Nicolás Almada (nicolas.almada@gruponacion.com.py).

Observar a una Basílica de la Virgen de Caacupé con vallas de protección en su perímetro y agentes policiales custodiando sus accesos despierta un sentimiento extraño y genera una energía desacostumbrada. Esa escena de marea de feligreses, que rebosan en cada metro cuadrado disponible para transitar en los alrededores de la imponente iglesia para cumplir con sus promesas, hoy se encuentra bastante lejos de repetirse.

En las calles colindantes del templo Santuario y Basílica, se ubican solitarios vendedores ambulantes; chiperos, artesanos, chicleros, aguateros y hasta cuidacoches. Se observa cómo caminan erráticamente por las calles vacías de la Villa Serrana, frente a la desoladora escena de cientos de locales comerciales céntricos que hoy se encuentran a puertas cerradas.

Un chipero circula en los alrededores de la Basílica, cuyos únicos clientes potenciales son policías y trabajadores de la prensa. Foto: Pánfilo Leguizamón.

En la agridulce espera de la llegada de algún cliente, cuya posibilidad es nula ante la vigencia de la fase cero de la cuarentena desde las 18:00 de este martes, los vendedores empiezan de a poco a retirar sus productos y otros a levantar carpas. Desde el equipo de La Nación se intentó dialogar con algunos de ellos para conocer desde sus propias vivencias sobre la situación que atraviesan. Sin embargo, se manifiestan reacios a hablar, perfectamente entendible por la condición adversa que deben enfrentar, teniendo en casa bocas que alimentar y cuentas que pagar.

Transitando hacia el costado de la Iglesia, un fuerte cordón de seguridad protege el acceso para evitar el ingreso de feligreses hasta la explanada o el interior del recinto religioso, en cumplimiento con la disposición de la Diócesis de Caacupé y las autoridades nacionales de prohibir la asistencia de personas durante estas fechas.

Vallas protectoras, agentes policiales. Mucha seguridad en la Basílica. Foto: Pánfilo Leguizamón.

Pero claramente esto no ocurre, al menos hasta ahora. Desde los cuatro puntos cardinales de acceso a la capital espiritual del país no se observó a un solo peregrinante ni tampoco algún movimiento vehicular inusual que se disponga a ingresar al casco urbano de la ciudad con fines turísticos o litúrgicos. La circulación en la zona es local y reducida.

Ingresando a la explanada, el equipo de La Nación pudo apreciar de frente el imponente templo, gracias a un permiso especial otorgado luego de un estricto procedimiento de cumplimiento de medidas sanitarias. La bandera paraguaya flameante gracias a un seco viento que augura la llegada del verano y un sol que calienta la casa de la Virgen de los Milagros fueron los únicos protagonistas visuales en medio de un silencio total.

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De pasar a ese bullicio a veces casi ensordecedor de personas hablando, transitando y rezando durante estas fechas, se pasa a una jornada que se experimenta un clima de relativa calma y paz, pero con un aire enrarecido. Sin embargo, desde las casas, hogares, salas, capillas e iglesias de todo el país, millones de personas siguen de cerca la celebración de las misas y las principales actividades litúrgicas enmarcadas en la agenda.

Promesas, historias, relatos, milagros, ejemplos de superación, son transmitidos a la Virgen María a través de las plegarias que se realizan desde diferentes puntos del territorio nacional, a la espera de que el próximo año se pueda vivir una ciudad de Caacupé y una situación sanitaria que permita a todos volver a acercarse a la Basílica de Caacupé.

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El ingreso a la explanada y mucho más aún al interior de la basílica, se encuentran totalmente prohibidos. Foto: Pánfilo Leguizamón.

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