
Para llegar a la casa de Nelly Concepción Duarte hay que internarse en un pasillo que de forma preventiva tiene una especie de puente de madera para escapar de cualquier raudal. El mínimo patio está totalmente inundado y para entrar a su casa Nelly pone maderas que sirven de pisadores.
Como el agua se filtró en varios pozos ciegos de las casas de la zona, lo que sale a flote, además de basura, es materia fecal. El ambiente tiene un tufo agobiante que la humedad se encarga de hacerlo más pesado. Es mediodía de un lunes intenso y el sol que azota a Asunción hace que parezca irreal que alguien pueda vivir en esas condiciones. Aunque esto no es vivir, sino sobrevivir.
“Ya ven cómo vivo, estoy viviendo en el agua”, dice Nelly, mientras un par de gatos logra mantenerse totalmente limpio entre las basuras acumuladas con el agua.
Una parte importante de las familias de la Chacarita Baja depende de las diversas actividades que se generan en el centro de Asunción. La vida laboral está en el centro de Asunción y es justamente una de las razones por las que esas familias se niegan a ir lejos de la Chaca como una solución definitiva al drama que sufren cada año.
DESPLAZADOS
La Secretaría de Emergencia Nacional (SEN) tiene registrado a un total de 734 familias desplazadas de la Chacarita Baja a lugares de refugio transitorio en lo que va de esta crecida. Solamente en Asunción, esta institución registra 102 albergues, de los cuales al menos cuatro dependen exclusivamente de la gestión y administración de la SEN.
En la última gran subida del nivel del río Paraguay, en diciembre del 2015, cerca de 100 mil personas se desplazaron de sus hogares. En aquella oportunidad, el nivel del cauce alcanzó los 7,60 metros, un pico que se convirtió en la mayor crecida de los últimos 20 años en Asunción, superando los 7,15 metros de julio de 1998.
Rosana Zayas se considera chacariteña de corazón y fanática del club Oriental, una institución insignia de la vida del “bajo” y que, en momentos así, muestra su lado solidario. El club habilitó el tinglado de la entidad en el corazón del barrio para albergar a familias desplazadas. Actualmente hay 8, pero por el espacio se espera a más gente en los próximos días.
Otro de los problemas que tienen las familias desplazadas al dejar sus casas son los robos. Rosana Zayas, por ejemplo, cuenta que la última vez que tuvo que dejar su vivienda –en el 2015– le robaron casi todo lo que tenía dentro.
Las manos de Antolina tiemblan. Un perro flaco busca alimentos entre las basuras acumuladas de uno de los pasillos atestados de agua y desperdicios de todo tipo. Antolina pide que por favor no le falten sus medicamentos, ya que no puede controlar sus temblores y le da miedo estar así. Casi se olvida que está viviendo con el agua hasta sus tobillos.
“Para mí, la Chacarita se resume en humildad, trabajo, dignidad y respeto porque todo eso encontrás acá”, dice Leopoldina, mientras saluda a su hijo de 11 años que llega a la casa después de lustrar botas en el centro.

