Por Mauricio Solalinde *
Cada junio, el Mes del Ambiente nos invita a reflexionar sobre los desafíos ambientales que enfrenta el país. Sin embargo, hablar de economía circular en Paraguay ya no debería limitarse únicamente a una conversación ambiental o de responsabilidad social empresarial. Hoy, la circularidad es también una conversación económica, industrial, social y financiera. Es una oportunidad concreta para transformar residuos en materias primas, informalidad en empleo digno, costos ambientales en competitividad y cadenas fragmentadas en plataformas productivas de escala nacional.
Durante mucho tiempo, el reciclaje fue visto como una actividad marginal, asociada principalmente a la gestión de residuos y al trabajo invisible de miles de recicladores. Esa mirada ya quedó corta. Paraguay cuenta con más de cuatro décadas de experiencia reciclando papel, cartón, plásticos, vidrio, metales ferrosos y no ferrosos, y hoy empieza a sumar nuevos sectores como neumáticos fuera de uso y residuos de aparatos eléctricos y electrónicos. Esto confirma que la economía circular ya no es una promesa futura: es una industria en funcionamiento.
Los números son contundentes. Según datos consolidados por la Cámara de Industrias Sustentables del Paraguay, en 2025 las industrias vinculadas al ecosistema circular generaron un aporte general al fisco de USD 116 millones, exportaciones por USD 200 millones e inversiones por USD 167 millones. Además, reciclaron 215.000 toneladas de materiales y evitaron aproximadamente 240.000 toneladas de CO₂. Estos indicadores muestran que cada tonelada recuperada no solo evita disposición final, sino que activa logística, empleo, industria, comercio exterior, innovación y recaudación.
El impacto social también es significativo. La cadena circular genera alrededor de 7.000 empleos directos en industrias, involucra a 25.000 recicladores de base y beneficia indirectamente a unas 130.000 personas. A esto se suma un proceso gradual pero decisivo de formalización: 7.500 proveedores formalizados con RUC y factura, y 4.000 proveedores bancarizados al cierre de 2025. En un país donde la informalidad sigue siendo uno de los principales desafíos del desarrollo, la economía circular ofrece una vía concreta para integrar productivamente a miles de personas.
Pero los grandes números solo cuentan una parte de la historia. La economía circular también se construye en el territorio, hogar por hogar, empresa por empresa y barrio por barrio. Iniciativas como Mi País Sin Residuos muestran que la recuperación de materiales puede convertirse en una plataforma colaborativa de transformación cultural, logística y productiva. Nacida como una experiencia piloto de recolección diferenciada en Asunción, la iniciativa evolucionó hacia una propuesta con presencia en múltiples ciudades, articulando hogares, empresas, escuelas, recicladores de base, asociaciones y centros de acopio. Sus resultados permiten dimensionar el potencial de escalar modelos de separación en origen y logística reversa: más de 20.000 toneladas de materiales recuperados, más de USD 1.700.000 movilizados para fortalecer el ecosistema, 175 recicladores capacitados y fortalecidos, asociaciones formalizadas y más de 20.000 personas sensibilizadas. Este tipo de experiencias demuestra que la economía circular no empieza únicamente en una planta industrial; empieza también cuando el ciudadano separa, cuando el reciclador accede a mejores condiciones y cuando el material encuentra una ruta formal hacia la industria.
Paraguay tiene, además, ventajas competitivas reales. En algunas cadenas, como metales y PET, el país ya demuestra niveles importantes de recuperación e industrialización. El caso del PET es especialmente relevante: inversiones industriales como Circular PET permiten producir y exportar resina reciclada de grado alimenticio, habilitando un modelo donde una botella posconsumo puede volver a convertirse en materia prima para nuevos envases. En papel y cartón, la expansión de capacidades industriales locales fortalece una cadena con fuerte arraigo nacional. Y en vidrio, nuevas inversiones muestran que Paraguay puede aprovechar su matriz eléctrica renovable para agregar valor industrial con menor huella ambiental.
Estos ejemplos demuestran algo fundamental: el residuo, cuando encuentra industria, deja de ser un pasivo ambiental y se convierte en insumo productivo. La economía circular permite sustituir importaciones, generar exportaciones, reducir emisiones, mejorar eficiencia de recursos y crear empleo. Es, en esencia, una política de competitividad.
Pero la circularidad no ocurre sola. Necesita datos, reglas, inversión y coordinación. Uno de los hitos más importantes de los últimos años fue el desarrollo de diagnósticos y hojas de ruta que permitieron analizar flujos de materiales, sectores industriales y oportunidades de valorización. Esta información ayuda a pasar de la intuición a la evidencia. Si queremos diseñar políticas públicas, instrumentos financieros y modelos de negocio circulares, primero debemos saber dónde están los materiales, quién los recupera, qué industria los transforma y qué valor económico se pierde cuando terminan enterrados, quemados o exportados sin mayor agregación de valor.
En este sentido, la creación del Grupo Impulsor de Economía Circular mediante el Decreto N.º 5509/2026 marca un punto de inflexión institucional. La economía circular deja de ser solamente una agenda de proyectos aislados y empieza a consolidarse como política pública, con directrices para diseñar e implementar una Estrategia Nacional de Economía Circular. Este proceso, construido con participación de más de 70 actores del sector público, privado, académico y de la sociedad civil, puede ordenar la transición desde un modelo lineal hacia uno circular, definiendo sectores prioritarios, metas e indicadores comunes.
El principal eslabón pendiente sigue siendo la formalización. Miles de recicladores y pequeños centros de acopio cumplen una función ambiental esencial, pero todavía operan con baja productividad, escaso acceso a crédito, poca trazabilidad y condiciones laborales frágiles. Esto no solo es un problema social; también es una limitación económica. Sin formalización, la industria pierde volumen, calidad y previsibilidad. Sin financiamiento, las MiPymes recicladoras no pueden invertir en prensas, camiones, balanzas, infraestructura, seguridad ni tecnología. Sin trazabilidad, el país no puede demostrar plenamente el impacto ambiental y económico de lo que recupera.
Por eso, el siguiente salto de la economía circular paraguaya debe ser financiero. Necesitamos que la banca pública, las cooperativas, las instituciones financieras y los fondos de inversión miren al reciclaje como un sector productivo con flujos reales, activos, clientes, contratos y potencial de crecimiento. La inclusión financiera de recicladores y centros de acopio puede transformar profundamente la cadena: mejorar ingresos, aumentar volúmenes recuperados, reducir intermediaciones ineficientes y profesionalizar el abastecimiento de materias primas secundarias.
La oportunidad es enorme. Paraguay aún tiene un potencial estimado de USD 42 millones en materiales reciclables que podrían recuperarse y volver a la economía. Existe margen para movilizar crédito verde hacia MiPymes circulares y para atraer inversiones de infraestructura en plantas de clasificación, reciclaje, logística, trazabilidad y transformación industrial. La economía circular puede convertirse en una plataforma de competitividad para un país que necesita diversificar su matriz productiva, agregar valor local y responder a las nuevas exigencias ambientales de los mercados internacionales.
El Mes del Ambiente debe servirnos para cambiar la pregunta. No alcanza con preguntarnos qué hacemos con la basura. Debemos preguntarnos qué industria, qué empleo, qué financiamiento y qué competitividad estamos dejando de construir cuando tratamos como residuo lo que puede ser recurso.
Paraguay tiene una oportunidad circular subcapturada. Ya cuenta con recicladores, centros de acopio, industrias, datos, políticas iniciales, cooperación internacional, energía renovable y demanda de materias primas. El desafío ahora es ordenar esa energía dispersa en una estrategia nacional: formalizar, financiar, invertir, medir y escalar.
Porque en las manos equivocadas, los materiales son basura. Pero en las manos correctas, son recursos, empleo, industria y futuro.
*Bio del autor: Mauricio Solalinde es Ingeniero Civil, Experto Sectorial en Economía Circular con experiencia de 7 años diseñando y desarrollando Proyectos de Circularidad Corporativa.