- SEMA Centro Psicológico
- Psi con Ciencia
- Foto: Gentileza
Setiembre Amarillo nos invita a hablar con responsabilidad. Abrir la conversación no consiste en repetir frases positivas ni en pedir que alguien sea fuerte. Significa aprender a escuchar sin juzgar, usar palabras que no estigmaticen y ofrecer caminos concretos de ayuda.
Las palabras también pueden cuidar: cómo hablar del suicidio con responsabilidad es parte de la prevención. En una conversación familiar, un aula, un lugar de trabajo o un grupo de Whatsapp, el modo de nombrar el sufrimiento puede acercar ayuda o profundizar el aislamiento.
La sensibilidad no se demuestra evitando el tema, sino abordándolo con respeto y criterio. El lenguaje importa porque transmite una explicación sobre lo ocurrido. Cuando una muerte por suicidio se presenta como una decisión simple, un acto de egoísmo o la consecuencia de un único problema, se reduce una realidad compleja a una etiqueta. La conducta suicida suele surgir de la interacción de múltiples factores personales, clínicos, familiares, sociales y contextuales. Ninguna frase aislada puede explicar una vida ni repartir culpas de manera justa.
Expresiones como “se suicidó” son frecuentes y comprensibles, pero en comunicación pública se recomienda privilegiar formulaciones como murió por suicidio o específicamente muerte por suicidio. El objetivo no es vigilar cada palabra ni corregir a una familia en duelo. Es evitar términos que asocien el hecho con delito, éxito, fracaso, valentía o cobardía.
También conviene evitar “lo hizo para llamar la atención”. Toda comunicación de desesperanza, autolesión o deseo de morir requiere ser tomada en serio. Incluso cuando no existe intención inmediata, esa expresión puede indicar un sufrimiento que necesita evaluación y apoyo. Atender no refuerza la conducta; permite comprender qué función cumple y qué ayuda hace falta.
No es recomendable describir a una persona como suicida, porque reduce su identidad a un momento o a un riesgo. Podemos hablar de una persona con pensamientos suicidas, una persona que atraviesa una crisis o alguien en riesgo. La persona siempre es más que su manifestación de malestar.
Cuando una persona cuenta que no encuentra salida, solemos apurarnos a responder. Queremos levantarle el ánimo, explicar por qué debería seguir o prometer que todo estará bien. Sin embargo, antes de aconsejar conviene comprender. Podés decir: “Te escucho”, “lo que sentís importa”, “gracias por confiar en mí”, “no tengo todas las respuestas, pero puedo quedarme con vos” o “vamos a buscar ayuda juntos”.
Estas frases no minimizan ni dramatizan. Ofrecen presencia y una acción posible. También es válido preguntar “¿estás pensando en hacerte daño?” o “¿pensaste en quitarte la vida?”. Si la respuesta es afirmativa, evitá reaccionar con enojo, amenazas o reclamos. Pregunta si existe peligro inmediato y activa ayuda.
La conversación no debe convertirse en un interrogatorio clínico improvisado, pero sí puede identificar que la situación requiere intervención urgente.
Frases como “tenés que poner de tu parte” o “pensá en quienes te quieren” pueden aumentar la culpa. “Mañana vas a verlo distinto” promete algo que no sabemos. “No digas eso” cierra la conversación. “Yo jamás haría algo así” instala distancia moral. “Y si realmente quisieras, no lo contarías” es falso y peligroso.
Podemos reemplazar esas respuestas por otras más útiles: “No quiero que cargues solo con esto”, “¿qué necesitás para pasar esta hora con mayor seguridad?”, “¿a quién podemos llamar?” o “me importa tu vida, aunque ahora vos no puedas sentirlo de la misma manera”.
El acompañamiento no exige hablar todo el tiempo. A veces consiste en sentarse cerca, acercar agua, reducir estímulos, ayudar a hacer una llamada o esperar junto a la persona hasta que llegue atención. El silencio compartido puede ser cuidadoso cuando no abandona.
Cuando una muerte por suicidio afecta a una comunidad, ocultar completamente lo ocurrido puede generar rumores, confusión y desconfianza. Con niños, niñas y adolescentes se recomienda una explicación verdadera, breve y adecuada a la edad, sin detalles del método. Conviene dejar claro que la muerte no fue responsabilidad del NNA, que los adultos están disponibles para responder preguntas y que pedir ayuda es posible.
No hace falta dar toda la información de una vez. Los NNA suelen volver sobre el tema a medida que comprenden nuevas dimensiones de la pérdida. Se puede responder con sencillez: “Murió por suicidio”, “estaba atravesando un sufrimiento muy grande”, “no es culpa tuya ni de una sola persona”, “si esto te preocupa o alguna vez te sentís en peligro, podés contarnos y vamos a ayudarte”.
En adolescentes es importante preguntar directamente cómo les impactó la noticia, qué contenido vieron en redes y si conocen a alguien en riesgo. No se debe organizar una conversación grupal que obligue a revelar experiencias personales. Deben existir opciones de atención privada y seguimiento para quienes estuvieron más expuestos.
Las instituciones también hablan a través de sus decisiones. Comunicar con responsabilidad implica proteger la identidad, limitar rumores, ofrecer recursos verificables y evitar homenajes que idealicen la muerte. Un mensaje institucional debería expresar condolencias, reconocer el impacto, informar dónde pedir ayuda y explicar que la institución acompañará a las personas afectadas.
No corresponde especular sobre motivos ni divulgar información clínica o familiar. Tampoco conviene atribuir la muerte a una ruptura, una calificación, un conflicto laboral o una sanción. Estos hechos pueden formar parte del contexto, pero presentarlos como la causa simplifica y puede generar culpa, hostigamiento o imitación.
La comunicación preventiva necesita esperanza, pero no una esperanza vacía. Decir “todo pasa” puede sonar distante. En cambio, mostrar que una crisis puede cambiar, que existen tratamientos y que pedir ayuda puede abrir alternativas ofrece una esperanza concreta.
La evidencia sobre comunicación pública distingue entre relatos que pueden favorecer la imitación y relatos que muestran afrontamiento, apoyo y recuperación. Este potencial protector se conoce como efecto Papageno. No se trata de contar historias perfectas ni de exponer a personas vulnerables. Se trata de mostrar que el sufrimiento puede ser acompañado y que existen pasos posibles: hablar con alguien, recibir atención, construir un plan de seguridad y volver a conectar con razones para vivir.
Las palabras no reemplazan los servicios de salud ni resuelven por sí solas los problemas sociales. Pero pueden reducir vergüenza, habilitar preguntas y orientar hacia ayuda. Hablar de suicidio con responsabilidad es elegir un lenguaje que no juzgue, no simplifique y no abandone.
Mónica Britos: (0982) 222-737
José Valenzuela: (0985) 258-710