Por Rocío Gómez. (rocio.gomez@gruponacion.com.py)

Un matrimonio venezolano llegó a Paraguay hace nueve meses. Félix y Sorellys todavía no consiguen empleos estables para poder subsistir. Hasta el momento, realizaron una serie de trabajos eventuales, se inscribieron en el Ministerio de Trabajo, y están tramitando la residencia. Buscan urgentemente un empleo en Asunción para poder mantenerse. La meta final es ahorrar lo suficiente para poder traer a sus tres hijos de Venezuela.

Debido a la cooperación de una iglesia de Asunción, consiguieron un alquiler que pagan con la venta de comidas que realiza Sorellys. Pero este mes se enfermaron, “un lujo que no podemos pagarnos”, expresan. Ahora apelan a la solidaridad de la ciudadanía, ya que se viene la época de frío y de no pagar alquiler, se encontrarían en situación de calle. Cualquier colaboración o contacto de trabajo lo pueden realizar al (0972)838097, con Bryan Barrientos.

LA ODISEA

“En Venezuela éramos prósperos”, inicia relatando Félix, y acota que tenían un restaurante, tres taxis, una lavandería y que él se desempeñaba como supervisor de planta en industrias. Todo comenzó a decaer cuando la moneda cayó. No hay medicamentos, ni productos, todo había perdido su valor, por lo que se vieron obligados a vender todo, dejar una parte para los familiares, y con la otra parte de la plata, salir a buscar un mejor futuro a través del “turismo obligado”. Antes de irse, decidieron no llevar a sus tres hijos, mayores de edad, por el alto costo de los pasaportes y por los peligros en la ruta, como accidentes, colectivos que cayeron a barrancos porque el conductor se quedó dormido, etc.

Esta fue la primera vez que salieron del país, dejando Venezuela el 27 de Febrero. El primer colectivo lo tomaron hasta San Antonio del Táchira, frontera con Cúcuta, Colombia. Guardias nacionales controlaron en la aduana sus pasaportes, por los que habían pagado más de 700 dólares, y les crearon problemas con una maleta llena de artículos de primera necesidad, como champú, desodorante, jabón de baño, pasta dental. “Esto es oro en Venezuela y lo obtuvimos de manera sacrificada, haciendo filas desde las cuatro de la mañana”, explican. Finalmente, los funcionarios venezolanos se quedaron con la maleta, porque la pareja decidió que no valía la pena arriesgar que Félix terminara en la cárcel por insubordinación. Refieren que el “bachaqueo” (vender artículos de primera necesidad por el triple del precio) es un gran negocio en su país.

Al cruzar a Colombia, tomaron un bus que fue habilitado por el auge de la inmigración de los Venezolanos. El recorrido por la cordillera andina tardó 36 horas hasta la ciudad Ipiales, frontera de Colombia con Rumichaca, Ecuador. Debieron gestionar el sellado del pasaporte para abordar otro bus que los llevara a la ciudad ecuatoriana de Tulcán, y luego hasta Huaquilla, frontera con Perú. Pero el viaje aún no terminaba. Al llegar a la frontera de Perú, decidieron ir a la ciudad de Tumbes, la ciudad de donde se esparcen todas las rutas de los colectivos.

En Perú, se establecieron por 4 meses, tenían trabajos y un alquiler. La afluencia de venezolanos aumentaba por la aceptación del Grupo Lima, dándoles la bienvenida y permitiéndoles trabajar en negro. Hasta que en cierto momento, mientras que Félix y Sorellys tramitaban la residencia, los peruanos empezaron a quejarse por la falta de trabajo y la gran afluencia de venezolanos que llegaban al país. Entonces aumentó la xenofobia y se presentaban numerosos sucesos de violencia hacia los venezolanos.

“Experimentamos la violencia verbal, no la física. Pero escuchábamos de casos de violaciones y puñaladas”, relata Félix. Ese fue el momento en que decidieron que debían seguir camino. Justamente uno de esos días, mientras miraban la televisión, vieron la asunción del presidente Mario Abdo Benítez. En su discurso de toma de gobierno, Marito mencionó que eran bienvenidos los venezolanos y los nicaragüenses. “Automáticamente supimos que era una respuesta. En ese momento, tuvimos un norte para seguir”.

Entonces atravesaron Bolivia, y debieron dar una vuelta no planeada por Argentina, ya que en Bolivia les quisieron aumentar el pasaje por el hecho de ser venezolanos. En el tramo argentino del viaje, los bajaron de los colectivos para inspeccionar sus maletas, interrogarlos en cuartos separados e incluso desnudarlos para realizar los controles. Esto se repitió tres veces hasta que llegaron a la frontera Posadas – Encarnación.

¡Bienvenidos a Paraguay!

Sin embargo, desde que arribaron Paraguay, sintieron que “habíamos llegado, porque desde que sellamos el pasaporte, lo primero que nos dijeron fue: ¡bienvenidos a Paraguay!”. La primera semana en territorio paraguayo, desde que bajaron las maletas, estuvo marcada por diversas circunstancias como perderse en la ciudad, gastar un poco más de lo planeado por el costo de los hoteles, adaptarse al jopará y las palabras en guaraní, entre otras cuestiones.

En esas vueltas, terminaron ingresando en el edificio de la Comandancia de la Policía Nacional, donde consultaron con un funcionario que les preguntó de dónde venían. “Somos venezolanos”. Tras lamentarse por la crisis política de Venezuela, les refirió estas palabras: “Yo no me considero nadie, pero yo les doy la bienvenida a mi país.” Con la voz emocionada, Félix y Sorellys coinciden en que significó muchísimo que este funcionario público se atreva a ofrecer una invitación al país. Es algo que no les había ocurrido antes. Además, acotan que recibieron muchísima ayuda de los “hermanos paraguayos”, recordando que las personas al escuchar la tonada venezolana se acercan a preguntar, a bendecirlos y a ser solidarios con ellos. “Es un momento en que podemos decir, me siento en casa. E incluso, mejor que en casa”, expresa con cara de alivio Sorellys.

A pesar de que la situación no es la mejor, la solidaridad mitiga la angustia, preocupación, falta de empleo, no estar estable, y el miedo a no cumplir la meta de juntar la plata necesaria para pagar el alquiler donde viven.