Por Roque Martínez

Fotos: Pánfilo Leguizamón

“Abran las ventanas para que el mundo pueda observar y conocer a este ser lleno de luz”, exclamó una de las mujeres al momento en que María Felicia Guggiari Echeverría nacía en la casa de su familia, el 12 de enero de 1925, en Villarrica del Espíritu Santo.

Y que presagio aquél deseo expresado, porque aquella niña hoy está a punto de convertirse en la primera beata paraguaya. Una de las personas que la amó y la eligió como “madre espiritual” fue su ahijada, doña Beatriz Lila Mercedes Garcete, conocida como Ña Ninón, quien contó a La Nación detalles de la vida de María Felicia.

Con la mirada contemplativa y la voz emocionada, doña Beatriz Lila Mercedes Garcete, de 77 años, la recuerda a Chiquitunga como la maestra y la madrina especial que tuvo en la infancia.

“Sigue siendo mi madrina. Sigue siendo mi catequista. Sigue siendo mi guía espiritual en la vida. Hoy puedo todavía decir tantas cosas sobre ella”, nos cuenta Ña Ninón, sentada en el patio de su casa en Villarrica.

La profesora de catecismo

María Felicia de Jesús Sacramentado. Foto: Gentileza

La mujer relata que Chiquitunga fue su maestra de catequismo en 1947 cuando iniciaba su vida religiosa junto a otra decena de niños. “La quise tanto y le pedí a mis padres que ella fuera mi madrina. Ella aceptó y me acompañó”, recuerda Ña Ninón.

Cuenta que la profesora de catecismo les enseñó a creer en la fe católica, no sólo rezando sino con canciones y dibujos, a través de álbumes, donde retrataba las historias de la biblia para los niños a su cargo.

“Cuando se hizo la ceremonia de la confirmación, ella me bendijo, me dio un beso, salimos afuera y cada uno fuimos a nuestras casas. No eran grandes ceremonias como ahora”, comenta Ninón.

Ninón pasaba tardes enteras en la casa de Chiquitunga, donde iba a merendar y a jugar con las hermanas de María Felicia. “Jugábamos en el patio grande que tenían mientras ella nos preparaba la merienda. La casa hoy está igualita e incluso tiene aún un jazmín de la época. Ella era muy amorosa”, señala doña Ninón.

Recuerda que hubo un momento, en que María Felicia se encontró envuelta en una profunda crisis y deseó volcar toda su fe en el convento de las Carmelitas Descalzas, en Asunción, donde a través de un retiro espiritual llevaría una vida contemplativa.

Chiquitunga era consciente de la resistencia de su familia hacia el decisivo paso que iba a dar en su vida. Insistió que finalmente sus padres le dieron la autorización de iniciar su vida como Carmelita Descalza.

Ña Ninón, ahijada de Chiquitunga. Foto: Pánfilo Leguizamón

“Ella fue a despedirse personalmente de mí junto a su padre don Ramón. Conversamos un rato, fue una visita de 10 minutos. Le dije ’¿Madrina, por qué querés ir al convento a encerrarte? Ya en la calle, me abrazó muy fuerte, me bendijo con lágrimas en los ojos y me dijo que iba a entrar en el convento para rezar por mí. Ese es el recuerdo nítido que tengo de la última vez que yo la vi a Chiquitunga”, recuerda doña Ninón.

Ninón creció y su familia se mudó a Buenos Aires. Allí se casó e hizo una vida con su esposo. Lamenta que al volver a Paraguay recién se enteró de la muerte de su madrina, muchos años después. “Parecía que ella tenía un aura especial, que tenía una cosa de santidad… verla a ella era como ver a una Santa. Su presencia transmitía paz, era fuerte. Tenía un rostro angelical”, dice.

El amor con el médico

Antes de ingresar al convento, María Felicia tenía un amigo llamado Ángel Sauá, un joven que quería ser sacerdote, cuenta Ña Ninón. “En ese entonces, ambos hicieron creer a la familia de ella que eran una pareja de enamorados.

El objetivo era que los padres de ella la dejen salir para ayudar a los más carenciados de la ciudad. Decían que iban al cine, pero en realidad visitaban a pobres y enfermos en el hospital. "Llegó un punto en que fingió ese noviazgo para que creyeran que iba a casarse con este señor y no iba a ir al convento”, recuerda Ña Ninón.

Blanca Lila Mercedes Garcete recuerda con emoción a su madrina. Foto: Pánfilo Leguizamón

Ángel era estudiante de medicina, entonces aplicaba sus conocimientos en las visitas a los enfermos. Era grande la afinidad que tenían los dos jóvenes, que creció una profunda amistad entre ambos. "Sin embargo, pasado el tiempo ella se fue dando cuenta que podía convertirse en algo más, creo que se enamoró del muchacho”.

Ella ingresó al convento, él al seminario

“En una de esas conversaciones que tuvieron ambos prometieron inmolar ese amor y entregar ese sacrificio a Jesús porque ella iba a entrar al convento y él iba a ir al seminario a estudiar para ser sacerdote”, recuerda Ña Ninón.

En una oportunidad ambos ayudaron a una mujer que estaba muy enferma. Estaba internada en el Hospital de Clínicas y necesitaba sangre de manera urgente. Entonces María Felicia y Ángel se ofrecieron a donar sangre e hicieron juntos la transfusión.

“Pasado el tiempo, ella relató en una carta, que la sangre unida de ambos, a través de la mujer, sería lo que hubiera sucedido si se hubieran casado y concebido un hijo. Creo que ellos sacrificaron su amor, por el amor a Jesús”, expresa Ña Ninón.

Así se ve la última residencia de la familia de Chiquitunga en Villarrica. Foto: Pánfilo Leguizamón

“El amor no se concretó, pasó el tiempo y Ángel cumplió la promesa hecha a María Felicia, de ingresar al seminario para convertirse en sacerdote”, destaca Ña Ninón. “Él tuvo muchísimos problemas con sus padres porque practicaba la religión católica y sus padres eran de otra religión. No sé si era musulmán o judío”, dice Ninón.

Con esa carga de problemas, Ángel se trasladó hasta Roma donde ingresó al seminario. Años después se retiró de la vida religiosa, luego se casó, formó una familia y continuó su vida como profesional médico.

“Con la muerte de Chiquitunga se retiró del sacerdocio. No se encontraba él como sacerdote. Hasta hoy trabaja como psiquiatra en un sanatorio de enfermos mentales en Europa. Sigue por la promesa de trabajar con los más humildes y los más olvidados”, dice Ninón.

"Ella era distinta"

Las personas que la conocieron a María Felicia, la señalan como la pequeña de trenzas y guardapolvo blanco, que iluminaba a su alrededor con su sonrisa cuando iba desde la escuela a la Catedral de Villarrica, donde realizó su primera comunión, y quizás el momento inicial de su vida entregada a Jesús.

Catedral de Villarrica. Foto: Pánfilo Leguizamón

A los 16 años se alistó a la Acción Católica, un movimiento religioso que ayudaba a niños, ancianos, pobres y enfermos del Hospital de Villarrica. Sus padres no imaginaban hasta donde llegaría el entusiasmo religioso de su hija.

“Su deseo era llevar el amor a Jesús a los que más necesitan visitando hospitales. Si veía una madre que necesitaba un pañal o una ropa, llevaba esa ropita para los niños recién nacidos”, afirma el sacerdote Waldemar Sánchez, cura párroco de la Catedral de Villarrica, en contacto con La Nación.

Waldemar Sánchez, cura párroco de la Catedral de Villarrica. Foto: Pánfilo Leguizamón

“Ella era distinta a las demás adolescentes de su época. Ya cuando realizó su comunión demostraba una vocación de servicio al organizar colectas con la gente más pudiente de la ciudad para juntar víveres, ropas y remedios para los más pobres. Fue docente de catecismo también. En Villarrica hay una alegría inmensa de que una persona que hizo su primera comunión y confirmación en la Catedral pueda sea santificada. Todos podemos ser llamados a ser santos”, dice el pa’í Sánchez.

La visita a los presos

En su juventud, Chiquitunga, no solo visitaba a niños, enfermos y ancianos. Su gran vocación de ayudar la llevó incluso a visitar a los presos. Ella cruzaba la Plaza de los Héroes hasta la actual Gobernación de Villarrica (que en ese entonces funcionaba como la delegación de gobierno), sitio que albergaba a las personas privadas de su libertad por los delitos que habían cometido.

Los pobladores de Villarrica conocen la historia de un interno que recuerda cómo Chiquitunga le había sacado de la cabeza la idea del suicidio.

"Ella conversaba con los internos en lo que ahora es el sótano de la Gobernación. Con esa luz le había devuelto la fe al hablarle nuevamente de Dios. Se sabe que a muchos preparó el camino para su vuelta hacia Jesús. Ese es un gran recuerdo que se tiene sobre la vida de María Felicia”, cuenta Mariela, una vecina.

Los últimos años de vida

Chiquitunga en la Orden Carmelitas Descalzas. Foto: Gentileza

A los 30 años, el 14 de agosto de 1955, finalmente tomó los votos para ingresar a la vida contemplativa en el Carmelo de Asunción. Chiquitunga contrajo una hepatitis infecciosa que le causó la muerte el 28 de abril de 1959. A pesar de la enfermedad nunca perdió la sonrisa ni el amor a Jesús.

Las últimas palabras de Chiquitunga fueron: ”¡Papito querido, ¡qué feliz soy!; ¡Que grande es la religión católica!; ¡Qué dicha el encuentro con mi Jesús!; ¡Soy muy feliz! Jesús te amo. ¡Que dulce encuentro! ¡Virgen María!”.

El proceso de beatificación

Una comisión médica del Vaticano y el Papa Francisco aprobaron una curación inexplicable que ocurrió hace 16 años atrás, mediante su intercesión. Se trata Ángel Ramón, quien luego de nacer se mantuvo sin signos vitales durante varios minutos, y tras el pedido de una enfermera a Chiquitunga, logró recuperarse. Hoy tiene una vida normal a sus 16 años en el departamento de San Pedro.

“Chiquitunga será la pri­mera mujer paraguaya beata”, afirmaron autoridades de la Iglesia paraguaya, el pasado 7 de marzo tras anunciar oficial­mente que el Papa Francisco reconoció el milagro obrado por María Felicia de Jesús Sacramentado y autorizó la realización del decreto de beatificación. Posterior a la beatificación debe producirse un nuevo milagro para la canonización.

El acto de beatificación se llevará a cabo el 23 de junio en el Club Cerro Porteño. Dicha ceremonia contará con la presencia de autoridades de la Santa Sede, en representación del Su Santidad, el Papa Francisco.

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