Por: Arnaldo Decoud, vicerrector de la Universidad Rural del Paraguay, miembro titular del Cones y el Conacyt.
“La autoridad de quienes enseñan es a menudo un obstáculo para quienes quieren aprender”, decía Marco Tulio Cicerón.
En esta sentencia, tan vigente hoy como hace siglos, se encierra una verdad incómoda pero necesaria: enseñar no es imponer, sino guiar, no es dominar, sino formar. Y en esa tarea compleja, silenciosa y profundamente transformadora, se encuentra la figura del maestro.
Cada 30 de abril, en Paraguay, rendimos homenaje a quienes han decidido dedicar su vida a educar. Pero más allá de los actos protocolares y los discursos repetidos, cabe preguntarse: ¿estamos valorando realmente al maestro en la dimensión que merece?
El docente paraguayo, trabaja en un escenario de tensiones. Por un lado, se le exige excelencia, innovación, resultados medibles, adaptación tecnológica y formación permanente.
Por el otro, enfrenta limitaciones estructurales que aún constituyen desafíos relevantes tales como: condiciones salariales que si bien van encontrando mejorías aun esta rezagado de ser lo que merecen en lo relativo al servicio y sobre al producto que están ayudando a crear, restricciones en recursos didácticos, sobrecarga administrativa y, en muchos casos, una valoración social que pueden seguir fortaleciéndose.
Reconocer al maestro no debe ser solo romantizar su sacrificio en estas fechas, sino dignificar su rol, y esa dignificación implica asumir, con honestidad intelectual, que persisten desafíos históricos que requieren atención sostenida y articulada. La educación ha sido durante décadas una prioridad en el discurso público, con avances importantes, aunque aún con margen para profundizar su priorización presupuestaria y estratégica.
Sin embargo, y desde lo que particularmente me toca transitar hoy día, incluso en este contexto, los maestros han sido protagonistas silenciosos de uno de los mayores logros del Paraguay contemporáneo: el desarrollo sostenido de los agronegocios.
Detrás de cada ingeniero agrónomo que optimiza rendimientos, de cada veterinario que mejora la sanidad animal, de cada productor que incorpora tecnología o gestiona con criterio empresarial su unidad productiva, hay un maestro. Un docente que, muchas veces sin reflectores, formó capacidades, sembró disciplina y despertó vocaciones.
No me cabe duda, de que el crecimiento del sector agropecuario paraguayo que hoy es un motor clave de la economía nacional no puede entenderse sin la contribución acumulada del sistema educativo bajo el liderazgo del docente. Las aulas, los campos experimentales, las facultades, los institutos técnicos y las universidades han sido el verdadero semillero de la competitividad.
En este proceso, también resulta justo destacar el rol de instituciones y gremios que han comprendido que sin educación no hay progreso sostenible. En particular, la Asociación Rural del Paraguay, con su trayectoria centenaria, ha demostrado un compromiso concreto con la formación de capital humano, brindando un decidido apoyo a una iniciativa académica estratégica como la Universidad Rural del Paraguay.
Esta articulación virtuosa entre gremio y academia no solo fortalece la educación, sino que potencia directamente la competitividad del sector productivo.
Aquí es donde el rol del maestro adquiere una dimensión estratégica. No se trata únicamente de transmitir conocimientos, sino de construir capital humano en sectores que definen el presente y el futuro del país. En el caso de los agronegocios, esto implica formar profesionales capaces de integrar ciencia, tecnología, sostenibilidad y mercado.
Pero este logro no debe opacar los desafíos pendientes. Si aspiramos a consolidar un modelo de desarrollo basado en el conocimiento, es imprescindible continuar fortaleciendo la carrera docente. No hay innovación posible sin educadores motivados; no hay competitividad sostenible sin formación de calidad.
En este punto, la reflexión trasciende lo educativo y se vuelve estructural basado en la organización inteligente de las prioridades de una sociedad. Como advertía Aristóteles, “la educación es el mejor provisionamiento para la vejez”. Un país que apuesta por sus maestros está, en definitiva, asegurando su futuro.
Hoy, junto con felicitar, corresponde reafirmar un compromiso colectivo con la educación. Junto con aplaudir, corresponde consolidar políticas que den continuidad y sostenibilidad a la labor docente.
El maestro no requiere únicamente reconocimiento simbólico; requiere condiciones que fortalezcan su vocación y potencien su impacto. Junto con los discursos, necesita decisiones consistentes en el tiempo. Junto con una fecha en el calendario, merece ser acompañado de manera permanente por la sociedad y sus instituciones.
Porque en cada aula, en cada proceso formativo, en cada esfuerzo cotidiano, se está construyendo mucho más que conocimiento, allí se está formando el capital humano que sostiene y sostendrá el desarrollo nacional.
Y en esa construcción, el reconocimiento al maestro debe traducirse en una visión de largo plazo, donde educación y desarrollo caminen de la mano como pilares estratégicos del Paraguay que queremos consolidar.
Salud, valientes maestras y maestros del Paraguay; y un reconocimiento especial a las mujeres educadoras, que con vocación, firmeza y sensibilidad sostienen gran parte del presente y del futuro de nuestra nación.