Tras la apertura de las fronteras con el Brasil, los comerciantes situados en las ciudades limítrofes con la Argentina también urgen la apertura del paso fronterizo con el vecino país, a fin de reactivar la economía y generar ingresos que les permita seguir subsistiendo.
Las calles que anteriormente estaban ocupadas por negocios y comercios en la localidad de Nanawa, cuya ciudad espejo en la Argentina es Clorinda, están ahora vacías y con pocos puestos habilitados, pues la mayoría están cerrados y sin ninguna mercadería. Desde que se cerró la pasarela, la venta en la zona bajó considerablemente, por lo que urgen la reapertura del cruce.
“En esta zona no llegó el Pytyvô. Y estamos vendiendo lo básico, solo para sobrevivir”, dijo una comerciante, en contacto con NPy. Aseguró que la situación está desesperante, pues la venta se redujo y en muchos casos no consiguen ni siquiera para el sustento diario.
Además de los comerciantes de Nanawa, los que residen en otras ciudades fronterizas con la Argentina, como Encarnación, que se vincula con Posadas, Alberdi que comercia con Formosa y otras más, también están expectantes a la reapertura del paso fronterizo para reactivar la economía en la zona.
Desde el inicio de la cuarentena, a raíz de la pandemia de coronavirus, el Gobierno estableció el confinamiento y el cierre de fronteras, con el objetivo de mitigar el contagio y evitar el colapso del sistema sanitario nacional.
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Guerra de Irán: evacuan a 248 argentinos de Emiratos Árabes Unidos
El gobierno argentino anunció ayer domingo que gestionó la evacuación de 248 ciudadanos de su país que habían quedado varados en Emiratos Árabes Unidos a causa de la guerra en Medio Oriente. “Seguimos trabajando con nuestros ciudadanos en los diferentes países para lograr su retorno al país de la manera más rápida y segura posible”, sostuvo el canciller argentino, Pablo Quirno, a través de X.
El mensaje indicó que resta evacuar a 168 argentinos de Emiratos Árabes Unidos y que el operativo continuará en los días venideros. Argentina elevó a alto su nivel de seguridad en todo el territorio y en las embajadas tras el inicio del conflicto. La medida alcanza a “todos los objetivos sensibles del país, así como a la infraestructura crítica, y la comunidad judía”, según lo dispuso el gobierno.
La guerra tuvo su puntapié inicial el pasado 28 de febrero con ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán. En respuesta, Teherán ha contraatacado Estados del Golfo e Israel. El gobierno del presidente Javier Milei mantiene un explícito alineamiento con Estados Unidos e Israel y ha apoyado las acciones militares contra Irán.
EE. UU. ordena salida
Estados Unidos ordenó el domingo por la noche la salida del personal de su embajada en Arabia Saudita, mientras Irán ataca este reino del Golfo en represalia por la ofensiva de Washington e Israel. El Departamento de Estado señaló en una advertencia de viaje que había “ordenado a los empleados del gobierno estadounidense que no sean de emergencia y a los familiares de empleados del gobierno estadounidense que abandonen Arabia Saudita debido a los riesgos para su seguridad”.
La orden refleja los temores persistentes sobre los ataques de Irán, en momentos que el presidente Donald Trump advierte que está listo para continuar la guerra durante semanas y Teherán se dice preparado para responder. Estados Unidos previamente había permitido la partida del personal no esencial pero no había exigido hacerlo.
El Departamento de Estado también señaló que mantiene la advertencia a los estadounidenses de “reconsiderar viajar” a Arabia Saudita, sin desaconsejar todos los viajes al reino. Drones impactaron la embajada de Estados Unidos en Riad la semana pasada, y también han causado daños en las embajadas estadounidenses en Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. Arabia Saudita informó el domingo que dos personas murieron y 12 resultaron heridas cuando un proyectil cayó en la provincia de Al Kharj, al sudeste de Riad.
Fuente: AFP.
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Despensas: el negocio de barrio que sostiene a miles de familias
Las despensas siguen siendo uno de los pilares del comercio minorista en Paraguay y continúan sosteniendo a miles de familias en todo el país. Según estimaciones del sector, actualmente existen alrededor de 50.000 despensas distribuidas en diferentes ciudades y barrios, una cifra que refleja el peso de estos pequeños negocios dentro de la economía cotidiana.
En conversación con La Nación/Nación Media, Luis Ibarra, presidente de la Asociación de Despensas del Paraguay, explicó que esta cifra surge de estimaciones realizadas a partir de datos de grandes empresas distribuidoras que operan en el país.
Sin embargo, las estadísticas oficiales muestran una realidad más acotada. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística (INE), el último censo identificó 21.880 familias que tienen a la despensa como su principal fuente de ingresos.
La diferencia entre ambas cifras se explica porque muchas despensas funcionan como una actividad complementaria dentro de los hogares. En muchos casos, estos pequeños comercios no representan el ingreso principal de la familia, sino un negocio adicional que ayuda a generar recursos.
“Hay muchas despensas que no están totalmente formalizadas o que funcionan como ingreso secundario para el hogar. Por ejemplo, cuando un miembro de la familia administra el negocio desde la casa”, explicó Ibarra.
Más allá de su tamaño, el sector continúa teniendo un rol importante en el abastecimiento cotidiano de los barrios. Las despensas forman parte del llamado canal tradicional de ventas, donde se comercializan principalmente productos de la canasta básica, alimentos, artículos de higiene y productos de limpieza.
En un contexto donde las grandes cadenas de supermercados y tiendas de conveniencia siguen expandiéndose, los pequeños comercios buscan adaptarse para mantenerse competitivos. Según Ibarra, una de las principales estrategias es incorporar nuevas formas de pago y ampliar los servicios disponibles para los clientes.
Hoy en día, muchas despensas ya cuentan con pagos mediante QR, transferencias bancarias, terminales de cobro electrónico o billeteras digitales, además de ofrecer servicios adicionales como pago de facturas o recarga de saldo para telefonía y transporte.
Sin embargo, el principal diferencial del comercio de barrio sigue siendo la cercanía con el cliente. La ubicación dentro de las comunidades permite a los vecinos realizar compras rápidas sin tener que desplazarse largas distancias, algo que se vuelve especialmente relevante en ciudades donde el tráfico y las cuestiones de seguridad influyen en las decisiones de consumo.
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Financiamiento y capacitación fortalecen el liderazgo económico de las mujeres paraguayas
El Crédito Agrícola de Habilitación (CAH) busca consolidar en los próximos años una estrategia integral que combine financiamiento, asistencia técnica y acceso a mercados para potenciar el desarrollo económico de las mujeres rurales, consideradas hoy uno de los motores más dinámicos de la economía territorial.
En conversación con La Nación/Nación Media, Amanda León, presidenta del CAH, explicó que el objetivo de la institución es que el crédito no sea un fin en sí mismo, sino una herramienta que permita a las emprendedoras rurales generar ventas sostenibles y consolidar negocios duraderos.
Integrar a las productoras a cadenas de valor
Uno de los ejes centrales de la estrategia es facilitar la inserción de las productoras en cadenas de valor, evitando la dependencia de intermediarios y permitiendo que capturen mayor rentabilidad.
En ese sentido, León destacó el producto Jepytaso, que busca integrar a las mujeres rurales al programa estatal de alimentación escolar, permitiendo que provean directamente alimentos dentro de sus propias comunidades.
La iniciativa se complementa con programas como Jajapo Porã, que ofrece espacios equipados para que las productoras puedan procesar su materia prima y agregar valor a sus productos.
Educación financiera y bancarización
El CAH también impulsa programas de educación financiera orientados a fortalecer las capacidades de gestión de las emprendedoras rurales.
Actualmente, más de 24.300 mujeres fueron capacitadas en administración financiera, ahorro y planificación de sus negocios.
Desde la institución destacan que muchas beneficiarias ya no ven el crédito únicamente como una ayuda, sino como una inversión para mejorar el bienestar de sus familias y ampliar sus actividades productivas.
Este proceso también permitió avanzar en la inclusión financiera, ya que el 98 % de las clientas del CAH ya operan de forma bancarizada.
Créditos diseñados para mujeres rurales
La institución desarrolló una serie de productos financieros adaptados a las distintas etapas del crecimiento de los emprendimientos liderados por mujeres.
Entre ellos se encuentra Mujer Emprendedora, orientado a jefas de hogar que acceden por primera vez a un crédito formal, y Kuña Ñamombarete, diseñado para negocios que buscan expandirse.
Este último cuenta con el respaldo del FOGAMU, un fondo de garantía que permite acceder a financiamiento incluso sin contar con un título de propiedad como garantía.
Crédito basado en confianza
León resaltó que la falta de formalización nunca fue una barrera para acceder a financiamiento dentro de la institución.
Según explicó, el 99 % de los créditos del CAH se otorgan a sola firma, basándose en la confianza y en la capacidad de gestión de las beneficiarias.
No obstante, el objetivo institucional es incentivar gradualmente la formalización, ofreciendo mejores condiciones de financiamiento , como tasas más competitivas y plazos más amplios a quienes formalizan sus actividades.
Mujeres ganan protagonismo en la economía rural
Actualmente, el 37 % de las fincas con manejo individual en Paraguay son gestionadas por mujeres, mientras que el 66 % de las mipymes del país cuentan con liderazgo femenino.
Para responder a esta realidad, el CAH mantiene presencia territorial a través de 82 sucursales distribuidas en todo el país, lo que permite llegar a zonas donde el sistema financiero tradicional tiene menor cobertura.
Financiamiento y articulación institucional
De cara al futuro, la institución busca fortalecer el financiamiento destinado a mujeres rurales y profundizar el trabajo articulado con otras entidades públicas.
León señaló que en 2025 el 41 % de los desembolsos del CAH fueron destinados a mujeres, quienes además presentan niveles de morosidad muy bajos.
“El impacto real se logra cuando todas las instituciones trabajan como un solo bloque para que la emprendedora tenga acceso simultáneo al financiamiento, a la capacitación y a los canales de comercialización”, concluyó.
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La urgencia de reactivar la discusión pública
- Dr. José Duarte Penayo
- Filósofo. Presidente de la ANEAES
Cada día trae una nueva urgencia pública y, con ella, la exigencia de un ritual de época, la del pronunciamiento moral. En ese ritmo, la controversia se empobrece, el matiz se debilita y la figura del intelectual, alguna vez relevante, se desdibuja. Quizá, sin embargo, su porvenir no consista en añorar su pasado heroico, sino en reconstruir mediaciones y devolverle espesor al tiempo de lo político.
Patricia Funes, en su libro Salvar la nación, vio en el intelectual una figura intermedia, situada entre la academia y la praxis, capaz de traducir sentidos y de mediar entre mundos que, cuando se repliegan sobre sí mismos, se vuelven estériles, el de la producción de conocimiento y el de la disputa política.
Esa posición, típica del siglo XX, no era una credencial de identidad ni una estética de la pose, sino un tipo de intervención, a veces incómoda, que exigía disciplina, riesgo y un claro propósito de interpelar e interpretar a las mayorías.
En el Paraguay, la generación novecentista y sus continuadores dieron una de las escenas más intensas de ese oficio. Las discusiones sobre nuestra identidad nacional, el debate O’Leary-Cecilio Báez como emblema persistente, y las pugnas por la cuestión social, los derechos sobre el Chaco Boreal, las condiciones trabajo, el orden y la justicia, mostraron que la palabra pública podía ser un terreno donde las ideas pesaban en la correlación de fuerza reales, aun cuando el país estuviera lejos de cualquier estabilidad institucional.
Fuera de nuestras fronteras, el siglo XX condensó esa figura en el gesto del compromiso, con el intelectual engagé como¿emblema?. Pero conviene recordar que el compromiso nunca fue unívoco ni pacífico, y que su prestigio se sostuvo mientras existió un espacio relativamente compartido donde la controversia se jugaba con tomas de posición, en revistas, tribunas, al calor de movimientos sociales y partidos políticos movilizantes con verdadera capacidad de movilización, con instituciones que, aun en crisis, resistían todavía las despolitizantes de la sociedad de consumo.
En este mismo momento, hubo advertencias tempranas sobre los que suponía el rol protagonista en la política de los intelectuales. Theodor Adorno llevó al extremo la sospecha ante cualquier positividad totalizante, en nombre de una determinada manera de pensar la crítica que haría escuela y que, con el tiempo, se prestaría a degradaciones. Raymond Aron, por su parte, observó la facilidad con que la inteligentsia podía convertir el dogma en un opio para los intelectuales, ahorrándose el trabajo, menos épico que necesario, de interrogar las propias certezas.
Sin embargo, la mutación decisiva de los intellectuels engagés llegó, primero, con el desgaste de grandes arquitecturas teóricas, y luego, sobre todo, con el cambio del régimen temporal de la discusión pública.
Cuando Lyotard diagnosticó el fin de los grandes relatos, se abrió una escena donde la legitimidad tendió a fragmentarse y el gesto crítico, en vez de sostener una exigencia de rigor, empezó a derivar hacia una “economía de señales”, que sentó las bases del tribalismo identitario de nuestro presente.
La crítica, vaciada de reflexividad, comenzó a funcionar como significante de pertenencia y se volvió el alma de ciertas endogamias, con pretensiones de superioridad moral. Respecto a este proceso, conviene volver y detenerse en un episodio revelador de los años cincuenta.
Me refiero a la ruptura, dentro de la célebre revista Les Temps Modernes, entre Jean-Paul Sartre y Maurice Merleau-Ponty. Puede parecer anecdótico, pero contenía una pregunta decisiva: ¿qué significa intervenir en política?
Merleau-Ponty reprochaba a Sartre confundir la intervención política con un test permanente de moralidad, como si cada coyuntura exigiera una respuesta inmediata, una urgencia de posicionarse “del lado correcto de la historia”, fórmula que la corrección política convirtió en coartada sentimental. Frente a esa concepción, el autor de la Fenomenología de la Percepción insistía en que la historia y la política tienen su propio tiempo, radicalmente diferente de la inmediatez que impone un comunicado o pronunciamiento sobre la coyuntura. La política y la historia, según Merleau-Ponty, tienen una temporalidad más espesa, hecha de comienzos, sedimentaciones y efectos diferidos.
Lo interesante de esa polémica es que anticipó una tendencia que la época actual lleva a su paroxismo. Las redes sociales, con su velocidad y su economía de recompensas afectivas, empujan a tratar cada hecho como “la última batalla”, a fabricar certezas definitivas al abrigo de nichos emocionales que filtran cualquier nota disonante.
En ese clima, la política se vuelve sucesión de emergencias y el pensamiento, si no resiste, se reduce a consignas que circulan con la única lógica del entretenimiento y reforzamiento de endrogrupos.
En este sentido, Bruno Latour, en uno de sus textos más incisivos, “¿Por qué la crítica se ha quedado sin fuerza?”, advirtió que la crítica, esa pulsión a la deconstrucción y a la sospecha de todo lo establecido, se quedó sin combustible. Cuando el mundo se explica únicamente por resortes ocultos, cuando toda agencia se disuelve en sospechas automáticas, el “pensamiento crítico” pierde filo y se vuelve indistinguible de la teoría del complot.
Ya no amplía el campo de lo pensable y de lo ensamblable, y termina consagrando una esterilidad que, a fuerza de repetirse, ni siquiera intimida. Esta realidad se conecta con un desplazamiento práctico que vuelve más visible la pérdida de la función histórica del intelectual clásico.
La política contemporánea suele tercerizar la construcción del sentido en expertos de campaña, verdaderos administradores de la percepción, cuyo trabajo no consiste en disputar legitimidades de largo aliento, sino en optimizar rendimientos inmediatos, segmentando públicos para sostener narrativas eficaces. Sin por ello demonizar la realidad, es un hecho que hoy la elaboración doctrinaria ya no es funcional a la actividad política diaria.
¿Qué queda entonces del intelectual en una época, como la actual, en la que los relatos comunes ya no pueden conjugarse con una conversación pública fragmentada en grupos cada vez más cerrados? Si algo queda algo, es una tarea difícil y por eso mismo necesaria: la de empujar a que la política vuelva a tener razones e imaginación de futuro.
No con la tranquilidad y el determinismo, tan propia de buena parte del siglo XX, de creer los proyectos políticos nadaban con la corriente de la historia del progreso o la emancipación, sino aceptando que no hay garantías en nuestro tiempo, ni dirección asegurada, ni legitimidad automática.
Quienes quieran tomar la difícil tarea de reflexionar sobre la realidad y la política, deben orientar su esfuerzo en reconstruir mediaciones que permitan concebir la cohesión social sin negar el conflicto, dándole cauce y forma.
Apuntar a argumentar sin reducir la controversia a un examen moral permanente, asumiendo, con responsabilidad, que el tiempo de lo político no coincide con el tiempo del trending topic. La intervención pública, cuando no es mera consigna, exige disciplina, organización, militancia, paciencia, precisión y, sobre todo, la capacidad de escuchar aquello que no confirma nuestras preferencias.
Esto último supone exponerse a la réplica y tener que aceptar, a veces, que su costo es no ser aplaudido por todos. El ejercicio verdadero de pensar es por definición incómodo, es desafiar el silencio de lo incuestionable.
Si en el pasado el intelectual fue mediador de grandes proyectos universales, su futuro, si lo tiene, quizá deba insistir, obstinadamente, en tejer el entramado social y político que hace posible que una comunidad discuta algo más que sus reflejos automáticos.