El nuevo jefe de Estado, Pedro Alliana, quien asciende al cargo desde la Vicepresidencia de la República ante la destitución de Santiago Peña por la vía del juicio político, tendrá que actuar con rapidez y firmeza para devolver la tranquilidad a una población muy agitada por la indignación provocada, a su vez, por el despojo de sus ahorros depositados en un banco de plaza.
Deberá, además, restituir con urgencia la credibilidad a las instituciones del Estado para que la vida cotidiana retorne a la normalidad.
La confianza ciudadana tendrá que ser sostenida con una agenda pública clara y práctica, honestidad en el manejo de los recursos del Tesoro y una política de diálogo permanente con todos los actores políticos y sectores sociales del país. Tendrá por delante poco más de veintiún meses de gobierno para reencauzar la República y anteponer los propósitos de la nación ante cualquier otro interés.
Por otro lado, Santiago Peña cayó del poder por propias manos. No hubo conspiración de grupos poderosos ni se adulteraron pruebas para incriminarlo. Las repetidas campañas de algunos medios corporativos –que no ocultaron su animadversión al ahora exmandatario, incluso, antes de que asumiera el cargo el 15 de agosto de 2023– no tuvieron impacto en la sociedad porque carecían de fundamentos sustentados en hechos verificables.
Sin embargo, con una torpeza que es incomprensible para alguien que exhibía títulos académicos de prestigiosas universidades extranjeras, él mismo se encargó de ofrendar su cabeza en bandeja de plata a raíz de maniobras financieras fraudulentas que dejaron un rastro indeleble, fácilmente detectable, mediante el simple cotejo de datos con otras empresas involucradas en este esquema de estafa que afecta a millones de paraguayos y paraguayas.
Su conexión con este diagrama ilícito también es absolutamente demostrable, habida cuenta de su antigua conexión como accionista de la entidad financiera que fue la privilegiada receptora de fondos públicos.
Y esa torpeza de la que hablamos en líneas precedentes le llevó a convertir en presidente del Banco Central del Paraguay a un profesional transportado desde el banco privado en cuestión. Lo que nos induce a concluir que muchos se creen intocables bajo la protección del poder, por más temporal que sea.
La soberbia suele ser el primer síntoma que asoma con rapidez desde el Palacio de López. Acostumbra a decirse que el cargo no cambia a las personas, sino que las muestra tal como son. Tampoco contó –hay decirlo– con un equipo de asesores con testimonios de integridad y solvencia intelectual.
Nadie le empujó al precipicio a Santiago Peña. Se lanzó él solo. Desperdició la oportunidad que le dio la ciudadanía otorgándole casi 1.300.000 votos, la mayor cifra histórica de unas elecciones presidenciales hasta ahora. Había generado mucha expectativa por su juventud y por su formación en economía, materia clave para el desarrollo integral de un país.
Después de la desastrosa gestión de su antecesor, tenía todo a su favor para lucirse. Sin embargo, su improvisación política, lejos de superarse con la experiencia, fue deteriorándose notoriamente, al punto que empezó a resquebrarse su conexión con el círculo político que hizo posible su ascenso al poder.
Nunca tuvo una estrategia comunicacional de gobierno y se expuso constantemente a una relación siempre áspera y molesta con los periodistas acreditados tanto en el Palacio de López como en Mburuvicha Róga.
Aunque algunas áreas de su gabinete demostraban irrefutables falencias en su funcionamiento, esa no es la razón principal de su caída, sino, insistimos, su grado de complicidad –por omisión o acción– con la crisis financiera que hoy lleva al límite de la angustia a miles de familias paraguayas. Fue innegable su actitud caprichosa para remover a aquellas piezas que decepcionaron en el cumplimiento de sus altas y delicadas funciones.
El ahora presidente de la República nunca ocultó su posición crítica respeto a la gestión de muchos de los ministros del gabinete. Hoy tiene una inmejorable oportunidad para poner en marcha todo aquello que no pudo hacer por las limitaciones que le imponían su anterior función.
El nuevo gobierno, repetimos, tiene la urgencia de reconstruir la confianza ciudadana hacia sus autoridades. Para ello solo tienen que hacer lo correcto y es lo que la ciudadanía aguarda con mucha ansiedad e impaciencia.