La derechista Keiko Fujimori y el izquierdista Roberto Sánchez se enfrentarán hoy en un reñido balotaje para definir al próximo presidente de Perú, un país azotado por la delincuencia y la inestabilidad política. En los últimos 10 años tuvo ocho presidentes, ninguno de los cuales pudo terminar su mandato.

  • AFP.

En medio de gritos de “Keiko presidenta”, Fujimori, hija del expresidente autócrata Alberto Fujimori (1990-2000), pidió el voto a los peruanos para “evitar el caos y el retroceso”.

“¡Queremos un gobierno que nos traiga paz, que recu­pere el orden! Queremos un gobierno confiable (...) No los voy a defraudar”, dijo Fujimori, administradora de empresas de 51 años que busca por cuarta vez consecutiva la presidencia de Perú.

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Entre fuegos artificiales y música andina, Roberto Sánchez, congresista y exmi­nistro de 57 años, prometió “democracia”. “Será el fin del caos, el fin de la señora K, el fin de los asesinatos, la corrupción, la impunidad”, afirmó.

“¡Abajo la señora mafiosa, Abajo el fujimorismo!”, gritó Sánchez, quien, como hizo en toda la campaña, llevaba el sombrero campesino que le regaló el expresidente Pedro Castillo, preso por un fallido autogolpe de Estado.

“Todos estos años han sido caóticos. Esta será la cuarta derrota de Keiko. Yo he vivido la época de su padre que fue de corrupción total”, dijo una de sus seguidoras en el mitin, Cristina Sotomayor, admi­nistradora de 63 años.

CABEZA A CABEZA

Ambos candidatos se dis­putaban cabeza a cabeza las encuestas, con una quinta parte del electorado inde­ciso, cansado de la turbulen­cia política vivida con ocho presidentes en una década.

Una primera vuelta plagada de fallos técnicos y denuncias de fraude, con una treintena de candidatos, reflejó la frus­tración generalizada con la clase política peruana. Fuji­mori y Sánchez, juntos, no lle­garon ni al 30 % de los votos.

Sánchez se presenta como la voz de los electores pobres y de las áreas rurales, al pro­meter un “cambio radical” y acusar a las élites y al Parla­mento de ser responsables de la inestabilidad.

Los seguidores de Keiko recuerdan que su padre derrotó a las guerrillas que desangraron al país en los años 1980 y 1990, y estabi­lizó la economía, mientras que sus detractores recuer­dan su condena por corrup­ción y violaciones de los dere­chos humanos.

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