“Siempre soñé con liberar a Brasil de la nefasta ideología de izquierda (…). Tenemos que deconstruir muchas cosas, deshacer muchas cosas, antes de empezar a hacer [otras]”, dijo Jair Bolsonaro durante una visita a Washington en marzo.

En setiembre, cuando los incendios en la Amazonia causaban alarma mundial, este escéptico del cambio climático le advirtió a la ONU que no tenía nada que hacer en Brasil.

“No estamos aquí para borrar nacionalidades y soberanías en nombre de un ‘interés global’ abstracto”, proclamó ante la Asamblea General.

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

Bolsonaro, de 64 años, asumió el cargo el 1 de enero y desde entonces raros son los meses sin renuncias o destituciones por ajustes de cuentas o causas ideológicas en ministerios o agencias estatales.

Los sectores más pragmáticos de su entorno –mercado financiero, lobby del agronegocio y jerarcas militares– tratan de limitar la influencia de las iglesias neopentecostales, del gurú de ultraderecha Olavo de Carvalho y de los 3 hijos mayores de mandatario, que agitan al país vía Twitter.

Hay en el gobierno “un lado luminoso y un lado sombrío”, dijo a la revista Exame el ex ministro de Hacienda Antonio Delfim Neto, elogiando en particular al ultraliberal ministro de Economía, Paulo Guedes.

Este es “un gobierno liberal en economía y antiliberal en política”, define con menos lirismo Marcos Nobre, profesor de filosofía de la Universidad de Campinas.

Bolsonaro, un admirador de la dictadura militar, había prometido no buscar reelección, pero en junio declaró que “si el pueblo lo quiere, estaremos 4 años más”.

Déjanos tus comentarios en Voiz